Sevilla, la mezquita de la discordia
La ley obliga al PP a dar luz verde a un proyecto plenamente legal mientras Vox convierte una mezquita en su nuevo chivo expiatorio para alimentar la política del miedo.
En esa imparable espiral de odio que Vox preconiza y fomenta, estos días le ha tocado el turno a la mezquita que está previsto construir en el Polígono Sur de Sevilla. Los ultras no quieren que el proyecto salga adelante y han decidido poner en él el foco de sus insidias. La receta nunca cambia, se trata de buscar un enemigo, ya sean los menores inmigrantes, las personas migrantes en general, el colectivo LGTBI, las feministas o cualquier asunto que sirva para alimentar el miedo y la discordia.
El Ayuntamiento de Sevilla, gobernado por el PP de José Luis Sanz en minoría con apoyo de Vox, se ha visto obligado a conceder la licencia de obras tras los informes técnicos que confirman que se trata de un proyecto privado, en suelo privado y que cumple la normativa urbanística. Por tanto, no puede ser bloqueado por capricho ideológico.
El proyecto, impulsado por la Fundación Mezquita de Sevilla y diseñado por el arquitecto Guillermo Vázquez Consuegra, no consiste solo en un lugar de rezos. Incluye además espacios culturales, educativos, un centro médico abierto, y un diseño que dialoga con la tradición hispanomusulmana de la propia Sevilla: celosías, patio triangular y guiños a la Giralda. Así que los técnicos de Urbanismo han sido claros: el uso es compatible y no procede consulta vecinal extraordinaria. Negar la licencia sería prevaricación pura y dura, así que el alcalde Sanz, por una vez, ha tenido que elegir entre la ley y la presión ultra. Ha elegido la ley. Y Vox, en respuesta, habla de “pérdida de confianza” y “alfombra roja a la islamización”. Su beligerancia ha sido absoluta: recursos, amenazas de romper el pacto con el PP, concentraciones con pancartas, recogida de firmas y hasta fotos manipuladas del alcalde con chilaba.
Quienes se llenan la boca hablando de libertad, no le ven ningún problema a imponer qué fe merece tener un templo y cuál debe esconderse. Si al alguien se le ocurriera prohibir la construcción de una iglesia católica, ¿verdad que cuesta poco imaginarse cuál sería la reacción de estos intolerantes? Los mismos que hoy agitan pancartas montarían un pollo de mil demonios y estarían hablando dúia y noche de persecución, de dictadura y de atentado contra las libertades.
Por si alguien aún tenía dudas al respecto, esta polémica desnuda una vez más el auténtico ADN de Vox: oposición visceral a todo lo que no encaje en su idea estrecha de identidad española, una identidad que, paradójicamente, niega la riqueza de Al-Ándalus, de la Sevilla de las tres culturas, de la mezcla que ha hecho grande a esta tierra. El PP, atrapado entre su socio incómodo y la realidad jurídica, intenta nadar y guardar la ropa.
Al final, la mezquita se construirá porque la ley está por encima de las pataletas identitarias, pero cada vez resulta más desasosegante comprobar cómo, a medida que transcurren los días, los fascistas consiguen condicionar un poco más la agenda pública. Les basta señalar un enemigo para que caigamos en la trampa y el debate ciudadano deje de girar alrededor de la pobreza, la vivienda o los servicios públicos para pasar a discutir sobre identidades, religiones y fantasmas varios. Es necesario salir cuanto antes de esa dinámica. Ya está bien de hacerles el juego a los fascistas.