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Y de Gibraltar ¿qué?

Queda abandonada así la tricentenaria estrategia de la reclamación española de la soberanía sobre la Roca.

 

Esto está cada vez más liado. Que si los “políticos delincuentes” (Pepe Borbolla dixit) de Cataluña. Que si los másteres y tesis doctorales trucados de nuestros primates políticos. Que si el destape de sociedades instrumentales para “ahorrarse” impuestos. Que si el intercambio de cromos para configurar el CGPJ. Que si la baraka de Franco que ―montera calada― está toreando al Gobierno. Que si la desdichada gestión por el Supremo de las “sentencias hipotecarias”. Y un sinfín de dislates aprovechados por el amancebamiento político-mediático, para flagelar al personal con “la cancamurria pedantesca y el traqueteo gramatical”, del que habla Galdós en “Primera República”, y que ya resultan insoportables.

Lo peor de todo es que así se está ocultando la pérdida para España de una colosal oportunidad política, para avanzar en la retrocesión de Gibraltar a la soberanía española. Objetivo que ha sido un factor común en las políticas generales de todos los gobiernos españoles, ―exceptuando el actual, por lo que parece―, en los últimos tres siglos de nuestra Historia. Tal oportunidad está propiciada por la salida (Brexit) del Reino Unido (RU) de la Unión Europea, puesto que las directrices acordadas por el Consejo Europeo del 29 de abril de 2017, para la negociación del Brexit, no solo no contemplaban que Gibraltar fuera a tener un estatuto especial, sino que estipulaban que “después de que Reino Unido abandone la Unión Europea, ningún acuerdo entre la UE y Reino Unido podrá aplicarse al territorio de Gibraltar sin un acuerdo entre el Reino de España y el Reino Unido”.

 

Lo peor de todo es que así se está ocultando la pérdida para España de una colosal oportunidad política, para avanzar en la retrocesión de Gibraltar a la soberanía española.

 

Sin embargo, en el acuerdo de salida del RU de la Unión, previsto ratificarse por el Consejo Europeo extraordinario del próximo 25 de noviembre, ni tan siquiera se discute la soberanía de Gibraltar. La cuestión gibraltareña se queda en un protocolo donde se tratan aspectos político-mercantiles como la subida de impuestos al tabaco, la gasolina y el alcohol, o los derechos aduaneros. En definitiva, con tal protocolo se difumina la histórica reclamación española sobre Gibraltar, en aras de no se sabe bien qué intereses. Se pierde así una fenomenal ocasión para soslayar la histórica praxis británica, de no descolonizar si no fuera por la fuerza o la amenaza de su uso, por parte de un oponente decidido a abortar la política británica de hechos consumados.

Queda abandonada así la tricentenaria estrategia de la reclamación española de la soberanía sobre la Roca. Y puesto que la esencia de la estrategia es la búsqueda de la libertad de acción, el peatón puede preguntarse: ¿cuál es el valor de la estrategia negociadora española ―si es que tal existiera ahora―, que va a remolque de los acontecimientos? Porque Gibraltar, no es banal recordarlo, es la única colonia existente en territorio europeo. Y ello, a pesar de las múltiples resoluciones de la Asamblea General de Naciones Unidas, instando al Reino Unido a que procediera a su descolonización. Es pues una colonia hurtada a España, de enormes ventajas geoestratégicas por lo que supone de control del Estrecho y que, estando tan alejada geográficamente de la pérfida Albión, permite al RU ―o lo que queda de él―, presentarse, a costa de España, como potencia mediterránea.

 

Queda abandonada así la tricentenaria estrategia de la reclamación española de la soberanía sobre la Roca.

 

Gibraltar, supurante llaga española, es un activo británico polivalente. Es base para aprovisionamiento, mantenimiento o descanso de tripulaciones de la flota británica. También para apoyo y reparación inicial de los submarinos nucleares británicos (cuando, para más inri, España rechaza en sus espacios de soberanía el establecimiento o pasaje de armas basadas en lo nuclear). Asimismo, es aeródromo de la RAF (Ejército del Aire británico), instalación militar también usada para tráfico civil, y cuya pista está construida sobre aguas españolas de la bahía de Algeciras. Es igualmente zona turística y de recreo para mayor solaz británico, especialmente en la zona este de la Roca en terrenos ganados al mar en aguas españolas. Y, por último ―para no alargar el relato―, es paraíso fiscal y tradicional guarida de contrabandistas y antro para negocios dudosos. Y ―me temo― con el mencionado acuerdo para el Brexit, va a seguir siendo todo ello. Además, en beneficio de quien ya no será tan siquiera un socio comunitario.

Uno no puede olvidarse de los miles de españoles que trabajan en Gibraltar. Tampoco ―lo más doloroso―, del tradicional abandono del Campo de Gibraltar por las administraciones públicas. Ello, a pesar de los parches, como el que acaba de poner el Gobierno aprobando en el consejo de ministros del pasado viernes 16 de noviembre ―coincidiendo impúdicamente con el comienzo de la campaña electoral andaluza―, un plan para el Campo de Gibraltar de 1000 millones de euros. Sea bienvenido tal adelanto de la lotería navideña. Pero, seamos serios, eso no deja de ser una acción puntual y groseramente oportunista, que no resuelve, ni de lejos, el tradicional desamparo de esa zona. Y mucho menos tapa la ocasión perdida de avanzar hacia el objetivo final: el reintegro de Gibraltar a la soberanía española.