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Minnesota Mon Amour

De la “dialéctica de los puños y las pistolas” a la violencia verbal actual: cuando el fascismo deja de ser memoria y vuelve a normalizarse en las urnas.

Los nuevos camisas pardas del far west tienen, por eso no lloran de plomo las calaveras. Con el alma de charol vienen por la carretera. Jorobados y nocturnos, por donde animan ordenan silencios de goma oscura y miedos de fina arena. Atraparon con riesgo de su vida al niño criminal Liam de cinco años de edad y vida descarriada en la nursery school. Mataron a una ciudadana que reto al camisa parda trumpista diciendole que no estaba enfadada con él y otro miembro del ejército de las sombras asesinó a un enfermero que amenazaba la vida del ICE con un móvil.

Llevaba razón Fukuyama anunciando el fin de la historia, es necesario criminalizar a la historia negándola para poder impunemente repetirla. ¿Cómo creen los incautos que nació el fascismo? ¿Nadie recuerda a José Antonio Primo de Rivera, fundador de Falange de las Jons,  apelando a la dialéctica de los puños y las pistolas? El PP aragonés hogaño recurre al agitador Vito Quiles y a Los Meconios un grupo que canta “Vamos a volver al 36” para su cierre de campaña. Si esto tiene éxito en las urnas el fascismo está servido. El partido nazi (NSDAP) fue el más votado en noviembre de 1932. Y en cuanto a los programas políticos Mussolini lo tenía claro cuando clamaba: “los socialistas preguntan cuál es nuestro programa. Nuestro programa es aplastar la cabeza de los socialistas.” Algo parecido a las intenciones del golpista general Mola que decía: “hay que dejar la sensación de dominio eliminando sin escrúpulos ni vacilación a todos los que no piensen como nosotros.”

Son cosas que se normalizan mediante la fabulación y la mentira, para que las mayorías se agredan a sí mismas en beneficio de los intereses de unos pocos. Eso es el fascismo: el dominio de la impostura y la hegemonía de la violencia verbal. Los judíos graznan, clamaba el nazi Goebbels hoy graznan, para la derecha, los migrantes y las clases populares. La falta de cambios sociales profundos en las sociedades occidentales puede resultar frustrante, tal y como reconoce el filósofo Roman Krznaric que deja un retrato del mundo que puede resultar desalentador. Él mismo confiesa que no es optimista, pero no por ello ha perdido la esperanza. Y es que «no todo está perdido», subraya. «Si seguimos por el camino que vamos, nos dirigimos hacia una situación muy grave en lo que respecta a la ecología, la tecnología y la política.

Pero ¿qué sentido tiene que una mayoría social aloje en su interior esa atracción  del suicida por el abismo? Quizá la respuesta esté en aquella ocasión en que le preguntaron a Bertrand Russell cómo comienza el fascismo y respondió: “Primero, fascinan a los tontos. Luego, amordazan a los inteligentes”. En el caso de España el fascismo, al contrario que en Europa, ha tenido una antinatural continuidad. El franquismo impregnó en la gente la creencia, como arquetipo casposo, del español díscolo e insurrecto, cuyo carácter se compadecía poco con la libertad, que confundía con el libertinaje, y necesitaba “mano dura” que lo llevara por el buen camino. Dicho prejuicio, rescatado de la vieja tradición del “viva las cadenas”, fue volcándose pacientemente en la ciudadanía de igual modo que la mantis religiosa inmoviliza a otros insectos para devorarlos, inyectándoles en las articulaciones un humor anestésico. De ello eclosionó el llamado franquismo sociológico de largo aliento en la singularidad del régimen político actual.

El filofascismo subyacente en la derecha nacional es el que ahora, sin ambages, eclosiona volviendo a las simplificaciones rituales del autoritarismo para menoscabo de un diagnóstico racional de la realidad. Estamos en la fase implosiva de un fascismo latente con la radicalización de una derecha ya de por sí estructural e ideológicamente en los bordes del ultraconservadurismo más sañudo. En este contexto, el debate político se diluye hasta convertirse en un territorio de violencia verbal donde todo se sustancia en una dualidad segregativa entre patriotas y traidores, buenos y malos españoles, en una voluntad autoritaria de exclusión de los que no comparten la ideología ultraconservadora en un formato antidemocrático donde la política solo puede contemplarse desde una relación de vencedores y vencidos.

Las democracias europeas, las de nuestro entorno como suele decirse, tienen un poderoso componente fundante que las define y les aporta solvencia ética, metafísica y política a la sustantividad de la convivencia democrática que las constituye o la exquisita pulcritud de los equilibrios de poder a favor de la soberanía ciudadana. Ese carácter fundante característico en las democracias del continente es el antifascismo. En el caso de España, las cosas son distintas porque históricamente el camino recorrido ha sido justamente el contrario al de los países europeos constituyendo nuestro país un elemento exótico.

El valioso aporte a la victoria de los fascistas en la guerra civil de la Alemania nazi y la Italia de Mussolini, los voluntarios españoles que lucharon en la Wehrmacht de Hitler, la farragosa legitimidad de la transición que validaba el poder caudillista transformado, han hecho de nuestro país, en términos históricos y políticos, un fósil vivo que no participa de los elementos constituyentes de las democracias europeas. Ello produce epifenómenos que,  siendo de carácter extemporáneo en el conjunto histórico de Europa, en España se reproducen con toda la pureza de una vigencia institucional nunca desautorizada.

Todo ello tiene su corolario en la construcción de un escenario de prensa falaz, justicia politizada y política abyecta para conseguir que lo normal sea lo que ocurre con frecuencia y lo que ocurre con frecuencia es que todos esos ejes perturbadores de la convivencia democrática se sustancian, como escribió Milan Kundera, en un mundo distópico donde prime la sonrisa estúpida de la publicidad o la indiscreción elevada al rango de virtud.