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El muerto de Maigret, de Georges Simenon

Simenon, no necesita efectos especiales, siempre cuenta con el factor humano.

Lector desde mi juventud de novela policíaca, he venido disfrutando de la obra de George Simenon, maestro descollante y árbol de hoja perenne de la novela policíaca o negra como se le suele nombrar. Mi agradecimiento de lector me lleva a releerlo y disfrutar una y otra vez con su lectura. Tanto en los tiempos que vivimos como en los pasados, conviene separar la calidad de la cantidad. Luego mis elogios y comentarios a la obra de Simenon y su Maigret, que no cansa y que nos hace sonreír por la cachaza de sus diálogos. Los mejores, posiblemente, aquellos que mantiene junto a su mujer Marie Luise. Él metido en sus embrollos intentado desentrañar la tela de araña y misterio del caso pendiente. Ella, exquisita, todo un susurro contando los puntos del jersey que le está tejiendo al marido.

 

Así que este cadáver asignado por el padre literario de su popular inspector resulta no ser  un caso cotidiano sino todo lo contrario, pues se trata de El muerto de Maigret, que él mismo ha decidido asumirlo como suyo propio.

 

Tras esa mañana de febrero cuando se abría el día con la llamada telefónica por parte de un desconocido de inquietante voz atomizadora, que intenta comunicarle angustiado como unos tipos le persiguen desde la noche pasada con oscuras intenciones, que lo lleva a reafirmarse que pretenden liquidarlo. Y aquella llamada temprana se corta, pero se repetirán una y otra vez con urgencia manifiesta llamando al comisario desde diferentes cafés de París, convencido de que vienen a por él sin contemplaciones.

Y aquella noche, cuando las imperiosas llamadas resultan imposibles de contar lo que viene sucediendo dejan de insistir, cuando  esa misma noche aparece el cadáver de un hombre joven, con la cara desfigurada, en place de la Concorde. Y todo es conocer nuestro Maigret la noticia del cadáver, cuando le falta tiempo para que su espíritu profesional asuma poder ser él quien averigüe tanta insistencia pretendida por teléfono buscando su protección. Por lo que sin más dudas decide hacer suyo el caso, que no quede como una rutina más de las muchas que suceden en las noches de la metrópoli y decide llevar el caso con el máximo interés. Aquí es cuando toma cuerpo la narración y el comisario pone en acción a todos sus inspectores en la búsqueda de hallar huellas y pistas que le permita ir construyendo el inicio del entramado que puede estar detrás de un presentimiento fruto de unas misteriosas llamadas que terminan en una muerte estremecedora.

 

Simenon ofrece una nueva trama magistral en la que se alternan los momentos de tensa calma con los de trepidante acción, y aprovecha los interludios para dar los toques de humor y humanidad

 

que hacen del inspector Maigret uno de los personajes más emblemáticos de la novela policiaca, que caracteriza su estilo y poder literario, muy por encima y distante de esa otra novela negra apoyada insistentemente en la violencia. Son igualmente crímenes los casos donde intervienen Maigret, pero poseído de calma y astucia a lo que se suman diálogos, con las acertadas puntualizaciones de su mujer mientras lo acompaña en sus meditaciones con curiosas sugerencias, que muestran el alto porte literario de la inmensidad, siempre suave, dejando correr el tiempo hasta descorrer la cortina donde se esconde el misterio de la trama. Simenon, no necesita efectos especiales, siempre cuenta con el factor humano.