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Los desnudos del Vaticano

Antisistemas y tradicionalistas ante los cambios sociales

Daniel Lebrato
Daniel Lebrato

Había dos clases, dos luces, de bohemia: la bohemia de verdad, pobre y marginada, que pinta Valle en Max Estrella, y la bohemia estética o de mentirijillas, del coro modernista. Algo así ocurre con lo que se llama antisistema, palabra que califica dos actitudes que no tienen nada que ver: el antisistema individualista y el antisistema social (o socialista), que no deja de pensar por y para el colectivo. El antisistema individualista puede ser artista, gamberro, extravagante, radical o suicida. El antisistema político, en cambio, es un teórico de la revolución aunque, en la práctica, su vida resulte de lo más burguesa y convencional.

Eso nos lleva al trío de lo culto, lo popular y lo tradicional. Lo culto se sabe lo que es: está en manos de una minoría que protagoniza o administra la cultura. El problema surge al querer distinguir lo popular de lo tradicional, porque los dos dependen de esa evanescencia que llamamos pueblo. De hecho, que el partido menos popular, en el sentido de gentes, se llame Partido Popular, no es más que una ambigüedad contagiada por la aspiración de ese partido a ser el mayoritario, el más votado. Y no es tampoco extraño que lo contrario al PP (que no tiene nada de popular), y en gran medida al Psoe (que tampoco tiene mucho de socialista), reciba etiqueta de populista, donde el populismo no es salirse del macro sistema, sino del micro sistema al dictado de la Constitución, de la Zarzuela o de la Moncloa. ¿Antisistemas, según ellos? Podemos, Bildu, la CUP o Republicanos de Cataluña, en realidad, partidos cien por cien sistema aunque en una onda distinta.

 

[blockquote style=”1″]Desconfiad de quien apele a la tradición o la ponga como pretexto para su conducta. Esa persona, un Fran Rivera, invoca una tradición, que, a lo peor, ni existe, con ánimo de paralizar vuestro juicio.[/blockquote]

 

Fuera y al margen de la política, lo popular luce por contraste con lo tradicional, algo que veíamos cuando estudiábamos la lírica tradicional de la Edad Media. Popular es lo famoso, lo muy conocido (Isabel Pantoja y Rocío Jurado son populares). El concepto de la fama no se puede aplicar en estos tiempos como se haría en la Edad Media. Y ahí están las Coplas de Manrique con la vida de la fama como tercera vida entre la mortal perecedera y la eterna: Pues otra vida más larga de la fama gloriosa acá dejáis.

Salvando las distancias de lo que es ser conocido, ser famoso o ser popular, ahora y hace siglos, cuando no había televisión ni esa televisión interactiva que es internet, nosotros distinguimos lo popular de lo tradicional por una aparente paradoja (todas las paradojas son coherentes) y por una fórmula sencillísima: todo lo tradicional es popular pero lo popular no tiene por qué ser tradicional. La paradoja consiste en que, siendo lo tradicional mucho más arraigado, costroso o incrustado de generación en generación en el espíritu de la gente (un refrán, una receta, una manera de festejar), lo tradicional (de transmisión oral frente a lo culto, que hay que leer) admite paradójicamente cambios sin que la tradición peligre por eso; más bien, al contrario, es señal de que la tradición sigue viva, mientras que al popular torero o a la popular cantante no los podemos modificar. Dos personas en la cocina haciendo dos migas, dos pringás o dos gazpachos (platos de la tradición del majado del día después y del no tirar nunca la comida sobrante) es casi imposible que hagan dos migas, dos pringás o dos gazpachos iguales y, sin embargo, estarán siempre haciendo el mismo plato.

Desconfiad de quien apele a la tradición o la ponga como pretexto para su conducta. Esa persona, un Fran Rivera, invoca una tradición, que, a lo peor, ni existe, con ánimo de paralizar vuestro juicio. Y si alguien aprovecha la foto del torero con su niña para hacer campaña antitaurina, está en su derecho: las campañas en contra engordan porque otros a favor las alimentan. Desconfiad también del papa que cubre los desnudos del Vaticano para recibir a su huésped el ayatola por respeto a qué, ¿a su tradición o a su intransigencia? La obscenidad en imágenes o desnudos está en el ojo de quien las mira o no las mira, y las miradas se prohíben por autoritarismo o por dogma, no por tradición, o, a este paso, hablaríamos de la tradicional Inquisición Española o de la tradicional Censura.

El mensaje que el papa nos manda, y parecía el tipo abierto y puesto al día, es: ateneos a las tres culturas, a la religión de las religiones, o sea. Y al laicismo, que es lo que el papa con su respeto a la tradición de su hospedado quería demostrar, ¡que le vayan dando!