Confidencial Andaluz

Avance editorial: ‘Las Abejas de Manhattan’ de José Luis C. Lombilla

José Luis Castro Lombilla

Avance editorial:  ‘Las Abejas de Manhattan’ de José Luis C. Lombilla
12:53 | 25 de octubre, 2016

El humorista gráfico José Luis Castro Lombilla presenta su nueva novela este miércoles 26 de octubre en la librería Un gato en bicicleta a las 20:00 (Calle Regina, Sevilla).

Alejandro Mejias

Alejandro Mejías

Lombilla, colaborador habitual de CONFIDENCIAL ANDALUZ, ha puesto a la venta su novela ‘Las Abejas de Mahattan’, presentada como un vodevil que trata de homenajear a las tertulias literarias. En un bar cuyo camarero solo habla recitando a Pessoa un grupo de estridentes literatos mantienen conversaciones sobre Kafka, Picasso y Galdós entre muchos otros. Las teorías e interpretaciones artísticas de los personajes abrazan lo absurdo y surrealista y consiguen hacer humor con los artistas más influyentes de nuestra historia.

José Luis nació en Sevilla en 1996 y estudió Filología Hispánica. No es ni de lejos su primera novela, en 2012 publicó El hombre que mató a Queipo de Llano (premio Casino de Mieres); Charlie, en 2013 con el premio Creadores por la Paz de la Fundación contra el terrorismo Jiménez Becerril; y El antropófago sentimental, con la que ganó el premio internacional de novela corta de humor negro de la Universidad de Lérida en 2005. Lombilla ha ganado este año el premio internacional Max Aub de cuentos.

El humorista gráfico y escritor ha sido colaborador de El País durante 10 años. Actualmente sigue colaborando con varios medios de comunicación entre los que se encuentra el Confidencial Andaluz. También es miembro de TEBEOSFERA, revista de investigación sobre historieta, humor gráfico y caricatura.

Les ofrecemos un adelanto de la último obra de José Luis Castro Lombilla. ‘Las abejas de Manhattan’

 

Portada de Las Abejas de Mahattan

Portada de Las Abejas de Mahattan

 

 

LAS ABEJAS DE MANHATTAN

(ESTO NO ES UNA NOVELA)

CAPÍTULO 1

 ¡Mierda!

Blinky siempre me captura… Sin duda es el más peligroso de todos. Blinky, el cazador…¡Menudo hijodeputa, Blinky!

A Blinky también se le conoce como Shadow. A Inky y a Clyde, sin embargo, no les tengo miedo. Ni a Pinky, aunque corre lo suyo y suele ayudar bastante a Blinky emboscándose para acorralarme con facilidad. Mierda, Blinky me ha vuelto a poner contra las cuerdas. He intentado por todos los medios darle esquinazo pero al final no me ha servido de nada. En el centro, al poco de empezar la persecución fatal, he driblado con habilidad a Clyde, el estúpido. Asimismo, logré sortear en el sur a Inky, el voluble y celeste Inky. (Debo reconocer, no sin cierto rubor, que hubo un tiempo en que Inky, también llamado Bashful, el lento y veleidoso, el caprichoso y frívolo, cambiante, versátil…; hubo un tiempo, digo, en que Inky me gustaba. Sí, incluso he llegado a entregarme a él voluntariamente en alguna ocasión en que mi agotamiento hacía imposible la huida. El celeste siempre ha sido mi color preferido, qué le vamos a hacer). La celada de Pinky, que igualmente responde al sobrenombre de Speedy, no fue lo suficientemete efectiva y pude zafarme de él por los flancos riéndome en toda su rosada cara. (Pinky, o Speedy, es de color rosa y a mí ese color no me gusta nada. Clyde, cuyo sobrenombre es Pokey, es de color naranja y jamás ha logrado atraparme). Pero, a pesar de todos mis esfuerzos y precauciones, ay, en el norte Blinky me ha cazado como a un conejo. Apenas me quedaban unos puntos amarillos para completar la pantalla de las uvas cuando Blinky, por sorpresa, haciendo un súbito cambio en la dirección que llevaba, me ha pillado.

¡Mierda! Blinky siempre me captura… Sin duda es el más peligroso de todos. Blinky, el cazador…¡Menudo hijodeputa, Blinky!

Me llamo Toru Iwatani y soy un jugador excepcional de Pac-Man.

Me llamo Toru Iwatani pero éste no es mi auténtico nombre aunque sí el que verdaderamente me determina, pues si bien mi carnet de identidad refleja un sencillo Julio José Cañizo sin más vinculación conmigo que el mero afán clonador de unos padres empeñados en duplicar a los abuelos muertos a través del dudoso sortilegio bautizador, Toru Iwatani es sin duda alguna el apodo más apropiado para mí. Toru Iwatani es mi “significante”, una sucesión de fonemas y letras que, asociadas conmigo, orgulloso “significado”, forman el signo lingüístico más importante de El Tendero Ordenancista. Porque yo soy, ya es hora de que lo sepan, el personaje más destacado de cuantos pulularon por ese negocio con «hechuras de taberna decente», como lo denominaba su dueño parafraseando a Pessoa. Y no lo digo porque suela epatar a todos con mi pericia jugando a los “Comecocos”; ni porque me haya renombrado pomposamente con el nombre del diseñador japonés que los creó; o porque tenga un proyecto literario, como más adelante se verá, destinado a revolucionar las letras no ya presentes y futuras sino, además, las pasadas; no. Si digo esto es porque yo soy el narrador de esta historia. ¿Les parece poco…?

Sinceramente, aún no sé si seré un narrador omnisciente o tan sólo el corifeo de un incierto coro minimalista compuesto solamente por mí. Quizás, mi único cometido en esta función narrativa sea la de presentar el contexto y resumir las situaciones para que el público lector, o sea, ustedes, puedan seguir los extraordinarios sucesos que aquí se contarán. En cualquier caso, de momento no sé hasta donde llegarán mis atribuciones de narrador, pues en mi calidad de personaje literario no dependo de mí sino de las ínfulas creadoras de un autor que por ahí anda, tecleando sin pudor en los confines siderales de la cuarta pared con píxeles que es la pantalla plana del ordenador. Así que nadie me venga luego con quejas reprochándome incumplimientos de responsabilidades que no me corresponden. Porque no deben olvidar que esto no es una novela; es decir, que estas páginas y yo mismo no tenemos ninguna obligación con ustedes ni con nadie. Esto, de ser algo, no es más que un poco de tinta sobre papel. Y, si no se llegan a imprimir siquiera, sólo serán pequeños bits, ceros y unos simultaneados en una sucesión alocada para conformar unas simples manchitas negras sobre un documento virtual numerado. Nada más.

Realmente, lo que quiero decir es que ni tengo por qué saberlo todo ni tengo que distraer más de la cuenta al lector ávido de aventuras sin fin. Ni siquiera sé si la narración habrá de ser en tercera persona o quizás se experimente aquí, en un fatuo ejercicio de posmodernidad que se me antoja algo pueril y esnob, con una promiscuidad narrativa donde se alternen sin control las narraciones desde diversos puntos de vista… Eso, en cualquier caso, deberán descubrirlo ustedes si continúan leyendo: es su responsabilidad. Yo, en principio, no sé nada más que lo que se va escribiendo y por tanto ustedes van ya sabiendo. Todo lo demás, dependerá en primera y última instancia de lo que los dedos nerviosos del escritor decidan teclear. Bastante tengo con jugar el doble papel de personaje y narrador sin que nadie me pague las horas extra… Así es que, como diría Rabelais, «Regocijaos, amigos todos, y leed alegremente lo que ahora sigue, dando recreo al cuerpo en provecho de los riñones. Mas escuchad, grandísimos asnos (¡así tengáis moquillo!), no olvidéis beber a mi salud por igual, yo os imitaré sin tardanza…». Les cuento:

(Bueno, permítanme antes que le dé a la pantalla de Pac-Man la preceptiva patada de rabia con que suelo maltratarla cuando me cazan demasiado pronto y…, ¡ya está! Ahora sí).

Les cuento:

Me llamo Toru Iwatani, como deben ya saber si no han estado distraídos de la lectura, y, además de ser un jugador excepcional de Pac-Man, fui miembro de la extravagante tertulia que semanalmente se reunía en El Tendero Ordenancista, ese bar al que juré fidelidad eterna un día que entré y descubrí que, contra toda lógica empresarial y tecnológica, mantenía una máquina de Pac-Man de las antiguas. Entré, pues, y una luz, como de rompimiento de Gloria, iluminó la máquina de Pac-Man. Yo, que hacía años que escuchaba la irónica vocecita de Dante decirme que perdiera toda esperanza de volver a jugar en una máquina de Pac-Man, comencé a frecuentar El Tendero Ordenancista y de esa manera conocí y trabé amistad con José Bellido, su dueño. Pero, para conocer a este cráneo privilegiado de las tabernas tendrán que esperar al siguiente capítulo. Antes, se hace preceptivo que dé unas breves notas biográficas mías necesarias para la buena marcha del relato.

*Breves notas biográficas mías para la buena marcha del relato:

Aunque pasé el bachillerato como un desquiciado Teseo ludópata, transmutado de bola amarilla con una sección abierta a modo de boca, comiendo puntitos amarillos por locas encrucijadas de un laberinto negro con paredes azules y huyendo de temblorosos fantasmitas como pequeños minotauros de colores por los bares de mi barrio, acabé entrando en la universidad para realizar con éxito la carrera de Filología Hispánica donde el pequeño virus de la literatura, que algunas lecturas me habían inoculado, consiguió desarrollarse en toda su magnitud por mi atribulado cerebro. Que haya terminado trabajando en una agencia de seguros no debe confundir a nadie acerca de mi aprovechamiento académico, pues el mundo gira como una noria en la que sólo somos burritos sin mayor poder de decisión que el de pestañear de manera refleja cuando alguna mosca cabrona se nos mete en el ojo. Al contrario de lo que podría parecer, no somos nosotros, los burritos lacios, los que hacemos girar a la noria sino que es ella la que nos marca el cruel y monótono movimiento de rotación… Y no sé si me explico. El empleo en la agencia de seguros, al menos, me emparenta con Kafka, de cuya biografía se revelarán, por cierto, datos desconocidos en estos escritos. Aunque, para eso, tendrán que esperan a que entre en escena el inefable príncipe Florizel de Bohemia. De momento, a quien van ya iluminando los potentes focos de este circo literario, aun antes de haber terminado de abocetar con cierta verosimilitud el personaje que soy yo mismo, es al gran José Bellido, el dueño de ese oasis en forma de bar donde saciábamos nuestros apetitos gastronómicos y dipsomaníacos, amén de nuestra gula intelectual, los integrantes de esa tertulia de la que ya he hablado aunque no haya dicho, pues aún no ha llegado el momento, que se llamó La Mesa Redonda de Algonquín. De quien ahora toca hablar es de José Bellido, que lleva ya un buen rato esperando paciente en esta nueva pista para realizar ante ustedes sus malabares biográficos que, sin ser el mayor espectáculo del mundo, yo, citando si me permiten al gran Lázaro de Tormes, les diré que por bien tengo que cosas tan señaladas y por ventura nunca oídas ni vistas, vengan a noticia de muchos y no se entierren en la sepultura del olvido, pues podría ser que alguno que las lea halle algo que le agrade, y, a los que no ahondaren tanto, al menos los deleite… Pasen y vean.

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