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Groenlandia, prueba de estrés de la OTAN

La presión de Trump sobre Groenlandia tensiona la OTAN, desnuda la debilidad estratégica europea y plantea un inquietante precedente en el derecho internacional.

 

Groenlandia parece un objetivo coherente con la visión de seguridad nacional del presidente norteamericano, quien la concibe como un todo geopolítico. Desde esa perspectiva, los espacios terrestres, navales y aéreos desde el Ártico hasta la Tierra del Fuego no tienen solución de continuidad. Particularmente en lo que se refiere a su triángulo de interés geopolítico inmediato, cuyos vértices estarían en Alaska, Groenlandia y el Canal de Panamá. Asegurados el primero y el tercero, queda por dominar el segundo. La gigantesca isla de Groenlandia, de más de 2 millones de km2 de extensión, pero habitada solamente por una población ligeramente superior a la de Colmenar Viejo. Un territorio constituyente del reino de Dinamarca rico en gas, petróleo y materias primas pegado a la costa canadiense y a solo dos horas de vuelo de EE. UU. Consecuentemente, un dominio norteamericano sobre los espacios groenlandeses no solo absorbería “de facto” a Canadá como apéndice estadounidense (el llamado estado 51), sino que también convertiría el Ártico en un espacio hostil para los dos grandes rivales de EE. UU.: Rusia y China. Particularmente cuando las rutas comerciales árticas van siendo paulatinamente más accesibles como resultado del cambio climático.   

Lo más insultante de la dialéctica de Trump es que se asemeja a la de un tendero de bazar turco. Por eso, como ha hecho con la política arancelaria, repite con Groenlandia la técnica de la puja y el regateo en la que -hay que reconocerlo-, es un maestro. Probablemente, su afirmación de que va a hacerse con Groenlandia por las buenas o por las malas hay que entenderla como una postura absurdamente exagerada o de “anclaje extremo” (en pura teoría de negociación), que intencionadamente no se compadece con los cánones clásicos sobre los que descansan las relaciones internacionales. Además, Trump se aprovecha de su posición de poder asimétrico, que últimamente se ha visto reforzado tras la brillante ejecutoria operativa desarrollada en Irán en junio pasado (operación “Rising Lion”), y la todavía caliente de Venezuela, el pasado 3 de enero (operación “Absolute Resolve”) por la que apresó, exfiltró y puso a disposición de la justicia norteamericana al dictador Maduro. Operaciones que mostraron descarnadamente la poca eficacia de las defensas antiaéreas de tecnología rusa. Vaya, al menos cuando son operadas por gente que no habla ruso. Y todo eso amilana a la gente.  Tanto que incluso parece hoy aceptarse la consagración del uso de la fuerza como fuente primordial del derecho internacional. Con ello, no solo se barren los principios y procedimientos de las Naciones Unidas, sino que también se inocula en el seno atlántico el virus de la desintegración de la OTAN. Organización defensiva que, hoy en día, y al menos nominalmente, es la herramienta sobre la que reposa la seguridad europea (incluyendo la de Dinamarca-Groenlandia). Groenlandia, por tanto, va a ser la prueba de estrés del atlantismo.  

A este respecto, conviene recordar que Dinamarca fue el país que, tras su rechazo inicial del Tratado de Maastricht, finalmente entró en él adoptando una radical postura de “opt-out”. Por ella, reconocía al paraguas norteamericano como único marco de seguridad común desmarcándose de cualquier decisión o acción de la UE en el ámbito de la defensa: gastos, capacidades, tropas e, incluso, su participación en estructuras como la Agencia Europea de Defensa (EDA) o la Cooperación Estructurada Permanente (PESCO). El cambio histórico a miembro pleno de la Unión se produjo por referéndum nacional, el 1 de junio de 2022, tras la invasión rusa de Ucrania.  Eso se llama pedagogía de los hechos. Ahora, tras 30 años de rechazo frontal de la defensa europea, Copenhague, probablemente con el concurso de Bruselas, logre un acuerdo pragmático de entendimiento defensivo con EE. UU. que ahuyente la posibilidad de invasión norteamericana de Groenlandia. Es decir, que el caso no llegue a mayores.   

Europa, enfangada en una ampliación descabellada y asfixiada por un estomagante proceso regulatorio de todo, se muestra ampliamente deficitaria y dividida -por no decir inane-, en los dos campos esenciales de la soberanía: la acción exterior y la defensa. Carencias medulares que concretan la soledad europea en el marco de un incipiente nuevo orden internacional a tres: EE. UU., China y Rusia. Una nueva era en la que Europa pinchará poco y cortará menos. No estará de repartidor sino, como mucho, de gregario de EE. UU. en lo repartido. Complicado tablero geopolítico en el que, por cierto, falta por aclararse cuál va a ser el papel del Reino Unido, bien decantándose por Europa y renegando así del Brexit o bien alineándose férreamente con las tesis norteamericanas. Todo eso provoca dos preguntas al lector. Una: ¿es Groenlandia una mera ocurrencia de Trump? Y dos: ¿qué pasaría si Putin hiciera sobre el Canal de Suez, el Bósforo o los Países Bálticos similares declaraciones a las de Trump sobre Groenlandia?