Religiosidad popular, no piedad popular
El debate sobre sustituir “religiosidad popular” por “piedad popular” reabre la discusión sobre el control simbólico de la Semana Santa y el papel de la Iglesia institucional.
Ya en vísperas de la Semana Santa sevillana, que en pocos días volverá a llenar nuestras calles, quisiera detenerme en un asunto importante que vengo observando desde hace tiempo.Hace unos días señalaba el profesor Isidoro Moreno, en una mesa redonda titulada La Semana Santa andaluza, ¿una fiesta amenazada?, una idea que merece reflexión. Recordaba aquella célebre afirmación de Manuel Chaves Nogales: los enemigos de la Semana Santa son el cura y el gobernador. Una frase provocadora que ya tiene un siglo, sin duda, pero que encierra una intuición profunda sobre las tensiones históricas entre poder eclesiástico, poder civil y religiosidad popular.
Uno no puede evitar acordarse de la famosa escena de la quema de libros de Alonso Quijano en la novela de Miguel de Cervantes, ejecutada precisamente por el cura y el barbero. La Iglesia, tan propensa a detectar herejías a lo largo de su historia, conoce bien los mecanismos del control doctrinal. En ese contexto, Moreno señalaba algo aparentemente menor pero muy significativo: el intento, desde ciertos sectores, de sustituir el término “religiosidad popular” por “piedad popular”. Puede parecer un simple matiz lingüístico, pero detrás hay algo más profundo. Cambiar las palabras es, muchas veces, cambiar el significado de las cosas. La religiosidad popular es un fenómeno complejo, plural y profundamente arraigado en la cultura de un pueblo. La piedad popular, en cambio, introduce una lectura más estrecha, más controlada, más alineada con la ortodoxia eclesial. Es, en cierto modo, un intento de reducir la polisemia del fenómeno a una única dimensión: la que marca la institución. Y así, una vez más, podríamos decir aquello de «con la Iglesia hemos topado, Sancho». Detrás de ese cambio de palabras hay, probablemente, una estrategia sutil —como tantas otras en la historia eclesiástica— de apropiación simbólica de un fenómeno que, en realidad, pertenece al pueblo. Me refiero a la rica religiosidad popular andaluza y, en particular, a la sevillana.
En este proceso aparece una figura clave dentro de las cofradías: el seglar de Iglesia cofrade. Normalmente hombre —mucho menos frecuentemente mujer— y muy cercano al llamado Palacio, como siempre se ha conocido en Sevilla al poder eclesiástico. Son personas que sirven más a la institución que a la propia hermandad y Semana Santa. En las juntas de gobierno y entre los cofrades se sabe bien quiénes son.
No hablo aquí del sacerdote o director espiritual de la hermandad, cuya función es conocida. Me refiero a esos laicos que, sorprendentemente, agilizan trámites eclesiales, gestionan permisos o facilitan reconocimientos, incluso hasta la creación de nuevas hermandades de penitencia. Son fieles servidores de la institución que intentan que prime lo doctrinal sobre el sentimiento religioso popular, ese que muchas veces se expresa fuera de las normas y de los esquemas oficiales. Algo parecido —salvando las distancias— a una especie de “inmatriculación” simbólica de la Semana Santa.
Conviene estar atentos a este proceso.
El poder político, curiosamente, suele alinearse en muchas ocasiones con el eclesial en ese intento de restar protagonismo al pueblo y a su forma de vivir la fe.
Pero conviene recordar algunos datos. En España apenas un 20 % de quienes se declaran católicos asisten regularmente a misa o participan en cultos. Fuera de Andalucía —y especialmente fuera de Sevilla— la Iglesia sufre desde hace años una caída devastadora de vocaciones, asistencia y práctica religiosa. Las bodas religiosas y los bautizos han caído en picado.
¿Qué le queda entonces a la Iglesia institucional ?
Los beneficios del concordato, el adoctrinamiento a través de la educación… y, en gran medida, la religiosidad popular andaluza en las Hermandades y Cofradias.
Entre los instrumentos de control también aparece el Consejo de Hermandades, con todos sus satélites. Una institución que, paradójicamente, muchas veces se muestra torpe e incapaz incluso de organizar adecuadamente sus propios desfiles procesionales.
Sin embargo, las hermandades sevillanas son muy diversas. Y en su base —sus hermanos y devotos — predomina una actitud heterodoxa y autónoma. Los cofrades, en muchos casos, viven su fe a su manera. Van a ver y a rezar a sus titulares, no a escuchar consignas ni a interiorizar dogmas.
Porque la religiosidad popular no funciona como la institución.
La Iglesia, eso sí, mantiene una notable capacidad de captación en barrios más humildes o desfavorecidos a través de las hermandades. Pero, al mismo tiempo, existe otro poder que también interviene: el político y económico, que trata de mercantilizar todo lo posible este fenómeno cultural y social. No olvidemos además que muchas de estas expresiones hunden sus raíces en una cultura popular andaluza milenaria, donde conviven tradiciones cristianas con elementos simbólicos mucho más antiguos. La Semana Santa sevillana no es solo religión: es un hecho social total, una expresión cultural compleja, transversal y profundamente polisémica.
Además, no se limita al ámbito de las hermandades. Muchos cofrades no pisan una iglesia durante el resto del año. Solo viven su relación con lo sagrado en la calle, ante sus imágenes. Y menos aún siguen de cerca la estructura eclesiástica.
Ahí está precisamente la clave.
A menudo se confunde lo espiritual con lo religioso, y lo religioso con lo católico apostólico romano. Esa reducción provoca, desde fuera, incomprensión e incluso rechazo.
La Semana Santa de Sevilla, como expresión genuina de religiosidad popular, es un hecho social y un bien público común. Pertenece al pueblo que la vive, la sostiene y la recrea cada año.
Por eso conviene estar atentos.
Porque cuando cambian las palabras, muchas veces también intentan cambiar quién tiene la autoridad sobre las cosas. Y la Semana Santa sevillana —no lo olvidemos— se consolidó históricamente y adquirió su gran dimensión de hecho social total en la calle. Y sigue siendo, ante todo, de la calle.