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Manuel Blasco Garzón: la historia de un olvido la memoria selectiva

La figura de Blasco Garzón emerge como símbolo de una Sevilla que quiso modernizarse y no pudo, atrapada entre impulso reformista y resistencias históricas.

 

En toda ciudad existe una forma de silencio que no es ausencia, sino decisión. Sevilla, como otras urbes atravesadas por una larga densidad histórica, ha construido también su propio sistema de olvidos: una memoria selectiva donde algunos nombres permanecen en penumbra, no porque no hayan sido centrales, sino porque su presencia incomoda o desborda el relato más estable.

En esa zona incierta del recuerdo —junto a figuras como aún hoy el revolucionario abate José Marchena, o en su día Luis Cernuda o Blanco White, quien llegó a describir la ciudad como la más reaccionaria del país— aparece la figura de Manuel Blasco Garzón: jurista, político, periodista, orador, el más importante dinamizador cultural del siglo XX en Sevilla. Una figura difícil de encajar en una sola categoría, como si su biografía hubiese sido escrita desde varios planos simultáneos de la historia. Quién fue relevante en la construcción de una de las ciudades más bellas del mundo, solo comparable a Florencia, como escribió el viejo Hemingway.

Sevilla, en los años en los que Blasco Garzón actúa, socialmente conservaba todavía la inercia que Blanco White había descrito un siglo antes: una ciudad de fidelidades rígidas y modernizaciones interrumpidas. Y, sin embargo, en esa misma tensión surge una constelación de intentos de reforma intelectual y política que no llegaron a consolidarse del todo. Blasco Garzón pertenece a ese impulso. Lo encarna y, en cierto modo, lo resume.

Para quien esto escribe, su nombre ocupa un lugar central dentro del republicanismo sevillano y del regionalismo andaluz de vocación cultural, esa tradición que no siempre fue partido ni programa, sino más bien una sensibilidad histórica

 

POLÍTICA Y MODERNIZACIÓN

Manuel Blasco Garzón se forma como abogado en un tiempo en el que el derecho no es solo una técnica, sino un escenario de disputa política. Muy pronto su figura se desplaza hacia la esfera pública a través de la prensa, donde colabora en cabeceras como El Liberal, dirigido por José Laguillo, así como en El Noticiero sevillano La Monarquía, La Lucha, El Pueblo, El Porvenir y el decano El Correo de Andalucía.

En esa escritura temprana se perfila ya una característica constante: la convicción de que la palabra no es únicamente un vehículo de opinión, sino una forma de intervención y de acción política.

Su relación con Diego Martínez Barrio, amigo de infancia y figura clave del republicanismo andaluz y español, actúa como eje de una generación que comparte diagnóstico, aunque no siempre destino. Ambos observan una Sevilla marcada por desigualdades persistentes y por una modernidad que llega de forma incompleta, fragmentaria, casi siempre tardía.

Como abogado, Blasco Garzón no se mantiene en la distancia. Interviene en causas que lo sitúan en el centro de los conflictos sociales de su tiempo. Defiende a figuras como Miguel Arcas, Pedro Vallina o Miguel Mendiola, y asume la representación de militantes vinculados a la CNT y al PCE, así como a dirigentes obreros como Saturnino Barneto.

No es tanto la lista lo que define su perfil, sino la reiteración de un mismo gesto: la defensa de aquello que el orden establecido tiende a excluir.

 

CULTURA E INSTITUCIONES

El Ateneo de Sevilla aparece en su trayectoria como un espacio decisivo. No solo como institución cultural, sino como laboratorio de una ciudad que intenta pensarse a sí misma de otro modo. Su labor es quizás la más relevante de la historia de esa institución. Allí, como presidente, junto con otro gran olvidado, después asesinado, el médico y poeta José María Romero Martínez, se convierte en uno de los verdaderos artífices del homenaje a Luis de Góngora, germen de la Generación del 27. Fue una etapa en la que el Ateneo se concibe como lugar de renovación intelectual.

Pero su papel no se limita a la representación o al acto puntual: Blasco Garzón impulsa los ateneos populares, intenta aproximar la cultura a sectores sociales más amplios y participa en el impulso del Ateneo Femenino de Sevilla, en un contexto en el que la presencia pública de la mujer todavía es incipiente y discutida.

Menos recordada, aunque no menor, es su vinculación con el Sevilla FC, entidad de la que llegó a ser presidente. En esa etapa, el club participa del proceso de consolidación del fútbol como fenómeno social en España, introduciendo auténticos avances deportivos que lo sitúan en primerísima línea. Durante su mandato, el Sevilla consigue dos Copas de Andalucía y la sociedad se sitúa en la vanguardia al introducir por primera vez la medicina deportiva y las concentraciones deportivas, logrando además traer a la ciudad eventos importantes como la final del Campeonato de España.

En esa actividad cultural hay una idea recurrente, casi persistente: la convicción de que la transformación de la ciudad no puede limitarse a la política institucional, sino que debe pasar por la ampliación del acceso a la cultura.

Sevilla aparece entonces como un campo de posibilidades que no llegan a completarse del todo. Y Blasco Garzón se mueve dentro de ese intersticio.

 

POLÍTICA LOCAL Y NACIONAL

Su trayectoria política lo lleva al Ayuntamiento de Sevilla, donde ejerce como concejal y alcanza la primera tenencia de alcaldía. Desde esa posición impulsa iniciativas ligadas a la vida cultural y al reconocimiento de numerosas figuras del ámbito artístico y social, como la actriz sevillana Carmen Díaz, los Hermanos Álvarez Quintero, movimientos pedagógicos, labor patrimonial y de conservación, así como un generoso impulso al nuevo urbanismo de la Exposición Iberoamericana de 1929.

Con la Segunda República, su proyección trasciende el ámbito local y se despliega en la escena estatal. Asume el Ministerio de Comunicaciones y, más tarde, el de Justicia, desde donde defiende una administración más abierta, menos rígida en sus perfiles y más permeable a los cambios sociales que ya estaban transformando el país. Impulsó mejoras en los servicios de correos, telégrafos y telecomunicaciones. Participó en la reforma del sistema judicial, en línea con los principios republicanos: mayor independencia judicial y modernización de las leyes.

En su caso, la política nunca fue un ejercicio de gestión neutral. Fue, más bien, la prolongación natural de una convicción profunda: que la modernización no comienza en los despachos, sino en la cultura; no se decreta, sino que se construye; sus numerosísimos discursos e intervenciones, la mayoría dispersos en prensa, son dignos de ser reunidos en un libro: es un mapa excepcional de la cultura y política del siglo XX. GUERRA CIVIL, EXILIO Y MEMORIA

La Guerra Civil interrumpe de forma abrupta esta trayectoria. Tras el conflicto, Manuel Blasco Garzón es represaliado, condenado y apartado de la vida pública, y borrado de todos sus cargos en las instituciones sevillanas a las que tanto aportó. Como otros nombres del republicanismo español, inicia el camino del exilio, que en su caso lo lleva a Argentina.

El exilio no es únicamente una condición geográfica. En su caso, es también una forma de desplazamiento interior. Desde la distancia, Sevilla se convierte en una presencia persistente, una ciudad reconstruida desde la memoria y la escritura.

En ese contexto se sitúan sus textos tardíos, entre ellos Evocaciones andaluzas y ensayos sobre literatura y autores como Antonio Machado o Cervantes. La figura y obra de Blasco Garzón, prácticamente desconocidas en su ciudad a finales del siglo XX, fueron recuperadas por el catedrático Francisco Morales Padrón con sus Evocaciones andaluzas, no así otros ensayos literarios, que urge recuperar.

En Evocaciones andaluzas aparece una voz distinta, atravesada por la distancia y la reconstrucción. La escritura se convierte en una forma de retorno imposible. Colorista y suave, donde repasa su visión de Andalucía. Cercana en ocasiones al ensayo y al artículo periodístico, en conjunto se sitúa en ese territorio híbrido entre literatura, memoria y ensayo, donde la escritura no solo describe Andalucía, sino que intenta pensarla y, en cierto modo, reconstruirla.

Aparece una mirada profundamente evocadora de Andalucía, entendida no solo como espacio geográfico, sino como experiencia cultural e histórica. Blasco Garzón construye una Andalucía viva, hecha de memoria, paisajes, personajes y tradiciones, pero alejándose del folclorismo superficial.

El tema central es la reivindicación de una identidad andaluza compleja, donde conviven lo popular y lo culto, lo íntimo y lo colectivo. Aparecen la ciudad —especialmente Sevilla—, sus tipos humanos, sus ambientes y su pasado, pero siempre filtrados por una conciencia crítica: no se trata solo de recordar, sino de interpretar la tradición.

En ese sentido, la obra también puede leerse como una reflexión sobre el tiempo y la memoria, donde el pasado no es estático, sino un material en disputa, susceptible de ser recuperado o deformado. Hay, además, una intención regeneracionista: la evocación no es nostalgia vacía, sino punto de partida para pensar una Andalucía más consciente de sí misma.

 

UN LEGADO INCOMPLETO

Hoy, Manuel Blasco Garzón se sitúa en un espacio todavía incompleto de la memoria histórica sevillana y andaluza. Su biografía atraviesa procesos decisivos del primer tercio del siglo XX: el reformismo cultural, la conflictividad social, la experiencia republicana y el exilio posterior a la Guerra Civil. Abogado, político, gestor cultural, presidente del Sevilla FC, cofrade, masón, exiliado: su figura condensa una pluralidad que dificulta cualquier reducción.

Sevilla, sin embargo, aún no ha terminado de integrar su historia. Más allá de reconocimientos simbólicos —como la denominación de una calle en la ciudad impulsada por el Sevilla FC—, su presencia en el relato colectivo sigue siendo parcial. No hay estudios amplios y exclusivo sobre su vida y obra, Sevilla y sus instituciones no son conscientes del nivel de su figura en la historia.

Y quizá ahí resida la paradoja final: que una ciudad tan obsesionada con su memoria conserve, al mismo tiempo, zonas de olvido perfectamente delimitadas.

Recordar a Manuel Blasco Garzón no es únicamente recuperar un nombre. Es cambiar el ángulo de la mirada. Porque en su trayectoria no solo hay una vida y obra silenciada, sino una posibilidad interrumpida: la de una Sevilla más abierta, más viva, menos temerosa de pensarse a sí misma.

Tal vez por eso su historia sigue incomodando. No pertenece del todo al pasado. Late, todavía, en ese lugar donde la ciudad se mira y no siempre se reconoce.