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El cuento de Juanma el Bueno y El Lobo del Sur

Un cuento de verano para niños que ya no se creen nada: ni a Caperucita, ni al lobo, ni al cazador que llama desde el Gran Castillo del Norte

 

 

Érase una vez, en el reino más grande y caluroso del sur, un presidente llamado don Juanma el Bueno. Era un hombre de sonrisa fácil, voz tranquila y traje bien planchado que llevaba ocho años diciéndole a todo el mundo lo mismo: que él era diferente. Que no era como los otros. Que jamás, nunca, bajo ningún concepto, se metería en la cama con el Lobo del Sur, un partido de señores muy enfadados que querían expulsar a los forasteros, borrar la historia que no les gustaba y prohibir que las nubes llovieran demasiado porque eso era cosa de comunistas.

«¡Un gobierno con ellos es imposible!», decía don Juanma cada vez que alguien le preguntaba. «¡Me lo pueden preguntar cien veces y cien veces responderé lo mismo!» Y los niños del reino le creían, porque don Juanma tenía cara de persona seria y hablaba muy despacio, que es lo que hacen los adultos cuando quieren que los crean.

Pero el reino tenía un problema muy gordo. Un problema con dragón y todo.

El dragón se llamaba Lista de Espera. Era un bicho enorme, lento y verde que vivía en los hospitales del reino. En ocho años, don Juanma no había encontrado la manera de matarlo, y el dragón había crecido tanto que ya le mordía los tobillos al propio presidente. En las últimas elecciones, muchos súbditos que antes votaban a don Juanma se acordaron del mordisco y se quedaron en casa. Otros votaron a partidos que prometían espadas mejores. El caso es que cuando contaron los votos, don Juanma había ganado, pero le faltaban dos escaños para gobernar solo. Dos. Como los dedos de una mano menos tres.

«¿Y ahora qué?», se preguntó don Juanma esa noche, mirando el techo.

Lo que pasó después es lo que los niños mayores llaman las semanas raras.

Un lunes, don Juanma se presentó al Parlamento con su programa de presidente. Un programa sin el Lobo del Sur. Votaron. No salió. El Lobo votó que no, porque el Lobo quería cosas que don Juanma había dicho toda su vida que eran un disparate: quería que los niños de fuera no pudieran ir al colegio igual que los de dentro, quería quemar los libros de historia que no le gustaban, quería que las fábricas pudieran ensuciar el aire sin pagar multa. Cosas así.

«¡Eso es un eslogan efectista!», dijo don Juanma. Y tenía razón.

El martes y el miércoles, sonó el teléfono.

La llamada venía del Gran Castillo del Norte, en una calle llamada Génova Trece, donde vivía el jefe de todos los presidentes del partido. El jefe habló. Don Juanma escuchó. Lo que el jefe le dijo nadie lo sabe con certeza, pero los que estaban cerca de la puerta juraron que oyeron palabras como «necesitamos Andalucía», «banco de pruebas», «lo que pase aquí luego pasa en toda España» y, al final, muy bajito, algo que sonaba a «o firmas o buscas otro trabajo».

Don Juanma colgó. Se miró en el espejo. Y tomó una decisión.

El jueves, volvió al Parlamento. Pero esta vez con un programa diferente. Un programa que tenía dentro todo lo que había dicho que nunca firmaría. El Lobo del Sur sonreía desde su escaño y se relamía con parsimonia. Votaron. Esta vez sí salió. Don Juanma era presidente otra vez. Con la cara desencajada, pero Presidente.

Esa noche, en la radio, le preguntaron cómo se sentía. Y don Juanma, que siempre había sido un hombre de palabras, dijo algo que los niños deberían aprender de memoria:

«No estoy contento. Pensé en convocar nuevas elecciones para que mi interés particular, mi vanidad y mis principios quedaran a salvo. Pero he pensado que el interés general estaba por encima.»

Los niños del reino lo oyeron y se miraron unos a otros.

«Oye», dijo una niña de ocho años que se llamaba Rocío, «¿no es un poco raro que alguien que dice que hace las cosas por el bien de todos acabe haciendo exactamente lo que el jefe le mandó desde el castillo del norte?»

«Sí», dijo su hermano mayor. «Pero eso es la política.»

«Ah», dijo Rocío. Y se fue a la cama sin preguntar más.

Mientras tanto, en el Gran Castillo del Norte, el jefe sonreía. Andalucía era, una vez más, el gran laboratorio. Si el experimento funcionaba allí abajo con todos sus avíos – vicepresidencia incluida- podría repetirse en toda España cuando llegaran las próximas elecciones generales. El Lobo del Sur en el gobierno del reino grande y allí el llamado Rey de los Chiringuitos Ociosos de vicepresidente. Don Juanma había abierto la puerta. Alguien, más adelante, la abrirá de par en par.

Y el dragón Lista de Espera, que seguía allí en los hospitales, bostezó satisfecho y se tumbó a dormir la siesta.

Fin.

(Los nombres son inventados. Los hechos, no tanto.)