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Trump se atribula entre una narrativa diplomática exitosa y la escalada

La guerra triangular entre EE.UU., Israel e Irán avanza sin encajar estrategias, activa en operaciones pero empantanada en objetivos políticos y finales.

 

Tras un mes de la guerra en Oriente Próximo, desencadenada con la operación “Furia Épica”, el teatro ofrece una paradójica imagen: se presenta muy activo operativamente a la vez que parece empantanado. Es una guerra triangular con sus vértices en EE. UU., Israel e Irán donde lo más curioso es que siendo aliados los dos primeros, sus respectivas líneas estratégicas no acaben de encajar ya que compartiendo enemigo y objetivos, no libran la misma guerra. Porque destruir capacidades tiene más de objetivo táctico que de finalidad estratégica. 

En Washington, el 28 de febrero pasado, se pensaba que la guerra que comenzaba sería cuestión de días. Sin embargo, el alargamiento de las operaciones con una funesta repercusión en la economía (tanto norteamericana como planetaria) y las movilizaciones populares en EE. UU. contra esa guerra apremian a dar el carpetazo a las hostilidades armadas. Ello supone dos alternativas para Trump. Una, tratar de salirse “honrosamente” del problema fabricando una narrativa diplomática exitosa, que mantenga abierto el Estrecho de Ormuz y restablezca un eficaz nivel de disuasión. Y dos, y una vez debilitadas las capacidades militares de Irán, embarcarse en la escalada hacia la victoria total. Algo que aparece muy incierto porque, incluso ganando batallas, el presidente norteamericano podría perder la guerra si tal escalada aportase riesgos insostenibles. Trump, todavía, no ha alcanzado el punto de decisión, como muestra la nueva prórroga de su ultimátum, ahora hasta el día 6 de abril, para desencadenar un “infierno” contra las instalaciones eléctricas iraníes. Con tal aplazamiento sigue presionando a Irán, pero muestra que necesita tiempo para acumular y potenciar sus capacidades terrestres en la zona. Seguramente necesita dos semanas más para lograrlo. No es descartable pues que haya una nueva prórroga más allá de esa fecha, en lo que ya sería un “multimatum”. En todo caso, lograr el colapso del régimen iraní no parece ser vital para Washington.  

Jerusalén, por su parte, sí busca tal soponcio. O, al menos, intenta abortar un potencial acuerdo de Washington con Teherán que permitiera a Irán retomar su programa nuclear a plazo. Asimismo, Netanyahu pretende desbaratar la capacidad iraní de apoyo a grupos afines -Hizbolá y hutíes entre otros-, especialmente cuando estos últimos se han llamado a parte en la guerra y tratan de dominar el tránsito del Estrecho de Bab-el-Mandeb. De cualquier forma, podría afirmarse que Israel está ganando con esta guerra. No solo por el extremo desgaste sufrido por las capacidades militares iraníes, sino también por el dividendo territorial logrado tanto al sur del río Litani a costa del Líbano, como al este de los Altos del Golán a expensas de Siria.   

La estrategia de Teherán -el vértice supuestamente más débil del triángulo-, se dirige a regionalizar el conflicto y estrangular la economía global. Mientras su programa nuclear ha quedado desarticulado, ha encontrado en el Estrecho de Ormuz otra opción “nuclear”. Una alternativa relativamente barata pero decididamente productiva. Porque el régimen iraní no aspira a la victoria militar. Fundamenta su supervivencia en sus propias capacidades tanto de resiliencia como de mover los hilos de los grupos terroristas afines. En definitiva, Irán con no perder, gana.