¿A dónde vas, Susana Díaz?
Maltratada en directo por Risto Mejide, blindada hasta los 75 por Juanma Moreno y silenciosa en plena precampaña andaluza: anatomía de una ambición con prisas.
Hay una norma no escrita en la política andaluza que han respetado, con sus matices, casi todos los expresidentes de la Junta. La regla dice, más o menos, lo siguiente: cuando uno deja San Telmo, baja la voz. Rafael Escuredo, primer presidente autonómico, abandonó el poder en 1984 y nunca volvió al ruedo del activismo partidista; pasó los años siguientes mediando, escribiendo, dando clases y aceptando, en 1993, el encargo más ingrato imaginable: ser interlocutor de la familia de Anabel Segura durante su secuestro. En tareas políticas quizás podamos encuadrar estar como Patrono en la Fundación Blas Infante como figura notable.
José Rodríguez de la Borbolla, su sucesor (1984-1990), volvió al despacho de abogados, hizo una breve etapa como concejal en Sevilla, dio clases de Derecho del Trabajo en la Hispalense y se refugió en sus tres pasiones confesadas: los libros, Itálica y el Real Betis.
Manuel Chaves, el de más largo mandato (1990-2009), saltó a la política nacional, fue luego arrastrado por la causa de los ERE, » Pepe, Susana nos ha matado», -con una inhabilitación de nueve años finalmente revisada por el Tribunal Constitucional— y desde entonces ha optado por un perfil bajo, sin tertulias, sin púlpitos. Ahora ayuda y aconseja en la sombra.
José Antonio Griñán (2009-2013) publicó sus memorias y sostuvo públicamente la pugna de su defensa hasta que el Constitucional anuló, en julio de 2024, su condena a seis años de cárcel por el caso ERE; pero ni esa victoria judicial le devolvió a las trincheras del partido ni a los platós del prime time. Su lucha desde hace tiempo es contra la enfermedad. Como mucho, algún expresidente ha escrito sus memorias, textos que no desvirtuaron el relato político del PSOE.
El caso de Susana Díaz es distinto. Muy distinto.
El escaño que pactó Espadas
Conviene recordar cómo llegó Díaz al sillón de la Cámara Alta. Tras perder las primarias del PSOE-A frente a Juan Espadas en 2021, la expresidenta aceptó el ofrecimiento del nuevo secretario general andaluz: ser senadora por designación autonómica. El 21 de julio de 2021, el Pleno del Parlamento de Andalucía la designó senadora con 88 votos a favor, 19 abstenciones y ningún voto en contra. La operación fue una decisión de Juan Espadas, no de Pedro Sánchez —pero, evidentemente, sin la oposición del presidente del Gobierno, que difuminó así un foco de tensión interna en el partido y, de paso, le puso un sueldo de oro a la única persona que, cinco años antes, había intentado descabalgarle de la secretaría general. En 2022, esa misma asignación se renovó sin ruido. Ahí sigue.
De San Telmo al plató: el inesperado salto a tertuliana
Con el escaño asegurado, Susana Díaz se ha prodigado como tertuliana en televisión. La eligen las cadenas. Las cadenas la eligen, no en La 1 de Sánchez. Y el contexto importa. Vivimos una etapa en la que muchos medios privados —singularmente Mediaset y los grupos del entorno de A3Media-Editorial Planeta— han colocado en su “norte editorial” el desgaste del Gobierno de Pedro Sánchez, incidiendo especialmente en la figura del presidente y familia. Solo queda que sea tertuliana de Iker Jiménez. La pregunta es obvia: ¿por qué llaman a Susana al espectáculo del share televisivo? Que nadie lo dude: por ser la primera y más popular antisanchista de España. Si Susana estuviese en la órbita del presidente, no se prodigaría tanto en esos platós. Tampoco le harían tanto hueco.
A su favor diremos que ella intenta mantener el tipo a la hora de dar opiniones, sin demasiadas estridencias, intentando sin lograrlo ser políticamente correcta, donde hablan más los silencios que las palabras. Es ese estilo medido —a veces enigmático— el que se ha vuelto en su contra esta semana.
Viernes 24 de abril: el maltrato verbal en “Todo es mentira”
La fecha del Comité Federal del PSOE celebrado el 1 de octubre de 2016 ha vuelto al primer plano del debate público diez años después, a raíz de la difusión de unas imágenes – por un medio de la órbita de la derecha española y venezolana- que reabren la sospecha del llamado “pucherazo” en aquella jornada. Conviene refrescar los datos: en aquel comité federal de doce horas en Ferraz, la votación para convocar un Congreso extraordinario —la propuesta que pugnaba con la posición de Sánchez— salió adelante por 132 votos a favor frente a 107 en contra; es decir, una diferencia de 25 votos que precipitó la dimisión inmediata de Pedro Sánchez como secretario general. La derrota fue holgada: más de veinte votos de distancia.
Todo aquello se saldó con la formación de una gestora encabezada por Javier Fernández y el corcho onubense Mario Jiménez y, ocho meses después, con la resurrección de Sánchez en las primarias del PSOE de mayo de 2017. Pero el relato de la “urna clandestina” —una urna que, según el sanchismo, se preparó para amordazar el voto secreto y arrinconar a Pedro— nunca ha terminado de cerrarse. Y volvió a abrirse esta semana con unas imágenes celosamente guardadas durante años.
En este contexto, Susana Díaz fue convocada al plató de “Todo es mentira” el viernes 24 de abril. Una intervención extra. No le tocaba en su rotación habitual: la llamaron a propósito. Evidentemente, Díaz sabía perfectamente dónde se iba a incrustar su intervención: justo en el momento en que el programa diseccionaba imágenes que supuestamente dejaban en evidencia a Sánchez como líder del partido capaz de “hacer trampas” para escalar. Ella aceptó.
Lo que vino a continuación, sin embargo, no fue una conversación entre iguales. Fue un interrogatorio en directo, con el publicista Risto Mejide actuando como fiscal inquisidor frente a una expresidenta de la Junta de Andalucía incapaz —o no dispuesta— a confirmar lo que el conductor del programa quería oírle. Estas son algunas de las frases textuales con las que Mejide la apretó:
«A la gente a la que respetas le cuentas la verdad y eres honesta, y conmigo no lo estás siendo. No estás siendo honesta conmigo y me duele especialmente porque yo he sido una de las personas que ha apostado por ti en este programa».
«Para mí no estás siendo honesta, porque serlo significa decir la verdad. Y conmigo no estás siendo honesta ni transparente».
«Lo último que estás haciendo es ser transparente».
Y, como guinda final, una despedida con olor a finiquito laboral: «Ha sido un placer conocerte».
Frente a esa lluvia de reproches, Díaz se mantuvo en una equidistancia incómoda. No quiso ratificar en público la tesis del “tongo”. No quiso, tampoco, desmentirlo. Habló de cómo se sintió ella en aquellas horas, como Emiliano García-Page en el peor dia de sus vidas coinciden ambos, de su propia conducta, y poco más. Insistió —lo dijo varias veces como muletilla— en que respetaba a su interlocutor, un tipo que no duda en emplear la agresividad verbal si con ello logra lo que quiere. Esa cautela fue, precisamente, lo que enfureció al conductor del programa, que terminó acusándola, sin pelos en la lengua, de callar por miedo: por miedo, le dijo, a que Sánchez le retirase el escaño y la cómoda canonjía senatorial.
¿Miedo a qué? Las prebendas de un postpresidencialismo blindado
La pregunta es legítima, pero la respuesta no apunta a Sánchez, sino a Sevilla. Porque la única expresidenta socialista de la Junta de Andalucía viva en activo es, hoy, la beneficiaria principal de una reforma legal que aprobó en 2024 el Gobierno de Juanma Moreno. Esa reforma amplió la condición de miembro permanente del Consejo Consultivo de Andalucía —con plenas retribuciones de consejero electivo— hasta los 75 años de edad (frente a los 65 de la Ley 4/2005). Es decir, la Junta gobernada por el PP ha extendido en una década el horizonte de blindaje económico de los expresidentes andaluces. También para Bonilla cuando le toque. En cifras: desde julio de 2024, un expresidente de la Junta percibe por ese cargo 70.535,16 euros brutos anuales, equivalente al sueldo de los consejeros electivos del Consultivo. Y, a partir de los 65 años, derecho a una asignación vitalicia que puede alcanzar el 60 % de ese sueldo, complementada con oficina y servicios de seguridad, sin límite temporal y compatible —con condiciones— con otras prestaciones. La única expresidenta del PSOE en condiciones de cobrar todo eso —porque es la única viva del PSOE no inhabilitada— se llama Susana Díaz. Tiene 51 años. Presidió la Junta entre el 6 de septiembre de 2013 y el 18 de enero de 2019. Le quedan, por ese cálculo, hasta los 75 años cubiertos por una arquitectura legal que el PP, paradoja sublime, le construyó después de batirla en las urnas.
¿Puede tener miedo a algo —a perder algo— una expresidenta socialista de Andalucía que, gracias a Juanma Moreno, disfruta legalmente de una canonjía con la que llegará más que cómoda a fin de mes hasta cumplir los 75? Lo del Senado, comparado con esa cobertura, es una propina simbólica. Importa, claro —no por el sueldo, sino por la posición institucional—, pero no es la red de seguridad principal. Si Díaz callase verdaderamente por miedo a perder el escaño que le entregó Espadas, estaríamos ante una explicación cobarde y pequeña; si callase por respeto institucional al partido al que dice amar, sería otra cosa muy distinta. Pero callar tras aceptar la invitación a un programa cuyo guion era exactamente el del “pucherazo” sí que constituye un problema. Ahí está la grieta: aceptar el plató —con todo lo que el plató significaba— y luego no querer cantar en él es, en términos de comunicación, lo peor de los dos mundos. O, entre nosotros, hacer un pan como unas tortas.
Y todo a menos de un mes de las urnas en Andalucía
Lo que agrava todo lo anterior es el calendario. El presidente Juanma Moreno disolvió el Parlamento andaluz mediante el Decreto del Presidente 2/2026, de 23 de marzo, y convocó elecciones autonómicas para el domingo 17 de mayo de 2026. Es decir: cuando Susana Díaz se sentaba el viernes 24 de abril en el plató de Risto Mejide —y aceptaba ser convidada extra del programa—, faltaban exactamente 23 días para que los andaluces acudamos a votar. Veintitrés días. La expresidenta de la Junta y senadora del PSOE-A se prestó a un escenario nacional diseñado para machacar a su propio partido en plena campaña autonómica, algo que desde ese mismo espacio se hace casi a diario, por cierto. Llamarlo torpeza es generoso; llamarlo descuido, una excusa. Por mucho que ella personalmente no hablase mal del PSOE-A ni de María Jesús Montero —la candidata socialista a San Telmo—, el contexto la convirtió, sin necesidad de soltar prenda, en testigo de cargo silencioso.
Coda: ambición con prisas
Susana Díaz, que tiene virtudes, sin duda —disciplina, conocimiento del aparato, una capacidad de oratoria muy por encima de la media de su generación—, tiene un gran defecto: su ambición y sus eternas prisas. Llegó a la presidencia de la Junta sin pasar por las urnas, en 2013, tras la salida de Griñán. (Por cierto, si no hubiese pasado lo que pasó con el cordobés Rafa Velasco, el verdadero delfín de Griñán, la historia se hubiese escrito de forma muy distinta.) Quiso secuestrar el calendario nacional con el adelanto andaluz de 2015. Apostó contra Pedro Sánchez en 2016 con una factura que todavía paga. Volvió a la carga en las primarias federales de 2017 y perdió. Convocó elecciones anticipadas en 2018 confiando en una victoria que se torció, y entregó —involuntariamente, pero la entregó— la Junta a la primera mayoría alternativa de la historia de Andalucía. Todo ello con la Sanidad pública que enfilaba la cuesta abajo con Spiriman y las mareas levantando las calles de Andalucía. Cayó en las primarias andaluzas de 2021 frente a Juan Espadas. Y desde entonces se mueve con una pulsión televisiva que es, en el fondo, una manera de seguir mandando o influyendo aunque sea por delegación del share. La pulsión por estar, por aparecer, por opinar.
Tras lo del viernes pasado en la pantalla de Cuatro, la pregunta es la del titular: ¿a dónde vas, Susana Díaz? Si vuelve a “Todo es mentira” —a ese plató en el que un publicista la trató de palabra como pocas veces se ha tratado en directo a quien ha sido la máxima representante de los andaluces—, dejará muchos pelos en la gatera de la dignidad política y personal. Si no vuelve, dará la razón a quienes decían que lo del viernes era, por fin, un límite que ella misma debía haber visto antes. Hoy, su papel público no está a la altura del amor que presume tener al partido, ni siquiera a menos de un mes de unas elecciones muy decisivas en Andalucía. Y es ahí, en ese desajuste entre el discurso (“yo amo a este partido”) y la práctica (“me siento donde más daño se le hace al partido”), donde se está jugando lo único que en política, una vez perdido el poder, no devuelve nadie: el crédito.
Escuredo no quiso ese crédito agotado. Borbolla tampoco. Chaves se retiró del foco. Griñán escribió sus memorias y aguantó el chaparrón judicial sin convertirse en colaborador de plató. Susana Díaz, en cambio, ha elegido un camino propio. Es legítimo. También es opinable. Y, sobre todo, es coherente con la única trayectoria que parece reconocer como suya: la de quien, una vez probado el sabor del mando, ya no sabe estar sin micrófono delante. Aunque el micrófono sea de Mediaset y el plató, el de Risto.
En el fondo, el problema quizás esté en que Susana llegó demasiado joven a Presidenta de la Junta de Andalucía y se ha resistido a ser un jarrón decorativo de la Cartuja – Pickman en la sede regional socialista de la calle San Vicente. Y también cómo llegó y hasta donde llegó, dando patadas y codazos a quien se le pusiese en el camino y siempre rodeándose de lo mejor de cada casa.
