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Nebo ya es mujer, Nebo ya ha aprendido

Solo la faca vale. Ella ya lo ha vivido. Ella ya lo ha aprendido.

Noche cerrada en el pueblo minero de la serranía. La desvencijada, sucia y atosigada furgoneta, vanete en tiempo huido, está a la espera con las fauces abiertas, en el cancel herrumbroso de esta casa en ruinas. Dos hombres, unos niños envueltos en mantas apestadas, tres mujeres. Ocupan el suelo del furgon que carece de asientos. Arranca la furgona dejando al viento el humo negro del gasoil quemado.

 

Mochuelos y olivares en gris de amanecida rodean la cortijada en la tierra albariza que ve llegar el humo, el ruido y el trasto conducido por un esmirriado ennegrecido por suciedades sin memoria. Las paredes maestras tiran hacia la tierra, las vigas añoran el sostén de los yesos de las cañas y el brezo que impedía lluvias y fríos del invierno. Puertas desvencijadas, cerrajes robados y cancelas heridas por marismos y ladrones de paso en los predios baldíos.

 

Descienden las mujeres, las mantas y los niños, un hombre. Encienden  una lumbre, acuestan en el suelo en  un rincón oscuro a las mantas que andan. Hablan un hombre y dos mujeres en tono desabrido. Dos mujeres se vuelven con el consumido esqueleto que lleva la furgona.

 

El hombre y la mujer que viven de la droga y enganchados a ella han huido del pueblo donde deben a otros dinero y amoríos, los civiles al quite por chivatos y primos que les deben favores y testigos vendidos.

 

El tiempo en el cortijo, oscuro, lento, frío, con la mujer que va al pueblo con dos niños pidiendo en el camino y en el comercio grande recogen lo que sobra al terminar el día. La mayor, diez años a lo sumo, diez años de corrido, se queda con el hombre que ni es padre ni es ná  y vive con su madre para escapar de tiros, de deudas y sentencias.

 

A lo largo del día, uno tras otro, un siglo, la llama, la besa, la acaricia, le pone el pene en la boca, en los muslos y se corre con ella. La niña deja hacer, la niña tiene miedo, la niña ha visto, por las noches en el pùeblo minero de donde se han venido, hacérselo a su madre pegándola si no deja que siga.

 

Una abuela que no sabe la huida, que no encuentra los niños, que se barrunta cosas, que sabe desatinos, que conoce a su hija, ha venido esta mañana de verano fresco aquí desconocido. Y cuenta lo que sabe, lo que siempre imagina, en un sin vivir que duda entre decir a medias o sugerir mentiras que dejen las verdades al que oye para que él adivine.

 

Damos cuenta y razón de lo sabido. Actúan con premura los servicio sociales y con ellos actua  la fiscalía, se mueven los civiles y hasta su señoría. Tenemos a los niños. Presos están adultos que llevaron y condujeron y la madre y el hombre que es  ni padre ni marío. Solo un mal hombre que ha hecho en los meses de huida en el cortijo de la tierra albariza a una niña mujer de todos los saberes más ruines y más ciertos. Ya es mujer, nos lo ha contado como ha sido. Los ojos de una loba, los ojos de esa niña. No volverá a la infancia. Guardara la faca en la entraña y clavara el acero a quien se acerque a ella. En la suciedad y la jambre, entre mantas de chinches con un hombre desnudo ha aprendido lo que hay que aprender para vivir en medio: todos son enemigos. Solo la faca vale. Ella ya lo ha vivido. Ella ya lo ha aprendido.

 

Psicólogos de guardia, educadores de centros de acogida, civiles aguerridos, nacionales con coches celulares, alguaciles, escribanos, abogados de oficio, jueces de causas con presos, oidores de esta audiencia, políticos de dogmas y promesas de planes siempre llevados por los vientos de nuevas elecciones, a todos ha dejado esta niña desnudos como al emperador del cuento.