Confidencial Andaluz

Yo defiendo la dictadura de Venezuela

Yo defiendo la dictadura de Venezuela
19:28 | 02 de abril, 2017

 

Pablo Gea

Pablo Gea*

Eso supone ser revolucionario o progresista hoy en día. O al menos es lo que deben pensar los que defienden a capa es espada -con la mayor de las desvergüenzas, dicho sea de paso- la “revolución bolivariana”. Al igual que en el proceso de radicalización de cualquier movimiento de este carácter, los defensores de la “democracia” y de los “derechos de las minorías” se despersonalizan a sí mismos para asumir el mensaje y el pensamiento único que la identidad total de grupo obliga. Lo que se pone de manifiesto cuando se defiende lo indefendible. Juan Carlos Monedero y Alberto Garzón no han tardado en salir a defender manu leninari los recientes y calientes sucesos en ese paraíso del socialismo que es Venezuela.

Sin esconder su visión totalitaria de la vida, Alberto Garzón sentencia: “Al proceso revolucionario se le pueden, y se le deben, hacer muchas críticas. Pero yo sólo admito las críticas desde la izquierda, es decir, desde la lealtad a la revolución y con objeto de consolidarla y no derrumbarla.” A veces flipo, tengo que confesarlo humildemente. Es absolutamente inconcebible que los que llaman a respetar al Tribunal Supremo de Venezuela se solidaricen con Francesc Homs y pongan en duda la legitimidad democrática del Tribunal Supremo de España por cumplir con la ley y condenarle por desobediencia, matices legales aparte. Como es más inconcebible aún que los que con tanta soberbia vienen a darnos a los pobres ignorantes lecciones de democracia hayan otorgado la máxima de las compresiones a ETA, consideren a un terrorista como Arnaldo Otegui un hombre de paz, reivindiquen al dictador Fidel Castro como un referente o despidan con pesar a Santiago Carrillo, uno de los responsables de la Matanza de Paracuellos durante la Guerra Civil.

 

Como es más inconcebible aún que los que con tanta soberbia vienen a darnos a los pobres ignorantes lecciones de democracia hayan otorgado la máxima de las compresiones a ETA.

 

Que la situación del pueblo venezolano es desastrosa es algo a estas alturas incontestable. Que viven bajo una dictadura también. O si no, los que señalan a España como una dictadura por cosas que están a años luz de lo que allí sucede ya pueden estarse calladitos. El Parlamento en un sistema presidencialista (como lo es EEUU) es una institución con una fuerza y un poder formidable. Precisamente porque se elige independientemente del Poder Ejecutivo, no como aquí, donde no existe separación de poderes, sólo separación de funciones. Así las cosas, el parlamento venezolano debería poder realizar su función y controlar al Gobierno, ¿verdad? Pues no. Y no puede por la sencilla razón de que su papel no va más allá de lo simbólico (para mantener los ropajes democráticos para los chavistas, como una esperanza ahora que son mayoría en él para los opositores). Si se considera un sistema democrático aquél en el que la sede de la soberanía popular “no puede legislar, no puede controlar, no puede designar rectores del Consejo Nacional Electoral ni revisar las designaciones de los magistrados del TSJ, tampoco puede aprobar contratos públicos” en palabras de José Ignacio Hernández, profesor de Derecho Administrativo de la Universidad Central de Venezuela, quienes así lo hacen nos dicen muy claro lo que quieren para España. Las teorías político-jurídicas densas y pesadas las entienden muy pocos. Los casos prácticos, todo el mundo. Y el de Venezuela es inmejorable.

 

Un maquillaje necesario ante la presión que ha generado lo que se ha revelado como una torpe y tosca maniobra política. Las dictaduras de hoy en día no tienen necesidad de ser tan descaradas.

 

Que la Sala Constitucional del Tribunal Superior de Justicia de Venezuela haya decidido “suprimir” las sentencias que, ya sin ninguna sutileza de por medio, arrebataban al Parlamento sus competencias para seguir siendo precisamente eso, no es más que un paripé. Un maquillaje necesario ante la presión que ha generado lo que se ha revelado como una torpe y tosca maniobra política. Las dictaduras de hoy en día no tienen necesidad de ser tan descaradas. Y tampoco es beneficioso para ellas serlo. Ahí están Rusia y Turquía. Han entendido que hay que dejar que la oposición se manifieste, grite y tenga alguna representación. Así se desactiva el impulso revolucionario que contaría con muchos más apoyos dentro y fuera de las fronteras de hallarse en el caso de que no existiese siquiera un parlamento de pega y las elecciones fueran inexistentes. El poder real está claro quién lo tiene, y si algún día a la oposición se le suben mucho los humos pese a las elecciones controladas, las detenciones, las cárceles, las torturas y los asesinatos siguen siendo métodos muy válidos.

52 sentencias dictadas por este Tribunal desde enero de 2016 han invalidado la práctica totalidad de las leyes que el Parlamento ha aprobado. Incluso en marzo de 2016 le arrebató la competencia para controlar al resto de poderes e instituciones, limitándola exclusivamente el Control gubernamental, que en la práctica no puede realizar. Ya desde enero de este año ha librado al atribulado presidente Nicolás Maduro de la obligación que recoge la Constitución de presentar un informe anual sobre su gestión. Que defendiendo esto formaciones políticas como PODEMOS, Izquierda Unida y otras similares aún tengan credibilidad  y votos es un misterio que la Historia, la Ciencia Política y la Sociología tendrán que explicar algún día. Mientras tanto, sacudámonos la pasividad ante el hecho de que haya partidos en nuestro parlamento que defienden a las dictaduras. Que Cuba es una democracia.

 

*Pablo Gea Congosto es estudiante de Derecho y activista político.

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