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El triunfo de los mediocres: un país adormecido ante su propia ruina

España expulsa del servicio público a los perfiles más preparados mientras convierte la política en refugio profesional de mediocres, obedientes y trepadores.

Hubo un tiempo en que la política se entendía como la máxima aspiración del ciudadano ejemplar; un servicio público temporal donde mentes brillantes aportaban su talento, su formación y su experiencia para hacer avanzar a su país. Hoy, esa idea parece el argumento de una novela de ciencia ficción. La realidad española nos escupe a la cara un panorama desolador: el talento huye de las instituciones, mientras que la mediocridad y la incultura se han atrincherado en ellas.

¿Por qué querría una persona preparada, con una carrera brillante y la vida resuelta, meterse en el fango de la política actual? La respuesta es sencilla: no quiere. El sistema de partidos ha creado un filtro invertido. Quien destaca por su brillantez, su criterio propio o su honestidad es visto como una amenaza para la maquinaria del partido. Así, los profesionales competentes deciden quedarse en la empresa privada, en la academia o en el extranjero.

El vacío que dejan lo llena una estirpe bien conocida: los profesionales de la nada. Personas cuyo único mérito académico o laboral ha sido medrar en las juventudes de su formación, aplaudir en los mítines y eludir el mercado laboral real. El resultado es un Parlamento convertido en un teatro de sombras, habitado por analfabetos funcionales incapaces de comprender las leyes que votan, pero expertos en el arte del insulto y la consigna de partido.

 

Servirse del pueblo, no servir al pueblo

Esta falta de preparación no es solo un problema estético o intelectual; es una tragedia ética. Cuando la ignorancia se combina con la ambición desmedida, el concepto de «servicio público» se pervierte por completo. Ya no se llega a la política para servir al ciudadano, sino para servirse de él.

 

La política se ha convertido en la agencia de colocación más rentable del país, un salvavidas para quienes, fuera del paraguas del Estado, tendrían serias dificultades para redactar un currículum decente.

 

La corrupción no entiende de ideologías, por mucho que nos intenten vender lo contrario. Existe una corrupción sistémica que contamina tanto a la derecha como a la izquierda. Unos y otros se rasgan las vestiduras ante los escándalos del rival mientras esconden los suyos propios debajo de la alfombra del sectarismo. Al final, el dinero —nuestro dinero, que no del gobierno — termina siempre en los mismos bolsillos, financiando redes de clientelismo, contratos a dedo y comisiones en la sombra. Mientras tanto, la sanidad, la educación y el futuro de los jóvenes se desangran.

 

Un pueblo anestesiado

Sin embargo, lo más preocupante de esta radiografía no es la desvergüenza de nuestra clase política, sino la pasividad de la sociedad civil. El pueblo español está dormido. Hemos desarrollado una tolerancia alarmante a la infamia. Tragamos con las mentiras más descaradas, tragamos con la erosión de las instituciones, tragamos con el empobrecimiento diario y con la impunidad de quienes nos gobiernan.

Nos han dividido en bloques irreconciliables —las famosas «dos Españas»— para que pasemos el tiempo peleándonos entre nosotros por migajas ideológicas mientras ellos se reparten el pastel. El sectarismo actúa como la perfecta anestesia: preferimos justificar al corrupto «de los nuestros» antes que admitir que el sistema entero está podrido. Tragamos, tragamos y volvemos a tragar.

Pero la historia nos enseña que ningún letargo es eterno. El problema de exprimir la paciencia de un país es que, cuando el vaso se desborda, el despertar suele ser abrupto y doloroso. España necesita despertar de esta siesta moral, exigir una reforma radical de la ley de partidos y empezar a castigar la incompetencia y la falta de ética con el arma más poderosa que tenemos: la indiferencia electoral ante los mediocres y la exigencia implacable de regeneración.

Hasta que ese día llegue, seguiremos gobernados por los peores, pagando los platos rotos de una fiesta a la que nunca fuimos invitados.