Credo
Desde mi experiencia vital y de fe, reivindico una mirada espiritual que resiste al materialismo dominante y a quienes pretenden borrar a Dios del horizonte humano.
Leí hace unos días un articulo de un teólogo cuyo lenguaje escrito me agrada y cuya mirada hermosea al mundo en cuya geografía vive me hace sentirme cercano a la belleza que capta y describe. Muy lejano a su lectura del momento que vivimos espiritual y societariamente y más aún de la insistente negación de una manera de entender la cosmovisión católica en la que camino in statu viae.
Criado en un lugar humano donde me contagiaron el gozo de que había nacido para servir a Dios y gozarle, todavía sigo en él. Servir a Dios era, y es, coordinarse entre amarle con toda el alma y hacer de samaritano a diestro y siniestro. Andando el tiempo los evangelios y el Jesús judío que anda entre sus renglones me abrieron los ojos al sentimiento de una compañía que no me ha faltado, ni fallado, en las ocho decenas de años que bajo de Jerusalén a Jérico.
He ejercido, como muchos humanos, oficios varios. He penado relativamente en muchas ocasiones. Me he visto en lides publicas, políticas, sociales y religiosas no siempre fáciles de afrontar y continuar el camino. He visto destruirse el sociomundo en el que disfruté de seguridad, y, en la Iglesia católica, esa destrucción ha dejado intemperies cuyos vientos y aguas han cimbreado aquellas convicciones.
Lector constante en búsqueda diaria de luz intelectual me he visto rodeado de una cohorte académica, intelectual o no, que ha cercado el universo de las hipótesis científicas traslaticias en constante cambio con un anillo de plutonio del cual creen que ha desaparecido Dios, la comunión de los santos, la misericordia a quienes han machacado en este mundo los ricos, los poderosos, los sacerdotes y clérigos de unos u otros ritos, los maestros, los militares, cuando Dios fuere todo en todos.
Constato que aquella constelación se ha intentado sustituir por la sociedad humana como único y exclusivo referente de la realidad material que nos permite poner los pies en el suelo. Y el desprecio de quienes la controlan, o lo intentan, desde medios de comunicación, universidades, redes y otros instrumentos es tan asfixiante como los derivados de la presencia eclesiástica durante el franquismo, de los formadores del espíritu nacional y de las policías politicas del teniente general Alonso Vega o el almirante Carrero Blanco.
Bien. Creo en Dios, creador del universo. No tengo conocimiento suyo para redactar académicamente una ponencia. Creo en Dios invisible como la mayor parte de las cosas importantes que permiten vivir dignamente con don Francisco y ahora. Me arriesgo con Bernanos a apostar por la esperanza. Se con la sabiduría incierta pero férrea de mi experiencia que solo Jesús Nazareno tiene palabras de vida eterna y que no hay otro con quien caminar a Emaus o a Tiro para que un bárbaro destroce la villa y tengamos que salir huyendo del mal de quienes tienen bombas y fuego artillero para destrozar niños en las escuelas o que están mamando de los pechos benditos de sus madres.
No acepto que los sometidos, aplastados, coaccionados, no curados sean destinados a la oscuridad y los que hayan disfrutado aquí, succionándolos, disfruten de lo que les arrebataron y después si os he visto no me acuerdo. Conozco de sobra que las religiones son organismos sociales de gestión de lo contingente. Sí: basados en intuiciones y experiencias humanas que han recorrido millones de años y servido a millones de seres inteligentes para vivir dignamente.