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Don Ángel, Magistrado, se jubila

El magistrado Ángel Márquez Romero es retratado como un juez íntegro y respetado, capaz de mantener el rigor jurídico en procesos de enorme presión mediática y política.

 

Trasladado de Córdoba me incorporé como jefe del servicio de Delincuencia juvenil a la consejería de Interior, que regía Antonio Ojeda y el primer asunto de cierta entidad que me tocó lidiar, hizo que con el fiscal Olayo González Soler conociera a don Ángel Márquez Romero, titular de juzgado de instrucción 6 de los de Sevilla. Era febrero de 1982 y, desde entonces por asuntos varios y situaciones diversas, hemos mantenido una relación, de respeto, discreción amistosa y, por mi parte, de sincera admiración por su modo y manera de ejercer la judicatura.

El proceso “del Betis y sus acciones”, largo, complicado y con las subterráneas laceraciones que las distintas sevillanías ejercidas y ejercíentes, en nuestra renacentista ciudad, rompiendo en las barreras de coral del tribunal de la Audiencia provincial, cuya sección tercera ha presidido quien ahora se jubila, produjo una sentencia ajustada a derecho, fijada en la ley, y no más allá, que permitió salvar muebles, haciendas y honores en un ejemplo del magisterio judicial que lleva don Ángel el la masa de la sangre y en las neuronas de un cerebro conformado por el servicio de la Justicia que no es fácilmente detectable en no pocos de los órganos jurisdiccionales que han de ver asuntos con tantos cabos de hilos que se pierden en los agujeros negros de intereses y futuros aún por construir.

El proceso de la mina de Aznalcóllar y su pedregosa instrucción con intervenciones adicionales de otras manos judiciales que, cual Penelope, deshacían de madrugada lo tejido a la luz del horario habitual de los tribunales, ha sido el cierre mayor de una larguísima tortura que culminaba hace unos días. Implicación procesal de los funcionarios técnicos involucrados, sin voluntad propia, en los tejemanejes empresariales que les han amargado años de vida, hasta que el tribunal de la Audiencia ha puesto pie en pared a idas y venidas y ha dictado la absolución de todos los funcionarios técnicos en una sentencia espléndida de la que ha sido ponente don Angel Márquez.

Atrás en su historia quedan otros procesos de fama mediática que nunca han sido capaces de distraerlo del norte de su vida profesional: juzgar y hacer cumplir sus sentencias. Entendida la judicatura como un tercer poder que cada magistrado ejerce al servicio de la paz común y la restauración de la convivencia y los derechos ciudadanos.

Me honro con su estima y aprecio que, ad invicem, añado mi agradecimiento por su trabajo, su dedicación y su sabiduría de hombre de la Justicia. Shakespeare en su “Julio Cesar”, le hace decir: “Hay una marea en los asuntos de los hombres que, tomada la pleamar, conduce a la fortuna”.