Procesiones y propaganda: la Andalucía que no sale en cámara
La Semana Santa se convierte en escenario político con Moreno como eje mediático, mientras calles y tradiciones se privatizan y pierden su carácter popular.
Como aquel célebre llamado en la pandemia de “Cofrades a la calle”, así le habrán dicho al presidente andaluz desde San Telmo: ha sido el campeón, sin duda, en esta exposición de la Semana Santa. Una Semana Santa que ya le han arrebatado al pueblo de sus calles, como lo demuestra el ejemplo de la Junta de Gobierno de la Macarena aforando una calle. O el hecho de sacar al bueno de Manolo Sarría cada Semana Santa en una grabación antigua del año 2022, que, sin embargo, evidencia su vigencia. El desfile ha seguido, además, con figuras de la derecha española. Una de las manifestaciones populares más profundas está mercantilizada, bajo la inutilidad de las autoridades y, en el caso de Sevilla, de un Consejo de Hermandades aún más inútil. No son capaces de ver el año en que vivimos ni su desafío.
La política como espectáculo.
A veces la política deja de ser gestión y se convierte en espectáculo. La Semana Santa andaluza de este año ha sido un ejemplo claro. No por lo religioso —que pertenece a la tradición y a la vivencia personal—, sino por su uso como escenario de legitimación política. El presidente Juanma Moreno no ha estado allí como un ciudadano más; ha sido el eje de una coreografía milimétrica: presencia constante, encuadres favorables y un relato emocional cuidadosamente diseñado. No se trataba de acompañar la tradición, sino de apropiársela mediáticamente, transformando cada aparición en un acto de poder y de imagen. Incluso la televisión pública andaluza, según denuncian sus propios profesionales, ha cruzado la línea entre información y propaganda, evidenciando una preocupante instrumentalización de lo público. La Semana Santa deja así de ser un espacio compartido para convertirse en una pasarela donde el poder no se somete a escrutinio, sino que se exhibe.
La fábrica del relato.
La derecha española ha perfeccionado una maquinaria narrativa de alta eficacia: controlar el mensaje, simplificar el discurso y construir liderazgos sin grandes ideologías, pero cargados de emotividad. Tras el desvanecimiento de proyectos como Ciudadanos, esta estrategia no solo se consolidó, sino que se sofisticó.
Moreno Bonilla encarna este modelo con precisión quirúrgica: perfil moderado, sonrisa constante, ausencia calculada de conflicto. No se confrontan ideas; se diluyen. No se transforma la realidad; se hace aceptable. La política se desliza hacia el marketing: el dirigente se convierte en producto, la gestión en decorado, la imagen sustituye al contenido.
La Andalucía invisible
Mientras las cámaras siguen el recorrido del líder entre incienso y tambores, hay otra Andalucía que permanece fuera de plano: la de las listas de espera, los servicios colapsados, la ciudadanía que aguarda. Más de 200.000 personas esperan una intervención quirúrgica; cerca de 850.000 aguardan una cita con un especialista. Miles de millones de euros se canalizan hacia conciertos con la sanidad privada, reforzando un modelo que desplaza recursos y reconfigura prioridades. Los retrasos en los cribados de cáncer de mama afectan a miles de mujeres; el sistema de dependencia soporta esperas superiores a 500 días. Esta es la realidad estructural, persistente, invisible para los focos y los titulares oficiales. La política de la imagen no es un accidente: es un método. Una cortina de humo que desplaza el foco desde la gestión hacia la percepción, construyendo una apariencia de estabilidad que rara vez resiste el contraste con los datos. La política deja de medirse por sus resultados y empieza a medirse por su capacidad de representación.
La procesión reemplaza al balance, el gesto al dato, la presencia a la acción. Y en este desplazamiento, la rendición de cuentas pierde terreno frente al relato.
El triunfo del vacío
Este modelo no es casualidad. Responde a una lógica más amplia que Gilles Lipovetsky describió con precisión: en la política contemporánea, la forma desplaza al fondo y la percepción pesa más que la acción. La utilización de la Semana Santa como escenario político no es una anomalía; es coherente con esta lógica. Andalucía queda atrapada entre lo que se muestra y lo que se vive, entre la narrativa oficial y la experiencia cotidiana. La política puede estilizarse, embellecerse, incluso teatralizarse, pero no puede escapar indefinidamente a sus resultados. Es en ese terreno —lejos de cámaras, incienso y escenografía— donde se mide, sin artificios, la verdad de un gobierno. Todo lo demás pertenece a la amable representación, pero detrás, como estamos viendo en el abandono de numerosos barrios de Sevilla, la derecha despliega un discurso que alimenta el conflicto, instando a los sectores más humildes a dirigir su frustración contra quienes se encuentran en una situación aún más precaria. Es, en esencia, la guerra del pobre contra el que es todavía más pobre, una estrategia de división que perpetúa la desigualdad y socava la solidaridad.
Las fuerzas progresistas en Andalucía tienen ante sí un desafío histórico: recuperar el control de esta tierra en las próximas elecciones. Si no lo hacen, no quedará paisaje; solo un territorio arrasado, despojado de identidad y futuro. Nos jugamos más que nunca la construcción de lo común frente al avance de lo privado, la defensa de lo social frente a su desmantelamiento. Vivimos un momento crucial: las democracias se cuestionan a escala global y aquí, en nuestra tierra, la extrema derecha ya condiciona el rumbo del gobierno. La respuesta andaluza puede ser decisiva. Puede marcar un punto de inflexión, abrir un horizonte nuevo para todo el país. No es solo una elección: es una encrucijada histórica.