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La geografía andaluza de Cervantes

La conmemoración de la muerte del genial escritor supone una ocasión magnífica para poner en valor la influencia que nuestra tierra tuvo en su obra

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Caty León

Este “Año Cervantes” en el que se recuerda el aniversario de su muerte podría aprovecharse en Andalucía para hacer recuento de la relación del escritor con nuestra tierra. Y no hay poco que contar, al contrario. Las continuas idas y venidas de Cervantes por la geografía española y allende ella, debido, primero, al oficio de cirujano de su padre, Rodrigo de Cervantes, y luego a los suyos propios, militar y más tarde funcionario, construyen un mapa cervantino que merecería la pena destacar. Algunas ciudades tienen más presencia que otras; por ejemplo, Sevilla, ciudad que guarda con Cervantes una relación de amor-odio constante. Pero no es solamente la capital andaluza su destino y eso lo observamos a poco que recalemos en su biografía.

Se da la circunstancia de que la primera ciudad andaluza a la que arriba es Córdoba, en la que parece que se instaló su familia allá por 1553, cuando el niño Miguel tenía seis años. Se supone que fue en esa ciudad donde fue al colegio por vez primera, en concreto al de jesuitas de Santa Catalina, donde aprendió las primeras letras. En el año 1564 la familia reaparece situada en Sevilla, donde su padre regentaba unas casas de alquiler. En esta ciudad vuelve a asistir a un colegio de jesuitas.

La historia militar de Cervantes lo lleva por territorios conflictivos y de ahí regresa, como sabemos, manco de un brazo, debido a heridas de arcabuz. Todo el resto de su existencia se la pasó solicitando un empleo que estuviera acorde con sus dificultades y una compensación por su servicio de armas que tantas penurias le había causado, cautiverio incluido. Sin embargo, tuvo poca suerte en ambos empeños. Esa compensación no le llegó nunca y tampoco sus cargos fueron de su agrado, ya que se trataba de recaudar impuestos sobre el aceite y no un grado en el Nuevo Mundo como siempre pretendía sin éxito.

No resulta complicado pensar que su dedicación a la literatura más en serio no solamente estaba dictada por su innegable talento, sino por la necesidad de subsistir, habida cuenta de las escasas remuneraciones que recibía por otros conceptos. Ya casado con Catalina de Salazar, de diecinueve años (él contaba treinta y siete) está datada su presencia en Sevilla a finales del año 1585. En estos momentos ya había vendido obras teatrales y publicado la primera parte de la Galatea, en seis libros. El año siguiente, 1586, vuelve a viajar a Sevilla y es en 1587 cuando se instala en esta ciudad después de obtener, tras muchas vicisitudes y gestiones baldías, un cargo, el de Comisario Real de Abastos para la Armada Invencible, al servicio de Antonio de Guevara, a la sazón Comisario General de la Provisión de las Galeras Reales. El cargo lo obtuvo gracias a la mediación del Alcalde de la Real Audiencia de Sevilla, Diego de Valdivia. Es pues, Sevilla, el primer destino oficial del antiguo soldado Cervantes, ahora también escritor y funcionario real.

[blockquote style=”1″]El periplo andaluz de Cervantes termina en el verano de 1600, en el que abandona Sevilla, aunque hay quien dice que, por un corto período pudo volver a pisar la cárcel sevillana en 1602 porque están constatadas en este año nuevas complicaciones económicas con el Tesoro público.[/blockquote]

Desde este momento y durante quince años, Cervantes se mueve por toda la geografía andaluza ejerciendo un puesto de enorme dificultad, que le iba a acarrear no pocos disgustos personales, amén de denuncias, encarcelamientos y problemas varios. Recorre Écija, donde topa con la Iglesia por requisar el grano eclesiástico, La Rambla, Castro del Río, Espejo, Cabra, Carmona, Jaén, Úbeda, Baeza, Estepa, Montilla. En medio de estas aventuras administrativas que le trajeron como resultados dos excomuniones y varios encarcelamientos, sigue solicitando una vacante relacionado con los oficios de Indias, sin conseguirla. En 1597 aún reaparece en Sevilla, precisamente en la cárcel, debido a disparidades en el cálculo de lo recaudado en las tasas del reino de Granada, por encargo de Agustín de Cetina. Parece ser y así lo afirman los expertos que fue en la cárcel de Sevilla donde esbozó el plan novelesco del Quijote. Desde luego, si es así, nunca una cárcel tuvo mayor honor ni mejores resultados.

El periplo andaluz de Cervantes termina en el verano de 1600, en el que abandona Sevilla, aunque hay quien dice que, por un corto período pudo volver a pisar la cárcel sevillana en 1602 porque están constatadas en este año nuevas complicaciones económicas con el Tesoro público.

A principios del año 1605 ve la luz, como sabemos, El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, la gran obra universal de la literatura en castellano. Cuánto de esas aventuras genialmente trazadas se concibieron por su autor en tierras andaluzas es cuestión ardua y que no está en nuestra mano resolver. Lo que sí es cierto es que la literatura se nutre de la vida y en la obra cervantina hay personajes, asuntos, paisajes, sonidos, olores y sabores, que están impregnados de su propia peripecia vital, tan pródiga en acontecimientos, por lo que no es de extrañar que Andalucía tenga una presencia innegable en ese acto creativo que supone la escritura de una obra como esta.

Cervantes fue un tipo singular. Vivió siempre al filo de la navaja. Sus dificultades económicas, los distintos cargos y empleos por los que pasó, su capacidad de meterse en líos, la escasa suerte que tuvo en sus reivindicaciones, todo ello lo configuran como un personaje excepcional que merecería formar parte de la galería de tipos que él mismo imaginó. Y no dudamos que en esa estructura imaginaria hay mucho de nosotros, andaluces de entonces, de nuestras ciudades, pueblos, de nuestra idiosincrasia, de nuestra tierra, en suma.

Sería una ocasión magnífica esta del aniversario para poner en valor la Andalucía Cervantina.