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El aterrizaje de un ministro de altos vuelos

A un papanatas suelto usted, algo infeliz, le dijo. «Oiga, me pide la foto por ser ministro o por mi pasado astronauta?»

 

Difícilmente podríamos rechazarlo, dada su aureola de hombre valiente, culto, trabajador, de excepcional sencillez y además nacido en Extremadura, tierra de gente noble.  

Sin embargo,  me decepcionó el nombramiento como ministro, tal vez dada la diferencia en la escala romántica: de observar la pequeñez de la Tierra desde alturas ingrávidas a hurgar entre los contenedores de la política. De pronto, estampó en su ser dos firmamentos antagónicos. Algún compañero astronauta a su regreso lo hizo con hipersensibilidades religiosas, aunque no creo ocurriera en el caso de don Pedro Duque, tan presto a aceptar el pragmático ofrecimiento de su actual líder político. Acaso, el secreto anhelo por volar del señor Sánchez, enfalconado, lo impulsó a proponerle la cartera ministerial. Dadas las simpatías y aspiraciones, algún día podríamos escuchar algún mensaje subliminal del actual presidente: «Españoles, desde estas alturas donde los soviets no vieron al Creador, os bendigo como gurú del sanchismo».          

Por lo demás, como los milagros económicos no existen, solo habas contadas a repartir tras el forcejeo de un tirar del tapete de la ovalada mesa gubernamental, no sabemos la fuerza desarrollada en la ingravidez por el astronauta español para triplicar ─es su deseo─ la inversión en D+I+i y aspirar en varios años a parangonarnos con los países avanzados. Complicada ilusión cuando otros cuatro nuevos ministerios reclamarán su ‘habas’ porque, contadas pero sin ellas, cualquier proyecto va derecho al garete. 

 

Ahora, en vísperas de las votaciones, proclama su orgullo al estar en un gobierno competente y, naturalmente promete, promete elevar hasta el 2,5 % de los presupuestos para la inversión en conocimientos e innovación.

 

«Tengo convencidos al presidente y a la ministra de Hacienda. Como huyo de las peleas puedo pactar con cualquier opción política y confío en mi talante pacífico  para el apoyo de mis proyectos, llegado el momento».  

Es conocido el fracaso de muchos hombres científicos, literatos e intelectuales al caer en la tentación de engrosar el gremio de los obreros del mitin. Una mente estructurada en el método científico difícilmente puede adaptarse a las marrullerías de los tránsfugas o a los gatillos de los expertos en pactos y dejar al respetable con cara de bobalicón.   

Don Pedro, ojalá sea usted ese ángel anunciador de la tierra prometida, o sea, la nutrida para el florecer de la Formación Profesional porque desde mi más remoto pasado he escuchado lo importante de matrimoniarla con las empresas, dotarla de infraestructuras para evitar el ridículo. «Si el chico desconoce el manejo de un calibrador, ¡cómo lo voy a admitir en la empresa! ¿El aval del título? Mire, esto funciona de otra manera, al margen de orlas y memeces».  

 A un papanatas suelto usted, algo infeliz, le dijo. «Oiga, me pide la foto por ser ministro o por mi pasado astronauta?». Y, claro, el cazador de fotos le respondió: «¡Vaya pregunta! Como astronauta, naturalmente, ministro puede ser un cualquiera».  

En fin, desearía verlo esculpido junto a la estatuilla de un astronauta en la Catedral Nueva de Salamanca, polo de atracción de numerosos interesados por los misterios, chasco morrocotudo porque fue una ocurrencia un tanto rocambolesca de don Miguel Romero, el restaurador de la fachada en 1992. Pues también me alegraría verlo en el centro de la mesa elíptica del consejo de  ministros y no en el extremo de esa galaxia porque se empatiza menos con la periferia y más con el centro donde se acumulan los acercamientos al ejecutor de las cosas. No quisiera verlo otra vez circunvalando la Tierra y observase con horror al planeta azul con un color amarillento, y desde la ventanilla de un ovni un ser con flequillones sacarle  un trapito amarillo mientras sonríe con complicidad en catalán.