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La nueva Babilonia: Guy Debord frente a la Sevilla turística

La Sevilla barroca que fascinó a Debord anticipa la ciudad convertida en escenario permanente del turismo global.

 

Hacia 1983, el filósofo, escritor y cineasta francés Guy Debord —principal teórico de la Internacional Situacionista y autor de La sociedad del espectáculo, uno de los textos más influyentes del pensamiento crítico del siglo XX— residió durante un tiempo en Sevilla, en la Cuesta del Rosario. Su estancia no fue anecdótica ni meramente pintoresca. Para Debord, la ciudad encarnaba algo más que una postal meridional o un refugio climático: era, en cierto modo, una Babilonia.

La expresión no resulta caprichosa. En la tradición moral y literaria del Barroco sevillano, Babilonia simbolizaba la ciudad del exceso, del esplendor y de la caída; la urbe donde el brillo exterior ocultaba la amenaza de la corrupción interior. Miguel de Mañara fijó esa imagen en clave tenebrista en pleno Siglo de Oro, asociando la magnificencia urbana con la fugacidad y la culpa. Como ha señalado el filósofo Víctor Gómez Pin, esa Sevilla de luces y sombras, de fervor religioso y teatralidad permanente, no podía sino fascinar a un pensador obsesionado con la representación, la apariencia y sus trampas.

 

Libros y botellas: vida entre teoría y deriva

Quienes lo trataron en aquellos años recuerdan una vida marcada por la intensidad y el exceso. El bajo precio del alcohol en la ciudad lo llevó a almacenar en su vivienda botellas, hasta abarrotarla de vidrio. El paisaje resultante —según testimonios— parecía equilibrarse extrañamente entre libros y botellas: pensamiento y ebriedad, teoría y deriva. Durante el día permanecía en casa, bebiendo y escribiendo; de noche, recorría itinerarios laberínticos por cafés y bares.

Esa geografía nocturna no era solo bohemia: estaba profundamente ligada a su práctica situacionista de la deriva, el vagabundeo consciente por la ciudad como forma de conocimiento. Caminar sin rumbo prefijado, dejarse llevar por las atmósferas, descifrar las corrientes invisibles del espacio urbano. Sevilla, con su trazado irregular, sus patios ocultos y sus plazas que se abren de pronto como escenarios, ofrecía el marco ideal para esta exploración psicogeográfica. “Sevilla, Babilonia”, se decía ya en la Edad de Oro. Debord parecía asumir esa tradición, pero no desde la moral barroca, sino desde la crítica radical de la modernidad capitalista.

 

La ciudad como espectáculo

Más allá de la anécdota biográfica, lo revelador es cómo la mirada de Debord anticipa la transformación contemporánea de Sevilla. En La sociedad del espectáculo (1967) no se refería únicamente a la televisión o a los medios de comunicación. Para él, el “espectáculo” no es un conjunto de imágenes, sino una relación social mediada por imágenes: una forma de organización propia del capitalismo avanzado que hoy se cumple en las ciudades.

El espectáculo no es un añadido superficial: es la forma dominante de la realidad. La experiencia inmediata se diluye en su puesta en escena. La participación activa se sustituye por contemplación pasiva. El ciudadano deviene espectador. Sevilla: del rito al producto

Históricamente, Sevilla ha sabido convertir sus ritos en escenografía: procesiones, fiestas, monumentos, patios, plazas. La ciudad ha cultivado una teatralidad que forma parte de su identidad. Sin embargo, en la era del turismo masivo y la mercantilización global, esa teatralidad ha adquirido una nueva dimensión.

Hoy, la ciudad se ofrece como imagen constante, fondo fotográfico y experiencia empaquetada. La globalización no solo produce objetos: produce atmósferas, emociones, identidades consumibles. Semana Santa, Feria, flamenco, arquitectura histórica o la simple vida de barrio se integran en un circuito de consumo simbólico donde la autenticidad se convierte en valor de mercado.

En este proceso de turistificación, la vida cotidiana corre el riesgo de transformarse en decorado. Los barrios se vuelven marcas; las viviendas, alojamientos temporales; la cultura, producto exportable; la memoria, reclamo publicitario. La justicia social y la distribución de la riqueza se diluyen ante la lógica del espectáculo. El centro histórico se densifica como escenario mientras sus habitantes se desplazan hacia la periferia y lo vivido se subordina a lo visible.

Así, las personas pasan de actores de su propia historia a espectadores de una representación que se despliega ante ellas. Incluso la disidencia o la “rebeldía” pueden integrarse sin dificultad en la lógica del mercado: lo alternativo deviene atractivo; lo marginal, experiencia; lo crítico, estética.

 

La Babilonia futura

Debord, con la mirada puesta en el pasado barroco de Mañara, quizá vislumbró ya la Babilonia futura del turismo global. Contempló —con lucidez y quizá con melancolía— cómo la ciudad que buscaba para perderse podía convertirse en un escenario donde todo, incluso la experiencia más íntima, tiende a traducirse en imagen.

Su crítica no apuntaba contra la belleza urbana ni contra la celebración colectiva, sino contra su captura por la lógica mercantil. Cuando el espectáculo lo impregna todo, la vida comunitaria corre el riesgo de vaciarse de contenido real: la participación política se sustituye por consumo mediático; la pertenencia cultural, por adhesión estética; la experiencia compartida, por acumulación de fotografías.

Hoy, Sevilla se mueve con naturalidad en esta lógica del parecer. Brilla, se exhibe, se promociona y compite en el mercado global de ciudades atractivas. Y, sin embargo, la pregunta que deja la estancia de Debord no es nostálgica, sino crítica:

En la Babilonia contemporánea, donde todo se ilumina y todo se ofrece, la lección de Debord sigue resonando con inquietante actualidad. No se trata de negar la fiesta ni demonizar la imagen, sino de impedir que la representación sustituya por completo a la vida. Porque, como advirtió el propio Debord, cuando todo se convierte en espectáculo, lo real se retira silenciosamente —y con él, la posibilidad de una experiencia verdaderamente libre.