El cura, el Juez, la Guardia Civil y el cacique
Tengo miedo a que lleve razón Hemingway y que en mi país el fascismo sea una mentira contada por matones.
Como dijo Horacio, quien vive temeroso, no será nunca libre. Y yo tengo miedo. Miedo de que la justicia en España se convierta en el comisario Scalambri de la novela “Todo modo” de Leonardo Sciascia que presumía de ser capaz de doblegar al Papa y al mismo Dios metiéndoles en una sórdida comisaría y mandándoles quitarse los cordones de los zapatos y el cinturón de los pantalones. Cualquiera, por muy poderoso que sea, -concluía el comisario- se desmorona cuando se le trata como a un ladronzuelo de gallinas. Tengo el miedo del que hablaba Alfred Hitchcock cuando decía: “no estoy contra la policía; simplemente les tengo miedo.” Tengo miedo a que lleve razón Hemingway y que en mi país el fascismo sea una mentira contada por matones. Tengo miedo de que España se vuelva a convertir en la nación de Lorca, Ramón Ruiz Alonso y el comandante Valdés. Tengo miedo a que la gente que no tiene poder, que es vulnerable, siempre sean las víctimas de los verdaderos poderes oscuros que nunca retroceden. Tengo miedo a conducir, como nos cuenta Ray Bradbury, lentamente por una carretera y que me encarcelen por observar el paisaje. Tengo miedo a escribir, a leer, a soñar, a vivir en libertad.
Sin embargo, Ludwig Börne ya advirtió el hombre más peligroso es aquel que tiene miedo, porque no es posible vivir permanentemente en la distopía que nos aherroja y nos humilla. Según el filósofo checo Jan Patocka (que murió después de un interrogatorio policial) el sentido de las cosas requiere que alguien tenga sentido de ellas. Ciertamente… “somos nosotros los únicos que tenemos la posibilidad de relacionar las cosas con su propio sentido.” Tener miedo es necesario que conlleve tener conciencia de nuestro miedo y sus causas y entonces podremos relacionar las cosas con su propio sentido y concluir que la libertad y la justicia deben ser superiores al miedo y que ni el Papa ni Dios pueden tener miedo al comisario Scalambri. La España del cura, el juez, la guardia civil y el cacique –polvo, sudor y hierro-, siempre cabalga por las estepas carpetovetónicas de un presente desbordante de pasado. El valioso aporte a la victoria de los fascistas en la guerra civil de la Alemania nazi y la Italia de Mussolini, los voluntarios españoles que lucharon en la Wehrmacht de Hitler, la farragosa legitimidad de la transición que validaba el poder caudillista transformado, han hecho de nuestro país, en términos históricos y políticos, un fósil vivo que no participa de los elementos constituyentes de las democracias europeas. Ello produce epifenómenos que, siendo de carácter extemporáneo en el conjunto histórico de Europa, en España se reproducen con toda la pureza de una vigencia institucional nunca desautorizada.
En este contexto, el conjunto de la derecha y ultraderecha en España, difícil de diferenciar en ocasiones por su origen común franquista, propician que el debate político se diluya hasta convertirse en un territorio de violencia verbal donde todo se sustancia en una dualidad segregativa entre patriotas y traidores, buenos y malos españoles, en una voluntad autoritaria de exclusión de los que no comparten la ideología ultraconservadora en un formato antidemocrático donde la política solo puede contemplarse desde una relación de vencedores y vencidos.
En la novela de George Orwell, 1984, los miembros del Partido se reúnen diariamente para mirar un film de dos minutos donde se muestran imágenes de sus enemigos a fin de demostrar públicamente su rechazo hacia ellos. En cada sesión, gritan insultos e incluso arrojan violentamente objetos hacia la pantalla. Los “dos minutos de odio” son parte del adoctrinamiento a que son sometidos los ciudadanos. Los ideólogos del Partido pretenden de esta manera convertir, en el inconsciente colectivo, la angustia causada por sus miserables existencias en odio hacia un supuesto enemigo (que incluso posiblemente ni siquiera exista). Todo ello genera la división entre buenos y malos, ellos y nosotros, y, singularmente, la prestidigitación de la verdad posmoderna que, como la misma historia, se presenta fragmentaria y relativa cuya metafísica engañosa acaba desactivando las acciones colectivas de índole emancipadoras. La derecha en España, que tiene su génesis y su pulpa nutritiva en el fascismo de 1936, favorece la construcción de un escenario de prensa falaz, justicia politizada y política abyecta.
El Estado para los conservadores no es lo suficientemente hostil para la mayor parte de los ciudadanos. Sartre nos alerta de la tentación de la irresponsabilidad, y a continuación, señala que no hay lugar para la excusa porque no hablar también es hablar, callarse es seguir hablando. Una sociedad silenciada, como pretenden los nuevos fascismos, es obra de la confusión, que no deja de ser la peor de las mentiras. De poco ha servido la civilización para concluir en la perversa ontología de una realidad que se ahorma a los intereses de unas minorías organizadas a costa del genocidio social de amplios sectores de la población. La concepción de Walter Benjamín de la historia como catástrofe sólo es aplicada a la parte más débil de la sociedad. También la historia como miedo.