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Cambios sexuales, integrados y derivados

Los hombres preferimos mentiras consoladoras a la dura verdad. Si soy feliz en el engaño, para nada necesito de profetas reveladores de la verdad.

 

Con franqueza, no quisiera la experiencia de Jan. El ser engañado durante 19 años de matrimonio tiene enjundia pero todavía más cuando un hijo de un anterior matrimonio te dice: «Papá, investiga y comprobarás la verdad, Mónica, tu mujer, es un hombre». Al pobre se le debieron desplomar los seis mil trillones de toneladas de la Tierra. 

Según parece, la indonésica Mónica era una mujer muy atractiva, sin el menor rasgo masculino. Decidieron no tener hijos y lo casi normal en cualquier mujer normal: «¡Ah! ahora no, Jan, tengo el período». Posiblemente, algún dolor de cabeza en la cresta de la ola le surgiría para acentuar más la feminidad universal. Pues bien, el hombre, sin más comprobaciones vio pasar casi dos lustros en su integrado matrimonio. 

 

El engañado, después de reconocer el fiasco se separa

 

Total, el engañado, después de reconocer su mujer el fiasco se separa. Claro, lo del engaño es lo más lleno de bemoles por el ridículo, en este caso generalizado por mor de las diabólicas redes. Porque de no haber levantado el hijo el mantel de la cosa, capaz de haber sido feliz hasta el fin de sus días.

Los hombres preferimos mentiras consoladoras a la dura verdad. Si soy feliz en el engaño, para nada necesito de profetas reveladores de la verdad ─ concepto utópico dadas las ignorancias terrenales y la humana comodidad─. 

Mónica lo estará pasando mal y pensará en la bondadosa falsedad. Pero Jan, tal vez, para el futuro y en el caso de un nuevo noviazgo, le dirá a la elegida: «Mira, Rafaela, dados mis ingenuos antecedentes necesito un informe ginecológico con una Acta de Presencia y Notoriedad donde el notario no deje dudas sobre tu integridad anatómica. Ni pensar en la llegada otra vez de mi niño con la misma deriva, o sea, Rafaela es Rafael, un sargento de la Legión Francesa, condecorado con la Gran Cruz al Valor Militar…» 

 

Salir del armario

 

Hace muchos años tuve varias entrevistas con un señor, padre de alumno. Era alto, fornido, de hablar grave, lento y vocalizador. Ocupaba un alto cargo de funcionario. Me invitaba para darle la mayor información sobre los rasgos personales de su hijo y las calificaciones, causas y soluciones para mejorar. Mientras le daba los datos no pronunciaba palabra, fija la mirada, sin articular el menor músculo facial. Supongo el miedo de sus subordinados cuando los requiriese. Nunca conocí en mi larga trayectoria a un personaje parecido.    

Un día me enteré de su ‘salida del armario’. Los giros o cualquier cambio de rumbo se pueden hacer con discreción o a lo bruto. Pues el citado lo hizo a lo claro: se acabaron los frenazos interiores. Cambió de atuendo y le salieron abalorios mientras su personal se debatía entre lo atónito y la hilaridad.

 

Encajar la noticia en la familia

 

Uno comprende la potencia del amor, más en los inesperados subidones, las amenazas de suicidios si surge el abandono… en fin, esas irracionalidades perturbadoras de la obsesión psíquica por la unicidad. De veras lo sentí por su mujer, señora culta y encantadora. No sé cómo encajarían sus hijos la noticia: «Papá es homosexual y pronto marchará a vivir con otro hombre…». 

Estas situaciones son cada día más habituales, pero para los entrados en años requieren un esfuerzo intelectual bañado en aguas de azahar. Encuentro limitaciones para adaptar mis esquemas a ciertas situaciones.

Aunque vaya como consuelo la profusión de libros leídos de temática científica avanzada, incluidos los de don Manuel Lozano Leyva, profesor sevillano y divulgador sobre la mecánica cuántica y otros asuntos situados en órbitas ‘extraterrenales’.