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“Menos postureo y más Aristóteles”

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Caty León

No recuerdo otro momento de la historia reciente de España en que el cotilleo político haya alcanzado mayores dimensiones. Vas a cualquier bar, taberna, colmado, restaurante, gastrobar o cafetería y en todos sitios oyes hablar de lo mismo. Se hacen quinielas sobre quién logrará convencer a quién de tal o cual cosa. Se habla de líneas rojas para establecer este pacto o el otro. Se comenta sin restricción sobre los cambios que han de hacerse en el entramado del Estado. Hay quienes afirman que debe cambiarse todo. La Constitución, las leyes educativas, las laborales, las penales, los impuestos, el IVA, el IBI, las tasas universitarias, la colegiación, la universidad y hasta la vida cotidiana. El furor del cambio, esa palabra-fetiche que en los años ochenta llevó al PSOE al poder, certificando así la transición como una cosa hecha, es, ahora mismo, una ventolera que no cesa. Como el rayo del que hablaba el poeta, cursa con vehemencia y con fanatismo a veces. También con escepticismo y pudor.

Las redes sociales, las plataformas mediáticas, los medios audiovisuales, toda esa cuadrilla inmensa de información y opinión que es Internet, crisol donde todo se encuentra y se confunde, han logrado crear un gigantesco altavoz por el que cada cual expresa su opinión a modo de continuo referéndum sobre todos los temas posibles. Es una ola que amenaza con cubrir las arenas de las playas, llenándolas de guijarros que deben ser retirados so pena de que la propia playa desaparezca.

[blockquote style=”1″]Leamos a Aristóteles. Y hagamos autocrítica. Cuanto antes. No parece que el tiempo corra a nuestro favor.[/blockquote]

Algunas veces se alzan en medio del griterío, intentando poner cordura, meter una cuña de cordialidad o despejar el horizonte con avisos sensatos. Inútil resulta este empeño. Hasta la ceremonia de los Goya llegó el reflujo convertido en análisis de vestimentas y en golpes de efecto que eclipsaron las películas, a Darín, el escote de la Preysler y los inexistentes gags de Rovira. Solo los rostros asombrados de Juliette Binoche y de Tim Robbins expresaban la realidad de lo que estaba/está pasando. Parecían decir: “Qué demonios os traéis entre manos” Aún más “Para qué diablos nos habéis traído aquí”. Todavía Robbins debe estar curado de espantos: ahí es nada que su pareja de años y madre de sus hijos, Susan Sarandon, doce años mayor que él, lo haya plantado por un tipo veinticinco años menor que ella. Esta genialidad debe haberle perpetuado en la cara esa expresión de perplejidad perenne.

En momentos como estos se me ocurre que no estaría mal volver los ojos a aquellos que, antes que nosotros, vivieron la zozobra de los sistemas políticos en descomposición, de las corrupciones por doquier, de los líderes sin carisma y sin tacto, de la ciudadanía incivil o de la sociedad sin ciudadanos críticos. Este año se cumplen, en otro de esos aniversarios que pasará por encima de nosotros como un suave beso de verano que se posa sin manchar de carmín la mejilla, los 2400 años del nacimiento de Aristóteles, probablemente el más influyente filósofo de toda la historia de la humanidad, del mundo mundial, usando la frase del ínclito Monolito García, allá en su Carabanchel Bajo.

Este hombre, discípulo de Platón, habla en sus obras de la virtud como elemento indispensable para que las polis se configuren como sociedades sanas y dispuestas a favorecer la felicidad de los individuos. Habla de la educación en valores como el elemento fundamental, la argamasa, que hace posible que el gobierno de las ciudades encuentre en la actitud ciudadana la cortapisa fundamental que evite el abuso y el mal empleo de las atribuciones que el gobernante ha recibido.

Las ideas de Aristóteles no son arqueología. Volver los ojos a los clásicos no es solamente necesario, sino imprescindible en los tiempos difíciles. Las lecciones que no hemos aprendido han convertido la gobernabilidad en un tablero de ajedrez o, peor aún, en un juego de naipes con cartas marcadas. Hora es de transformar la demagogia de los titulares en la sabia decisión de seguir el dictado del sentido común y del servicio público. Leamos a Aristóteles. Y hagamos autocrítica. Cuanto antes. No parece que el tiempo corra a nuestro favor.