Confidencial Andaluz

El hundimiento

El hundimiento
23:47 | 05 de noviembre, 2016
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Setefilla R. Madrigal*

Es otra historia más. Otra que será solicitada en el futuro por una editorial ávida que vea en los detalles ese regusto de morbo que haga multiplicar las ventas futuras generando nuevas ediciones. Autobiografía con tinte de novela policíaca, donde se mezclan intereses políticos, sociales, las conspiraciones, las luchas de poder, los negocios… No es ficción, más quisiéramos. Es ascender a la cúspide ensalzando a un desconocido (para los medios, se entiende) con altos honores y corona de laureles, para luego hacerlo caer, ya sin corbata y asqueado de la letra pequeña del contrato, con las manos encalladas por aferrarse a un trono caliente que nunca fue suyo. Ya se sabe, los validos, ya se sabe las tablas redondas. Ya se sabe, los negros que escriben los discursos de alguien que sólo les pone voz y rostro. Ya se sabe, pues, que la sombra del que sostiene el cetro es alargada como una tarde de verano.

Ocupan despachos, escriben a la prensa, levantan el teléfono y venden sus contactos a modo de aval o amenaza. Dominan. 

Es otro caso, entonces, sin demasiada originalidad, que sucede a la larga lista de líderes que cayeron del carro político en la lucha por la supervivencia darwiniana en la que siempre gana el más fuerte, como bien supo sintetizar el científico inglés. Se repite el proceder, eso sí, que siempre es el mismo en diferentes épocas y con distintos personajes. Empieza con el servicio a un gran ente empresarial con las siglas de Sociedad Anónima, como dijo un maltrecho Rufián en el estrado, aunque su discurso no fuera el más certero. La esencia se salva y la verdad mana de las entrelíneas de su monserga. Empresa como tantas otras que ha sucumbido —como todo— ante la lucha del neoliberalismo keynesiano. Hoy sólo se contentan con alguien que les sirva como producto: perfectamente peinado, sonriente, alto, correcto. Tan Adolfo Suárez sin ser Adolfo Suárez. Tan de mentira que así ha quedado el marcador al final del partido, con expulsión sorpresa y tarjeta roja ¡qué bonita metáfora! Ya sin traje y manos al frente, ya sin pose protocolaria y sonrisa mediana. Ahora devastado, cercano, dueño de su propio discurso que olvida una cámara (o lo parece) para confesarse ante un amigo. En la escena falta una copa con dos terrones de hielo y esa luz tenue propia de los bares de noche que invitan irremediablemente a la intimidad, a la introspección. No es más que otro hundimiento. Otra demolición programada. Otra liposucción posmoderna en la que nada importa porque vendrán otros a ocupar su lugar, más sonrientes, más altos, más complacientes, menos personales, más alejados de toda conciencia, más robóticos y seriados.

 

Todo para que nada se mueva en un mundo de telarañas donde las cosas están íntegramente conectadas. Los encargados del equilibrio de la balanza, que siempre pesa más por su lado y lo llaman casualidad.

 

En definitiva, más doblegados que los de antes, que les harán el trabajo más fácil a los que mandan, a los que deciden, a los que desde sus despachos mueven las fichas del tablero telemáticamente para que todo encaje como se establece en el orden hegemónico, que no admite discusión ni reproches. Todo para que nada se mueva en un mundo de telarañas donde las cosas están íntegramente conectadas. Los encargados del equilibrio de la balanza, que siempre pesa más por su lado y lo llaman casualidad. Aquellos que deben favores y los hacen y que brindan con vino caro sus victorias. Hablan de unos o de otros, previa investigación de candidatos para sustituir al anquilosado, al díscolo, al que vota no a un gobierno corrupto. Ocupan despachos, escriben a la prensa, levantan el teléfono y venden sus contactos a modo de aval o amenaza. Dominan. Ellos, que nunca somos nosotros, deciden sin importar nada poco más que su ombligo. Por eso, es otra historia más. Llámese política, llámese periodismo, llámese jurisdicción, llámese economía. Así es el mundo y cuando llegue el siguiente, lo queramos o no, nos habremos olvidado de todo esto. Hasta el día en que nos crucemos, por casualidad y sin esperarlo, con una biografía de un señor con pelo cano que en la fotografía de portada aparece mirando a la nada. Ese, sí, me acuerdo. Pobre hombre, pensaremos mientras nos dirigimos a la estantería de best sellers. Y alejados de toda culpabilidad, porque vamos con prisa y están a punto de cerrar el establecimiento, nos contentaremos con un simple: Es este mundo, que nunca para. Este mundo que nunca espera a nadie ni por nadie, mientras seguimos caminando mirando el reloj que tan sólo nos da cinco minutos de margen.

 

*Setefilla R. Madrigal es Periodista

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