La Andalucía gobernada por Don Guido
El declive del PSOE-A y la división de la izquierda han permitido que amplios sectores populares voten contra sus propios intereses.
¡Oh fin de una aristocracia!
La barba canosa y lacia
sobre el pecho;
metido en tosco sayal,
¡tan formal!
el caballero andaluz.
Antonio Machado
Se atribuye al ínclito Pío Cabanillas Gallas, en un tiempo tremebundo para la UCD, la genial frase de “A veces la política se complica tanto que yo ya no sé si soy de los nuestros”. Durante largo rato histórico de aplastantes mayorías parlamentarias socialistas la campaña electoral era simple y emotiva en la que la gente de las bases les decía a sus vecinos: “el domingo todo el mundo a votar a los nuestros.” Y aquella consigna era sumamente legible por las mayorías sociales. El Partido Socialista en Andalucía era una edificación con una argamasa ideológica, ética y psicológica que se compadecía de forma sumaria con la mayoría sociológica de un pueblo meridional castigado históricamente por la pobreza, el caciquismo, la desigualdad maculada de falta absoluta de ética, los déficits democráticos y la barbarie elevada a género político-jurídico.
El declive del PSOE-A, el dejar de ser “los nuestros” para un segmento mayoritario de la ciudadanía del sur, junto a una disparatada división de la izquierda, en una pugna bufa contra sí misma, han conseguido que los aherrojadores históricos del pueblo andaluz vuelvan a gobernar el terruño meridional democráticamente. Ello representa que la política andaluza naufrague en el relato falsario de la posverdad derechista. La derecha tiene la necesidad de mentir porque defiende los intereses de doscientas familias y eso no da votos suficientes para ganar unas elecciones. Y de esta forma consigue que la gente vote en contra de sus propios intereses. “La mayoría de los gais en Francia, dice Abascal, votan a Marine Le Pen y va a llegar el momento en que voten a Vox.” Una gran parte de andaluces de las clases medias y populares, han sido confundidos y llaman “nuestros” a los que por ideología e interés de clase solo pueden ofrecerles a esas mayorías sociales la ruina moral y material reflejadas en un espejo cóncavo de feria como quintaesencia de las propuestas de alienación más groseras.
Una falsa realidad se intenta imponer como entelequia ideológica irreversible. El acompañamiento agi-pro de los grandes trusts mediáticos y culturales facilita la posverdad en el debate político y debilita la democracia y la hegemonía de las mayorías sociales. Se trata de imponer unos escenarios donde la política se comprime, se estrecha en todas sus capilaridades sustantivas, para recrear una vida pública mediocre, cortoplacista, carente de grandes ideales y menuda en las aspiraciones del bien común. de inautenticidad por cuanto suponen el mantenimiento del utillaje institucional de intereses y poderes poco compadecidos con los modelos de Estado donde la democracia es una convicción moral y material de que su esencia radica en dotar a la ciudadanía de los instrumentos jurídicos y políticos de autodefensa ante cualquier poder no sujeto al escrutinio de la voluntad cívica. Esta impronta democrática es la garantía de la igualdad que refrenda la redistribución honesta de poder y riqueza que nutre la primacía del interés general.
La derecha produce epifenómenos muy graves para la salud democrática del país, y que pretende conformen el sentido común de una sociedad agredida por la desinformación, la mentira y el desarreglo cultural que supone desafectar a las mayorías sociales de sus propios intereses. Es decir, que lo políticamente imposible, como deseaba Milton Friedman, se convierta en políticamente inevitable. Todo ello, produce que la vida pública andaluza y española esté teñida desde hace largo rato, y desde luego por más tiempo del que sería deseable, por el desorden y el desconcierto. Un desorden profundo que no es la algarada en la calle, sino algo más gravoso singularizado en la malformación política de las bases constituyentes y sustantivas de la vida pública y, como consecuencia, la presencia constante de sus límites democráticos promovido por la derecha.
Votar contra el interés general también es una opción democrática, aunque a la mayoría social le cueste la salud, la vida digna y el futuro y a la democracia su propia subsistencia.