Si Rajoy no consigue una mayoría absoluta o rotundamente amplia, dimitirá y pasará el testigo a la actual vicepresidenta, Soraya Sáenz de Santamaría
Opinión/ Emilio Díaz Berenguer.- Esto no es un relato de ciencia ficción, sino un posible escenario de la vida real hoy en el que el protagonista principal es el actual presidente del Gobierno de España, presidente del Partido Popular y candidato a las elecciones generales del próximo 20-D por la circunscripción de Madrid, Mariano Rajoy Bey, registrador de la propiedad, expresidente de la Diputación de Pontevedra, exministro de varias cosas con el presidente Aznar y uno de los discípulos más amados de Manuel Fraga Iribarne, sin olvidar su título de jefe máximo del tesorero del Partido Popular, Bárcenas, imputado por la justicia en diversas causas.
Ésta es la mochila de Rajoy hasta el día de hoy, un hombre más hábil que inteligente, según su propio currículum, al que, al parecer, no le gusta demasiado trabajar, ni presenciar los desfiles militares, y que disfruta más como comentarista deportivo de una radio que debatiendo con sus adversarios políticos en la precampaña de unas elecciones que pueden marcar el rumbo de la política española en las próximas décadas. Mariano se fuma un puro y se queda tan pancho.
Es un hombre clásico, pasado de época, muy ligado al terruño, con un carácter más de segundón que de líder, al que Aznar designó, cuando ni el propio Fraga lo tuvo en cuenta teniendo la posibilidad para ello. Fraga que sí era inteligente, aunque poco hábil y demasiado autoritario, no vio en Rajoy a un posible heredero, sino a un funcionario ilustrado que como político nunca debió salir de los límites de su tierra.
Demócrata cristiano, de los que apenas quedan, no simpatiza con sus colegas y compañeros de viaje neocon, se encontró designado habiendo sido el outsider de la carrera. Le costó tres convocatorias llegar a presidente del Gobierno, como si de una oposición se tratara, y lo logró porque era prácticamente imposible que no lo fuera; el presidente saliente, Zapatero, se lo puso fácil, adelantando las elecciones y no presentándose a ellas.
No era demasiado consciente de lo que finalmente se iba a encontrar, ya que si no, es probable que hubiera intentado eludir esta responsabilidad. A él no le gustan los conflictos morales, ni tener que dejarse la piel por un país que, a la postre, le acabaría acusando de todos los males. Se conoce bien a sí mismo y, caridad cristiana aparte, tiene claro a qué intereses servir, pero eso sí, si no le ponen una alfombra roja para otro Gobierno con mayoría absoluta, se lo pensará muy mucho antes de volver a ser presidente. Una cosa es ser el candidato, algo a lo que no iba a renunciar nunca para no cometer el mismo error que Zapatero, y otra muy distinta es continuar como mandamás del ejecutivo español.
Mariano no es un político de raza, ni tiene la ambición desmesurada de los políticos al uso, es un funcionario ilustrado que pasaba por ahí, estando en el lugar y en el momento adecuado para ser designado por medio del dedo que todo lo podía del expresidente Aznar, método que él mismo practica asiduamente.
Un auténtico paradigma de su torpeza política fue el cruce de sms con Bárcenas. Ningún otro líder político hubiera cometido ese pecado de inocencia. No busquemos otra explicación a esto más allá de sus formas desahogadas, propias de una persona con un perfil político forrestgumpiano. Mariano está harto de la tropa del PP y no está dispuesto a sufrir la humillación de tener que irse por imposición de terceros, antes lo decidiría él mismo.
Salvo catástrofe a lo largo de las próximas tres semanas, el bipartidismo va a desaparecer del panorama político español, al menos a corto plazo, y la probabilidad de que el PP obtenga más del 30% de los votos es reducidísima. Rajoy se encontraría, en el mejor de los casos, ante cuatro años de dolores de cabeza para los que su cuerpo serrano no está preparado. Item más, esos males se lo causarían personas de una generación bastante más joven que la suya y eso sí que no entraría en sus cálculos.
Ante esta realidad, la objetiva y la subjetiva, su marcha es un futurible más que probable. Si no se da un resultado espectacular para el PP, mayoría absoluta o, al menos, uno que le permitiera no depender exclusivamente de un grupo político, aunque fuese de su mismo espectro ideológico como Ciudadanos, Mariano ya tiene su plan b: dimitir ante tales resultados y pasar directamente el testigo a Soraya Sáenz de Santamaría posiblemente la misma noche del 20-D. Una de las razones por las que va a dejar a la vicepresidenta foguearse en los debates es que, en cualquier lado, será la designada para negociar un posible acuerdo de gobierno, el que sea, para la próxima legislatura.
Para los que creen que esto es solo política ficción les digo que para comprobar si lo es o no, solo hay que esperar tres semanas, por lo que más que de ciencia ficción se trata de un escenario factible y no descartable a muy corto plazo visto.
