Confidencial Andaluz

Tras el 20D: La vida sigue igual

Tras el 20D: La vida sigue igual
00:39 | 21 de diciembre, 2015

No se discute el capitalismo, no se discute la Monarquía, no se discute la Iglesia, no se discute la política exterior, no se discuten el Ejército ni las bases americanas

Daniel Lebrato / Opinión.- Lo que de verdad importaba no salía a votación. No se votaba el tiempo y condiciones de trabajo (dictado por el sistema económico), no se votaba el tiempo libre, de ocio (calendario y fiestas, en poder de la Iglesia), no se votaba la política exterior (OTAN, UE), no se votaba la política interior (cuestión catalana, Ceuta y Melilla, Morón y Rota, Gibraltar). Tampoco se votaba una Jefatura del Estado que nunca pasa por las urnas. Todo estaba en manos de la generación del 15‑M, que primero fue el volcán Podemos y después, como partido, se prestó a seguir el juego de lo que no se vota y, por tanto, no se discute: no se discute el bienestar, no se discute el capitalismo, no se discute la Monarquía, no se discute la Iglesia, no se discute la política exterior, no se discuten el Ejército ni las bases americanas en España, no se discute la españolidad obligada de Ceuta y Melilla, en contraste con la independencia que se le reconoce a Gibraltar. Una vez que nada se discutía, lo que se sorteaba el 20‑D no era mucho: cuota de escaños por partido y nombres propios que se repartirían el pastel. Una generación, la del 15‑M, había renunciado a cambiar nada y nada iba a cambiar.


  1. Como la economía manda en nuestras vidas y como la economía capitalista no tiene nada que ver con la democracia, la política es un área secundaria o marginal, solo vital (económica) para quienes salen elegidos, que, inmediatamente, reciben un sueldo. Se divide a la nación en dos: votantes y clase política, clase de la que, sin embargo, todos se quejan. Contra las críticas, salen con que peor sería que no hubiera elecciones y con que la democracia es el sistema menos malo.

  2. La clase política no es que represente a sus votantes por un periodo de cuatro años, es que durante cuatro no volverá a consultar a su base electoral. Teniendo en cuenta que el poder corrompe, menos mal que los candidatos se agrupan en partidos y que los partidos pondrán un poco de orden si aspiran a durar como partidos, mientras que la duración de los políticos uno a uno está en apañar una buena red de relaciones que les den de vivir el día que dejen la política.

  3. A la Jefatura del Estado se adjuntan instituciones no votables: Iglesia y Ejército. Iglesia, Ejército, Congreso y Senado y Casa Real no tienen el mínimo interés por explorar formas de participación que, sin embargo, funcionan en comunidades de vecinos, jurados populares o, incluso, en la constitución de las propias mesas electorales, instituciones donde la democracia es compatible con el azar, la obligatoriedad, el mandato efímero, el voto directo o la interacción continua.

  4. A todo esto, habría que añadir otras formas de participación directa: democracia laboral (copada por sindicatos comparables a los partidos), vecinal, participativa, que vendrían a sumarse a la democracia digital o virtual a través de Internet y de las redes sociales, que permitirían en todo momento, y no cada cuatro años, saber qué piensa y qué quiere la población.

  5. Dado que el voto es siempre un voto útil, solo merecían ser votados candidatos o partidos que cuestionasen el sistema, empezando por la Ley Electoral, no los que aspiraban a perpetuarse en él. Era la diferencia entre la izquierda y el resto. Si esa izquierda era Unidad Popular-Izquierda Unida, está en fase terminal, prácticamente desaparecida.

  6. Habrá que esperar a 2020 para ver qué propuestas políticas hace la generación de la crisis, criada ya sin el Estado del Bienestar. Por último, es el bienestar, concebido como pérdida pero concebido, al fin y al cabo, como algo que se debe y se puede esperar del Estado, lo que recorre y unifica a las tres generaciones en liza en estas elecciones de 2015: la de los abuelos (del 75 o de la Transición), la de los padres (del 89 o de la caída del Muro de Berlín) y la de los hijos (del 2005 o indignados del 15‑M). La próxima parada electoral dará voz a una cuarta generación (la de los bisnietos del 75) y según venga, de apocalíptica o de integrada, lo veremos cerca de 2020. El espectáculo, esta vez, se acabó. Interesará, si acaso, a los amantes de la política de letra chica, de nombres propios, de coaliciones a favor o en contra. Quienes llevamos en sangre –más que la política– la polis, lo social, volvemos a estar como estábamos antes del volcán que no llegó a explotar y antes del 20‑D. Silencio.

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