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Arboricidio sevillano: la sombra vendo

La pérdida de arbolado y la proliferación de plazas mineralizadas intensifican el calor y deterioran la habitabilidad urbana en Sevilla.

 

Durante siglos, Sevilla entendió algo elemental: en una ciudad donde el verano es una forma de intemperie, la sombra no es un lujo estético, sino una condición de vida. De ahí su cultura del árbol, de la plaza fresca, del paseo protegido por copas verdes que filtraban la luz y domesticaban el calor. Hoy, sin embargo, la ciudad parece empeñada en desaprender esa lección. Quien recorra Sevilla cuando comienza el calor, ya cada vez de más largos periodos, percibe inmediatamente la diferencia entre una calle arbolada y otra desnuda, pavimentada, expuesta al sol durante demasiadas horas. La distancia térmica entre ambas no es retórica: es física, medible y brutal. No se trata de preferencias paisajísticas, sino de habitabilidad. Las altas temperaturas no solo incomodan: erosionan la salud pública, expulsan a los peatones y vacían de vida el espacio urbano.

A pesar de ello, la política municipal lleva años transitando en dirección contraria. Talas, sustituciones discutibles, alcorques vacíos y plazas mineralizadas se han convertido en una constante del paisaje urbano. El último episodio tiene incluso una dimensión simbólica involuntaria: la plantación de cipreses en San Juan de la Palma. Árboles dignos y solemnes, desde luego, pero más asociados al recogimiento de los cementerios que al alivio térmico de una plaza sevillana.Conviene reconocer la coherencia del proyecto. Pocas administraciones logran llevar una lógica hasta el paroxismo con semejante disciplina. En Sevilla parece haberse consolidado una especie de cruzada silenciosa contra el árbol urbano, como si las copas verdes fueran una anomalía que hubiera que corregir.

El árbol molesta por varias razones. Da sombra, y la sombra interfiere con la fotografía limpia del monumento. Refresca el aire, lo cual altera esa estética mineral que tanto seduce a cierta imaginación urbanística. Y, sobre todo, invita a permanecer. Bajo un árbol la gente se detiene, conversa, espera, respira. En una plaza abrasada, en cambio, el peatón se limita a cruzar a paso rápido.

Tal vez ahí esté la clave: el espacio público entendido no como lugar de estancia, sino como superficie de tránsito y decorado.

La fórmula resultante podría resumirse con brutal sencillez: motosierra como urbanismo, tala como estética, desertización como horizonte. En plena crisis climática, Sevilla parece haber descubierto una estrategia original para enfrentarse al calentamiento global: aumentar el calor urbano.

No faltará quien vea en ello una innovación exportable. Quizá pronto ofrezcamos nuestro modelo al mundo: ciudades sin árboles como nuevo destino de turismo extremo, perfectas para entrenar astronautas en condiciones marcianas.

Pero sería ingenuo atribuir este fenómeno a la simple torpeza administrativa. Lo que se perfila es algo más profundo: una idea de ciudad donde la postal pesa más que la vida cotidiana, donde la piedra brillante vale más que la sombra compartida.

El árbol incomoda porque recuerda algo elemental: que la ciudad es, antes que nada, un organismo vivo. Y los organismos vivos necesitan agua, aire y refugio frente al sol.

Si la tendencia continúa, Sevilla corre el riesgo de convertirse en una paradoja perfecta: un lugar de belleza monumental creciente y habitabilidad decreciente. Un escenario magnífico donde cada vez resulte más difícil permanecer. Tal vez algún día se comprenda lo que durante siglos supieron quienes levantaron esta ciudad: que en el sur la sombra no es un adorno, sino una forma de civilización.

Mientras tanto, seguimos talando árboles con admirable determinación.

El sol hará el resto y la contemplación del patrimonio alcanzará su pureza absoluta. No quedará nadie en la calle para distraer la mirada.