Cuando España fue Penélope
España espera a que llegue algún Ulises y, como no llega, espera. Teje y desteje gobiernos; alcanza desacuerdos.
Hoy, y desde hace un par de años, España parece tener un complejo de Penélope. La esposa del héroe Ulises espera su regreso. Teje y desteje un ansia de la llegada de lo oportuno. A las puertas de su casa, los pretendientes que desean aprovecharse de su belleza y reino. Los que quieren desmantelar lo que no les pertenece y hacerse con ello por avaricia y poder. España espera a que llegue algún Ulises y, como no llega, espera. Teje y desteje gobiernos; alcanza desacuerdos. Elecciones ayer y elecciones mañana.
Entre trifulca, reproche y pelea reluce la intuición de lo evidente: ya no quedan estadistas. Si apenas queda Estado, ¿cómo los habría? El goce y regocijo de los políticos es el calor del sillón, el sueldo astronómico y, para según qué casos, los viajes en avión. Entre tanto, Penélope espera a alguien que parece haber muerto; siguen los pretendientes aullando a las puertas, pelándose entre ellos. Un Sánchez a las puertas de palacio, un Iglesias susurrante; frente a ellos, Casado expectante y Rivera ausente —pese a lo paradójico de ello—. Y un poco más atrás los codiciosos del terruño, aranistas crueles. Con todo, esta Penélope espera el regreso de un desconocido que ya tarda demasiado en llegar. Pero como siempre hay justos en Sodoma, hay una mujer que habla y acierta: «La incompetencia política de la que mucho tendremos que hablar a lo largo del tiempo», dijo Cayetana Álvarez de Toledo en el Congreso mientras le rehuían la mirada.
Aunque no creo que sea conveniente echarle siempre la culpa a la historia, es verdad que a lo mejor en España faltó un Joseph Ignace Guillotin que acojonara a políticos y reyes de medio pelo que nos han ido gobernando desde el cambio dinástico. Si los liberales de Cádiz hubiesen utilizado el aparato con Fernando VII habría en el comportamiento patrio una reacción corrosiva ante la patanería política. Pero no, no la hubo ni la habrá. De regeneración se ha pasado a una recastización muy cómoda con piscina o corruptela crónica ‘tradicional’.
Así las cosas, esta Penélope envejece y ve que el telar con el que juega al juego de la espera se deteriora y perece, mientras oye los gritos de unos pretendientes que sabe que no están a su altura. Unos pretendientes que, si se permite la cita de Larra, «en el Parnaso no los querrían ni para limpiar las inmundicias del Pegaso, no les darían entrada ni aun para recibir sus bien merecidas coces». ¡Ay, pobre Penélope!