Somos mercancia y no lo sabemos
La hegemonía cultural del neoliberalismo ha conseguido que una parte de las clases populares vote contra sus propios intereses, mientras identifica a la izquierda como una amenaza para su bienestar.
«Es increíble que pueda decir las cosas más estúpidas y aplaudáis» o «podría disparar a gente en la Quinta Avenida y no perdería votos». Esta es la muestra de la convicción de Donald Trump de que, haga lo que haga, ha nacido para ser un ganador. Puede comportarse de forma estúpida o criminal, y aun así las urnas le seguirán favoreciendo. Quizá porque se ha cumplido lo que uno de los padres del neoliberalismo afirmó: que había que conseguir que lo políticamente imposible fuera políticamente inevitable; en cambio, no se ha cumplido lo dicho por el socialista Fernando de los Ríos sobre que ejercer la democracia —hacer política— consistía en el arte de convertir en posible lo necesario. Al final, todo concluye en el deseo del economista Friedrich Hayek cuando declaró en una entrevista a El Mercurio sobre la dictadura de Pinochet: «Personalmente prefiero una dictadura liberal a un gobierno democrático carente de liberalismo».
¿Por qué los pobres votan a los ricos? ¿Cómo es posible que trabajadores precarizados acaben idolatrando a millonarios cuyos intereses materiales están muy lejos de los suyos? La pregunta, planteada por muchos, la ha respondido la antropóloga y divulgadora Candela Antón de Vez —y también actriz de Merlí— en sus redes sociales. «¿Es eso un masoquismo colectivo o estupidez?», sostiene. «Es hegemonía cultural». Los ricos han conseguido el triunfo de la hegemonía cultural que ha impuesto la demonización de la teoría marxista como algo demodé, liberticida, empobrecedor y mísero, quizá porque sepan que describe al capitalismo en toda su crueldad psicológica y material.
Una parte de las clases populares vota desigualdad, machismo, intolerancia, supremacía blanca y masculina, disminución del Estado del bienestar, incultura y violencia; pero incluso dicen no saberlo. Solo se han subido a un carro o, ni siquiera eso, a lo mejor solo tiran de él. Se les haconvencido hasta el tuétano de que la izquierda que se preocupa y trabaja por sus intereses es un demonio que les empobrecerá. Quienes así les aconsejan y dirigen no piensan en absoluto en el bien de los ciudadanos, sino en el suyo propio.
El trabajador no se ha dado cuenta de que ya solo es una mercancía. El capitalista acude al mercado laboral y contrata al obrero. El salario que le paga no equivale al valor de lo que el obrero produce, sino al coste de mantener vivo al trabajador y reproducir su fuerza laboral (comida, vivienda, subsistencia). Si el salario no le alcanza para la compra de comida por el alza de los precios, o no puede comprar ni alquilar una vivienda por la especulación inmobiliaria, el coste que representa el trabajador para la producción se reduce tanto que casi todo lo que emplea en la creación de valor es plusvalía para el capital.
El neoliberalismo no es compatible con la democracia, y en España se añade de forma nociva porque hay un terreno ya abonado para la antidemocracia por una Transición que no hacía sino representar un franquismo reformado y necesario para la subsistencia de los intereses y el régimen fáctico de poder del caudillismo. Por ello, la democracia de la Transición es considerada por las fuerzas conservadoras como un mal necesario, y no ven mal constreñirla a su mínima expresión. Ya lo dijo Napoleón: lo importante es que los pueblos se consideren libres, no que lo sean; como demostraron aquellos que tiraron, suplantando a los caballos, de la carroza del rey felón Fernando VII al grito de «¡vivan las cadenas!».
Los ricos han comprendido, en cuanto a la construcción de su hegemonía cultural —como nos indican Gilles Deleuze y Félix Guattari—, que el lenguaje no es la vida, sino que da órdenes a la vida; la vida no habla, la vida escucha y espera. En toda consigna, aunque sea de padre a hijo, hay una pequeña sentencia de muerte —un veredicto—, decía Kafka. Esto se constata con toda claridad en los comunicados de la policía, de los jueces o del político, que se preocupan muy poco de la credibilidad o de la veracidad, pero que dicen muy claro lo que debe ser observado y retenido.