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La paja en el ojo ajeno

Mientras no sean los propios simpatizantes de cada partido político los que pidan explicaciones a los suyos, estamos perdidos

Emilio Lucas
Emilio Lucas

Creo que fue Pérez-Reverte, y que fue en una entrevista que le hizo Jordi Évole, el que dijo que en España nos unimos más “en contra” que “a favor”. Y no puedo sino coincidir. A lo largo de todo este tiempo he ido observando que, por ejemplo, a la hora de la verdad, un aficionado del Real Madrid es más antibarcelonista que madridista, y uno del Barça es más antimadridista que barcelonista. O que, incluso, ha llegado a incorporarse a la cultura popular lo de aquel que decía “contra Franco vivíamos mejor”.

De ello, y de lo que uno habla con la gente por ahí (que es mucho, porque es como más se aprende), deduzco también que muchos de los que en estas elecciones han votado a Podemos o a Ciudadanos, más que hacerlo a favor de su propuesta política, votaban en contra de los partidos tradicionales, con los que estaban muy cabreados (y con razón más que de sobra), y quizás con la esperanza de que lograrían forzar una nueva forma de hacer política.

Desde mi particular punto de vista (que, obviamente, puede ser erróneo), el principal problema de este país es que los partidos nos están robando el criterio y la capacidad de raciocinio, pues una vez el ciudadano decide con qué partido o tendencia quiere alinearse, queda prisionero de su argumentario, y no se atreve a salirse en su opinión de la línea marcada por miedo a ser tachado de sospechoso por aquellos con los que se identifica y por los que quiere ser aceptado. Una actitud que, lejos de llegar ahí, se agudiza hasta límites insospechados, haciendo del ciudadano un instrumento de ataque al adversario y defensa numantina de los suyos.

[blockquote style=”1″]Mencione usted a un simpatizante del PP la Gürtel; a uno del PSOE los EREs; o a uno de Podemos Venezuela o Irán. Y luego, me cuentan la reacción. [/blockquote]

Me explico. Los que ejercen el poder, cada cual en su parcela, generan un conjunto de ideas y mantras que vienen a conformar eso que se ha dado en llamar “lo políticamente correcto”, lo cual no es sino una herramienta para mantenerse en su parcela de poder y, a la vez, mantener el dominio sobre sus simpatizantes que, si sacan los pies del tiesto de lo políticamente correcto, se encuentran con el ataque inmediato, violento y casi irracional de sus semejantes, y queda proscrito en el particular Edén de ese partido.

Con ello se consigue la uniformidad ideológica y la defensa de, digamos, la “abeja reina” o la nave nodriza. Algunos ejemplos. Mencione usted a un simpatizante del PP la Gürtel; a uno del PSOE los EREs; o a uno de Podemos Venezuela o Irán. Y luego, me cuentan la reacción.

Otro ejemplo. Si a usted se le ha ocurrido criticar la famosa “reivindicación” de Carolina Bescansa con su bebé en el Congreso de los Diputados, ya puede argumentar como quiera su crítica, que la etiqueta de machista, retrógrado y, quizás, hasta de fascista, se la lleva puesta.

Y cuento todo esto porque, para mí, ahí reside nuestro principal problema como electorado. En ese “y tú más” apoyado por el ciudadano de a pie. Y los únicos que pueden conseguir que un partido haga limpieza interna y enmiende sus errores son los propios militantes y simpatizantes de ese partido. Mientras no sean los propios simpatizantes de cada corriente los que pidan explicaciones a los suyos, estamos perdidos. Dice el refranero que lo peor para un mentiroso es un “apoyador”. Y nos han hecho a todos (o a casi todos) apoyadores.

Así que, no digo que dejemos de ver la paja en el ojo ajeno, que todo ejercicio de limpieza democrática está muy bien, pero empecemos también a ver la viga (o la paja) en el propio, pensemos con libertad, opinemos con libertad y, sobre todo, sobre todo, escuchemos con libertad, que es como se aprende. En esta vida no hay verdades absolutas ni santos inmaculados, y es de valientes poner a prueba las propias ideas y escuchar las de los demás. Uno se lleva muchas sorpresas. Y si hay que cambiar alguna de nuestras ideas porque vemos que no era del todo acertada, pues se cambia, que no hay en ello deshonra.