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Sevilla ante la supergentrificación: la ciudad convertida en mercancía global

La supergentrificación convierte la ciudad en un decorado de consumo y pone en cuestión el derecho a vivir en Sevilla de quienes siempre la habitaron.

 

Sevilla no es solo su centro histórico. La frase se repite como un mantra tranquilizador, casi como una coartada. Pero bajo esa afirmación aparentemente incuestionable se esconde una omisión deliberada: el turismo masivo ya no actúa únicamente sobre los espacios monumentales. Su lógica expansiva va camino de colonizar la ciudad entera.

Durante años, la gentrificación fue un proceso reconocible. Operó como una maquinaria de sustitución social: desplazó a las clases trabajadoras, encareció la vivienda, reconfiguró barrios enteros y transformó la vida cotidiana en una experiencia cada vez más inaccesible para quienes la sostenían. En ese tránsito, zonas históricas dejaron de ser lugares vividos para convertirse en espacios consumidos.

Sin embargo, lo que hoy sucede en Sevilla —y en tantas ciudades europeas— pertenece a otra escala. Nos encontramos en la fase de la supergentrificación: un fenómeno más agresivo, más sofisticado y profundamente ligado a la financiarización global y a las plataformas digitales.

A comienzos de los años 2000, la geógrafa urbana Loretta Lees ya advirtió de esta evolución. Definió la supergentrificación como una nueva vuelta de tuerca del capital urbano: una reocupación de barrios previamente gentrificados por élites aún más ricas, impulsada por flujos financieros internacionales y por una economía global hiperconectada. Lo que entonces era un diagnóstico emergente hoy se manifiesta con claridad en ciudades como Sevilla.

El proceso ha cambiado de objetivo. Ya no se limita a expulsar a las clases populares. Ahora alcanza a las clases medias, incluso a aquellas que participaron —consciente o inconscientemente— en la gentrificación anterior. Barrios como Feria, Alameda o San Julián, que durante décadas resistieron con una identidad propia, con redes sociales vivas y con una economía cotidiana aún reconocible, están entrando en esa fase crítica.

La paradoja es tan evidente como incómoda: quienes ocuparon el espacio dejado por los más vulnerables se convierten ahora en los nuevos desplazados. La ciudad devora sus propias capas sociales en una dinámica que no parece tener fin.

Este salto cualitativo no es solo económico, sino estructural. El mercado inmobiliario ha dejado de ser local o incluso nacional. Hoy responde a una lógica global, digitalizada, donde fondos de inversión, plataformas de alquiler turístico y capital transnacional operan con una capacidad de intervención sin precedentes. La vivienda ya no es un derecho ni un bien de uso: es, ante todo, un activo financiero.

En este contexto, la planificación urbana y la acción política pública —particularmente bajo enfoques neoliberales— han asumido, de facto, una función de facilitación. La ciudad se reconfigura para un sujeto muy concreto: un consumidor global, móvil, de alto poder adquisitivo, cuya relación con el territorio es transitoria y utilitaria.

El resultado es una mutación profunda: la ciudad deja de ser un espacio de vida para convertirse en una escenografía. El patrimonio histórico ya no se preserva como memoria viva, sino que se adapta como decorado. Ahí hemos visto la conmemoración de la boda de Carlos V. La cultura pierde densidad y se transforma en producto. La autenticidad se simula, se empaqueta y se vende.

La homogeneización avanza con rapidez. El comercio tradicional desaparece o se transforma en franquicia; la oferta cultural se estandariza; los barrios pierden su singularidad. Incluso las manifestaciones más arraigadas, aquellas que parecían inmunes a la lógica del mercado, comienzan a mostrar signos de adaptación. La Semana Santa y la Feria —núcleos simbólicos de la identidad sevillana— no son ajenas a esta presión. Lo que aún es incipiente apunta, sin embargo, a una transformación más profunda.

En este escenario, el concepto de “habitar” entra en crisis. ¿Qué significa vivir en una ciudad que ya no está pensada para sus habitantes? ¿Qué ocurre cuando el arraigo, la memoria y las relaciones sociales son sustituidos por flujos constantes de consumo?

La supergentrificación no es solo un proceso urbano: es una reconfiguración cultural. Disuelve la identidad viva de los lugares, debilita su capacidad de generar sentido y los integra en una red global de espacios intercambiables. Sevilla corre el riesgo de convertirse en una más de esas ciudades replicadas, reconocibles pero vaciadas.

Y, sin embargo, hay un elemento nuevo que puede alterar esta dinámica: la ampliación del sujeto afectado. Las clases medias, que durante años observaron —o incluso facilitaron— la expulsión de otros, son ahora parte del problema en tanto que víctimas directas. Esta ampliación del conflicto puede ser también el germen de una respuesta más amplia.

Porque la cuestión ya no es sectorial. Es estructural. Afecta al modelo de ciudad, al acceso a la vivienda, al sentido de comunidad y, en última instancia, a la propia democracia urbana.

La advertencia que hace dos décadas formuló Loretta Lees ya es presente. La pregunta es si la ciudadanía será capaz de reconocerlo a tiempo.

La próxima lucha urbana no será solo por el espacio, sino por el derecho mismo a habitar la ciudad.