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Barcelona, mon amour

Barcelona también sigue siendo esa urbe idealizada, culta, acogedora, entrañable y necesaria para todos.

Desde hace meses me sobrevolaba la tentación de analizar determinados aspectos de la llamada cuestión catalana, a lo que me he resistido hasta que he regresado de un viaje a la ciudad de Barcelona, que me ha permitido tomar el pulso a lo que se cuece en mi querida y admirada ciudad.

Como preámbulo debo decir que mi patria es el mundo, no he sido ni seré nacionalista, pero respeto a los que lo son, aunque piense que la democracia, la libertad, el progreso, el bienestar y el futuro o está por encima de las fronteras o nunca llegarán de forma plena.

Regreso con la amarga sensación de que gran parte de lo que nos llega de lo que pasa en Cataluña es fruto de una gran manipulación interesada de las partes en litigio, que utilizan la gran máquina de la televisión para tratar de vender una realidad que no existe. Los llamados constitucionalistas hacen un uso descarado de TVE y los otros, los independentistas, hacen lo propio con TV3.

 

Regreso con la amarga sensación de que gran parte de lo que nos llega de lo que pasa en Cataluña es fruto de una gran manipulación interesada de las partes en litigio.

 

También debo aclarar que soy de los que piensan que la ley está para ser cumplida y los que la quebrantan deben atenerse a las consecuencias. Otra cosa muy distinta es que volvamos a la caza de brujas del macartismo, aunque en este caso los enemigos no sean los comunistas sino los independentistas catalanes.

Que, por cierto, no han salido de la nada, representan una parte muy amplia de la mayoría social catalana y que, en gran medida, son fruto, la mayor parte, de una herencia cultural genuina, que se detecta a través de una simple conversación y, otros, de las erróneas políticas que el Estado ha venido aplicando sobre un pueblo que se alza ante tan singular manera, admito que incluso represiva,  del ejercicio de la política.

El profesor de Historia contemporánea de la Universidad Autónoma de Barcelona, Francesc Vilanova, escribía en estos días, con criterio, que el gobierno del Partido Popular ha soltado a la Fiscalía del Estado y esta ha arrastrado, con un entusiasmo evidente, al Tribunal Supremo y al Tribunal Constitucional”.  Para añadir más adelante que “en este durísimo contexto, me parece que debemos asumir, de una vez por todas, que el camino emprendido por el gobierno español es irreversible. Como muy bien decía el periodista José Antich, el objetivo final es liquidar a una generación política entera y poner el contador a cero”.

 

No es cierto que el crecimiento económico de Cataluña se haya frenado.

 

Parece evidente que los independentistas no sólo están siendo víctimas de las citadas políticas de caza de brujas, sino también de los oscuros intereses de sus propios dirigentes, empeñados en hacer realidad por cualquier medio, incluso los ilegales, su particular utopía que a mi juicio no vendrá a solucionar los grandes retos que tiene planteada la sociedad catalana.

Pero también es palpable que muchas de las cosas que nos cuentan sobre Cataluña, son mentira o, al menos, verdades a medias. Tres ejemplos, con datos en la mano, lo demuestran. No es cierto que el crecimiento económico de Cataluña se haya frenado. El año pasado, 2017, el crecimiento de la economía de catalana para el global del año se situó tres décimas por encima del conjunto de España y un punto por encima de la media de la zona euro.

Tampoco es verdad que se esté incrementando el desempleo. Según la última EPA en los tres meses posteriores al referéndum del 1-O, en Cataluña se crearon 113.000 empleos más que en el cuarto trimestre de 2016. La tendencia es igual de positiva respecto al número de parados. Al término del último trimestre de 2017, la comunidad autónoma tenía 479.200 desempleados, 79.200 menos que en el mismo periodo del año anterior. Se trata de la cifra más baja desde 2008.

 

Barcelona también sigue siendo esa urbe idealizada, culta, acogedora, entrañable y necesaria para todos.

 

El otro ejemplo recurrente es decir que el sector turístico se ha visto seriamente afectado por la cuestión catalana. Si bien es cierto que existieron caídas registradas en los tres últimos meses del año, Cataluña fue la comunidad española de destino turístico principal en 2017, con 19 millones de turistas, un 5 por ciento más que en 2016. Además, con previsiones halagüeñas por la celebración, en los próximos días del congreso mundial de telefonía móvil que constituye el mayor evento turístico del año en Barcelona, con un impacto económico aproximado de 471 millones de euros.

Por todo lo anterior es una evidencia que Cataluña necesita una respuesta política, enmarcada en el escenario del consenso y del diálogo entre todas las partes en conflicto. Una respuesta imaginativa, generosa y que permita unas salida en la que no haya vencedores ni vencidos. Es menester un proyecto común paraEspaña. Como dijo con tino el secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, “la finalidad de un gobierno no es conservar el poder, sino resolver los problemas y no cronificarlos”, aludiendo al avance del independentismo desde que Rajoy llegó al poder.

Volviendo al título de este escrito, en mi última visita a Barcelona recordé la famosa película Paris, je t’aime, en la que varios prestigiosos realizadores narran las maravillas de la capital parisina tomando como referencia distintos barrios de la ciudad francesa. Barcelona también sigue siendo esa urbe idealizada, culta, acogedora, entrañable y necesaria para todos. Barcelona es mon amour y es obligado apostar por ella y por el conjunto de la sociedad catalana.