Lágrimas de cocodrilo por Groenlandia
El despliegue simbólico de pequeños contingentes europeos en Groenlandia retrata una cohesión atlántica débil y una respuesta casi decorativa ante las presiones de Trump.
El envío a Groenlandia de ínfimos grupúsculos militares de países europeos: Francia (15), Alemania (13), Suecia (3), Finlandia (2), Noruega (2), Países Bajos (1) y Reino Unido (1) carece de significado operativo alguno, a pesar de que Rusia y China hayan aprovechado la ocasión para calificar tal iniciativa como una “militarización” del Ártico. Se trata, en realidad, de un gesto político para señalar, por un lado, cierta disconformidad en el seno aliado con la explicitada intención de Trump de hacerse con Groenlandia “por las buenas o por las malas”. Y, por el otro, como signo, más bien leve, de solidaridad con Dinamarca. Claro que el exiguo volumen de tal “fuerza expedicionaria”, junto con el hecho de que los participantes en la iniciativa sean, aparte de caso francés, miembros de las FAS de los países más próximos geográficamente a Dinamarca, habla de una débil cohesión atlántica frente al comportamiento” imperialista” norteamericano. Recuerda a aquella flotilla de perroflautas que, en el verano de 2025, trató supuestamente de romper el bloqueo israelí a Gaza y que al entrar en la zona de exclusión israelí fue desarbolada por las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI), comprobándose, por cierto, que no transportaban ayuda humanitaria apreciable. Es de suponer que los embarcados, al menos, disfrutaron de una suerte de crucero gratuito por el Mediterráneo.
El caso Groenlandia indica inequívocamente que el Ártico se está convirtiendo en la nueva frontera de la Guerra Fría. Escenario en el que Trump está buscando -con su grosero estilo negociador-, el control estratégico de Groenlandia. Más allá de valores y ganancias económicos, comerciales, tierras raras, petróleos y demás tumulto de intereses, el líder estadounidense anhela Groenlandia como enorme glacis de seguridad frente a Rusia y China. Probablemente, detrás de esa idea subyace la construcción de un nuevo sistema de defensa antimisiles y, de paso, emparedar y sumergir a Canadá entre el llamado CONUS (continental norteamericano)-Alaska-y una Groenlandia de aroma estadounidense. En el fondo, la idea de seguridad nacional de Trump con respecto al Ártico se asemeja a la de Putin con respecto a su entorno inmediato, rechazando frontalmente la proximidad de tropas de la OTAN a las fronteras rusas. Eso explicaría el porqué del supuesto entendimiento entre Trump y Putin sobre la cuestión ucraniana.
La enorme polémica occidental por la actitud norteamericana sobre Groenlandia es solo material fumígeno. No hay consistencia alguna ni en las protestas de Copenhague ni en las del resto de las capitales de los países de la OTAN. El artículo 4 del Tratado de Washington establece que “las Partes se consultarán mutuamente cuando, a juicio de cualquiera de ellas, su integridad territorial, independencia política, o seguridad se vea amenazada”. Su invocación, por tanto, no sería una declaración de guerra, sino una herramienta diplomática y de consulta formal previa a la defensa colectiva del artículo 5. El artículo 4 ha sido invocado muchas veces en el pasado. Últimamente, por ejemplo, en 2022, por los Países Bálticos y Polonia tras la invasión rusa de Ucrania. O, en septiembre de 2025, por Polonia, cuando se detectaron las incursiones de drones supuestamente rusos en el espacio aéreo polaco. Por tanto, basta ya de lágrimas de cocodrilo y de tanto fuego de enmascaramiento que solo tratan de encubrir las debilidades y carencias europeas. Mientras Dinamarca no solicite formalmente abrir el periodo de consultas previsto en el artículo 4 del Tratado de Washington, cualquier acción europea en el caso de Groenlandia será poco creíble. ¿Por qué Copenhague no lo hace? El lector dirá. Yo lo tengo claro …