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La ultraderecha que se atreve

El PP ya ha asumido el lenguaje y los métodos de Vox, mientras la izquierda discute su propia unidad. Garrido vuelve a Benjamin y nombra el peligro a tiempo.

Walter Benjamin quiso, ante todo, iluminar las contradicciones de la cultura burguesa, someterla a una crítica radical y poner al descubierto los cimientos sobre los que se levantaba un mundo del que hoy heredamos las consecuencias y los despojos. Siempre vuelvo a Benjamin, a su mirada audaz, a su capacidad para retratar la dimensión grotesca de una época fascinada por la velocidad, el progreso y sus propias ruinas.

Hoy, cuando intentamos nombrar las nuevas formas de dominación —hipercapitalismo, tecnofeudalismo—, sus reflexiones conservan una vigencia inquietante. Cambian los escenarios, se transforman los instrumentos del poder, pero persiste la necesidad de mirar detrás de las apariencias y reconocer las fuerzas que amenazan con devorar la democracia desde dentro.

En vísperas electorales, la ultraderecha se presenta más cohesionada que nunca. Ya no necesita disimular demasiado: ha conseguido arrastrar al Partido Popular hasta posiciones en las que apenas parece quedar espacio para sus sectores más moderados. La derecha tradicional, lejos de contener a la extrema derecha, ha terminado por asumir buena parte de su lenguaje, sus métodos y sus prioridades. El contagio ideológico ha dejado de ser una sospecha para convertirse en una evidencia política.

El mecanismo es tan burdo como eficaz. Se puede insultar, agredir verbalmente, embarrar el debate público y convertir la confrontación en una forma de hacer política. Pero basta con que alguien responda para que aparezcan las acusaciones de campaña, radicalismo, izquierdismo o comunismo. Quienes llevan tiempo arrojando barro se presentan de pronto como víctimas de la suciedad ajena. La desfachatez consiste precisamente en eso: en pretender que la provocación es un derecho propio y la réplica, una intolerable transgresión.

Han perdido la vergüenza política y, con ella, buena parte de los límites que antes contenían sus excesos. Se sienten autorizados a ocuparlo todo, a imponer el ruido sobre el debate y a señalar como enemigos a quienes cuestionan sus propósitos. La democracia, entretanto, corre el riesgo de acostumbrarse a lo inaceptable. Y pocas cosas resultan tan peligrosas como una sociedad que termina considerando normal aquello que debería escandalizarla.

El Gobierno y el Partido Socialista, ya muy lejos de esa rémora del felipismo, aunque algunos no lo quieran ver, han hecho un notable esfuerzo en las políticas progresistas. Sánchez ha evolucionado y ha mostrado menos fisuras que en el pasado; tampoco esto se le quiere reconocer. Las distintas fuerzas de la izquierda afrontan, por su parte, sus propias contradicciones. Resulta llamativo que, en nombre de la eficacia electoral, se cuestione la diversidad de la izquierda, como si la pluralidad fuera un defecto que hubiera que corregir y no una realidad histórica, política y social. La izquierda siempre ha sido diversa, conflictiva y plural. Pretender reducirla a una sola voz puede satisfacer las necesidades de una estrategia, pero no garantiza ni la suma electoral ni la fortaleza política.

Ya sé que plantear esta cuestión quizá no sume votos. Pero convendría preguntarse si no ha llegado el momento de abandonar definitivamente el sueño recurrente de una unidad construida a cualquier precio. ¿Y si el empeño en uniformar lo diverso terminara debilitando aquello que se pretende fortalecer? Quizá la cuestión no sea que todos piensen igual, sino que las diferencias no impidan defender aquello que comparten. La unidad impuesta puede ofrecer una fotografía; no siempre construye una alternativa.

En Andalucía, la derecha del PP y Vox continúa tratando de revestir sus políticas antisociales con una retórica de moderación, gestión y sentido común. Las palabras sirven para disimular, pero no cambian la naturaleza de las políticas ni sus consecuencias sobre la vida de la gente. Frente a esa operación de maquillaje, Adelante Andalucía puede representar un espacio de afirmación política, arraigo y resistencia. Ahí hay una posibilidad que merece ser defendida y fortalecida.

Pero el votante no debería perder el rumbo entre las disputas partidistas, las operaciones de imagen y el ruido de la campaña. Lo que está en juego trasciende las siglas y las estrategias electorales. Nos enfrentamos a una agenda profundamente regresiva, de inspiración neofascista, que amenaza derechos, cuestiona conquistas sociales y pretende desplazar los límites de lo democráticamente aceptable. No se trata de alimentar el miedo, sino de reconocer el peligro antes de que sus consecuencias sean irreversibles.

En esta encrucijada, quienes opinamos, escribimos e informamos tenemos una responsabilidad que va más allá de la disputa inmediata. Nos corresponde nombrar las cosas, desmontar las coartadas y retratar los vientos antidemocráticos antes de que sea demasiado tarde. No para sustituir el juicio del lector, sino para ofrecerle los elementos necesarios para comprender lo que sucede y decidir por sí mismo.

También por eso vuelvo a Walter Benjamin. A su empeño en descifrar los rostros de una posmodernidad que avanzaba orgullosa mientras ocultaba sus propias catástrofes. A su advertencia, siempre latente, de que el progreso no puede juzgarse únicamente por la velocidad con la que avanza, sino también por aquello que deja atrás y por las ruinas que acumula a su paso.

La ultraderecha se atreve porque ha aprendido que puede avanzar cuando los demás se acostumbran a sus excesos, confunden la prudencia con el silencio y aceptan como inevitable lo que todavía puede combatirse.

Nuestra obligación es impedir que esa costumbre se convierta en resignación. Registrar los rostros macabros de este tiempo, como hizo Benjamin, significa también recordar su origen, reconocer sus mecanismos y señalar hacia dónde nos conducen. Porque el mayor triunfo de las fuerzas reaccionarias no sería únicamente conquistar el poder, sino conseguir que olvidáramos de dónde vienen, qué intereses defienden y qué derechos estamos poniendo en sus manos.