Adelante Andalucía: ¿oposición brillante o proyecto de poder?
Adelante Andalucía ocupa el espacio que la izquierda ha dejado libre, pero convertir el auge electoral en poder exige mucho más que una buena oposición.
Cada agosto, Andalucía recuerda el asesinato de Blas Infante y desde la transición el andalucismo político vive instalado en ese vaivén de muerte y resurrección que parece ser su destino natural. Ha tenido enterradores de sobra —algunos con carné de partido, otros con corbata institucional— y ha sabido también reinventarse, aunque no siempre con la misma dignidad: junto al andalucismo que reivindica y denuncia, ha prosperado siempre el otro, el folclórico, el de pregonero, ese envoltorio identitario del que se sirve cualquiera, incluida la derecha que hoy gobierna en San Telmo.
En ese ciclo de resurrecciones toca ahora el turno a Adelante Andalucía. La formación ha hecho, hay que reconocerlo, un trabajo de oposición que contrasta con la anestesia general: lenguaje directo, denunciando los problemas, presencia en el terreno donde otros solo mandan comunicados.
Frente al gobierno de PP y Vox, Adelante ha ocupado un espacio que el resto de la izquierda andaluza había dejado vacío. Alguna encuesta le sitúa como segunda fuerza en el Parlamento de Andalucía. No es un dato menor.
Pero conviene no perder la cabeza, y el propio portavoz, José Ignacio García, lo dejaba entrever hace unos días en declaraciones a Europa Press, al hablar de su voluntad de implantación en toda la comunidad y de concurrir a las próximas municipales y generales. Ese anuncio, más que un triunfalismo, debería leerse como una advertencia que la propia formación se hace a sí misma: querer estar en todas partes exige una estructura que hoy, sinceramente, todavía está por construir.
Andalucía sigue siendo, para su desgracia, una colonia dentro del Estado español, política y culturalmente. Lo lamentamos con frecuencia, casi como un ritual: qué distinta sería esta tierra con una voz propia y potente en el Congreso. La tuvimos, brevemente, en aquella Transición ilusionante que prometía una renovación real. Y los partidos centralistas —el felipismo a la cabeza— se encargaron de dinamitarla, reapropiarse de su energía y domesticarla hasta convertirla en folclore inofensivo. Muertes y resurrecciones, decíamos.
El auge actual de Adelante Andalucía se explica en buena parte por la caída del PSOE, de IU y de Podemos en la región, un vacío que la formación ha sabido canalizar con eficacia. Pero un ascenso construido sobre la debilidad ajena no es lo mismo que un proyecto asentado. Y aquí llega la pregunta que de verdad importa, la que separa el ascenso electoral del proyecto histórico: ¿aspira Adelante Andalucía a gobernar o se conforma con ser una oposición brillante? No es la misma vocación, ni exige las mismas herramientas. En el actual mapa de consensos y pactos, con las grietas cada vez más visibles del bipartidismo estatal, esa distinción entre poder y oposición se vuelve decisiva. El poder exige realismo, y el voto —hoy como ayer— cambia de piel entre lo local y lo general, entre el ayuntamiento, el parlamento andaluz y el Congreso.
Si Adelante Andalucía quiere algo más que una buena temporada de auge, tendrá que dotarse de una estructura sólida y de una dirigencia preparada para moverse en el escenario de los nuevos tiempos.
Y tendrá, sobre todo, que desdeñar el otro andalucismo, el de pregoneros y guitarra, esa cáscara identitaria a la que todos se arriman quedando bien, uno de los signos de la colonización —incluido, sin ningún rubor, el andalucismo de escaparate que practica Moreno Bonilla—. Mantener con claridad su acción de izquierda realista no es una cuestión de pureza ideológica: es, sencillamente, lo que la acercaría a sus objetivos de largo plazo. Lo demás, la Andalucía vestida de feria para consumo ajeno, ya la tenemos de sobra. Lo que falta, todavía, es la que Blas Infante soñó y por la que lo asesinaron.