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Investidura ‘por poderes’, no

 

El auto del Tribunal Constitucional (TC) de ayer, 27 de enero, en respuesta parcial al recurso del Gobierno contra la investidura a “frotamiento duro” del prófugo Puigdemont es una pieza jurídica sabia, efectiva y singular. Es una resolución aprobada por unanimidad, tras un largo debate y a pesar de los augurios de fuertes discrepancias internas. El TC, a pesar de darse un prudente plazo para la admisión o no a trámite del recurso gubernamental, sirve para aclarar y poner las cosas en su sitio.

 

La más sustantiva de las prescripciones del TC ha sido negar la posibilidad de una investidura a distancia, una especie de matrimonio “por poderes” pretendido por Puigdemont para burlar la acción de la justicia española. No podrá haber, por tanto, ni investidura telemática ni por persona interpuesta. El TC en su auto cierra incluso la posibilidad de la investidura presencial si estando vigente la orden de busca, captura en ingreso en prisión, decretada por el Tribunal Supremo(TS) contra él, tal comparecencia no tuviera una previa autorización judicial. El auto ―y éste es un aspecto clave― recuerda a los miembros de la Mesa parlamentaria “su deber de impedir y paralizar cualquier iniciativa, que suponga ignorar o eludir las medidas cautelares adoptadas”, significando las responsabilidades, “incluida la penal”, en que podrían incurrir si no atendiesen al requerimiento. Igualmente declara “radicalmente nulo y sin valor y efecto alguno cualquier acto, resolución, acuerdo o vía de hecho que contravenga las medidas cautelares adoptadas en la presente resolución”.  

 

 

Es la falta de liderazgo y altura de miras de la actual clase política lo que nos ha metido en el pozo y lo que nos está dificultando salir de él. Porque para salir del pozo, lo primero a hacer es dejar de cavar.

 

La pelota está ahora en el tejado independentista y especialmente en el de Torrent, que es quien ha designado al  expresidente como candidato a la investidura y fijado la fecha del 30 de enero para la correspondiente sesión. Si Puigdemont quiere realmente volver a ser presidente del gobierno de la Generalidad, no le queda otro camino que retornar a España “en abierto”, ser detenido e ingresado en prisión a disposición del TS y obtener posteriormente la autorización judicial para presentarse a la sesión de investidura. 

 

Las opciones que se presentan son básicamente tres. Una sería que Puigdemont regresara a España arriesgándose, en inusual gesto de valentía, a sufrir similares flatulencias ―en castizo: pedorreo―, que el refinado exconsejero Rull (que se quejó de la falta de exquisitez de los manjares de la cárcel de Estremera).  Y aún así, estaría por ver que el juez del TS le autorizase la presencia en el parlamento catalán, no fuera que, después de investido, en vez de volver al trullo se enrocase y pretendiera  gobernar desde allí. Otra opción sería que Torrent y Puigdemont desoyeran los requerimientos del TC y se empecinasen en desarrollar una sesión de investidura “por poderes”. En términos de “show” es posiblemente la más querida por Puigdemont porque no entrañaría riesgo físico alguno para él, y traería una buena gresca parlamentaria así como otro gran embrollo judicial. Llevaría previsiblemente a una nueva disolución del parlamento autonómico y seguramente daría con los huesos de Torrent en el talego. Y la tercera opción sería que el Puigdemont renunciara a ser candidato y/o que Torrent buscara otro para la investidura. Es la más sensata y la que permitiría, al menos por un tiempo, recuperar la normalidad en Cataluña y la desactivación del 155. En otro caso, habrá 155 para rato (con perdón). Mi pronóstico, en conclusión, es que Puigdemont no volverá a la presidencia de la Generalidad.  

 

En todo caso, pienso que la gran cuestión de fondo del problema de España en Cataluña no reside hoy solamente ni en las razones históricas, ni en las políticas del pasado y del presente, ni en las potencialidades económicas del futuro previsible, ni en la fractura social auspiciada por el “procés”. Es la falta de liderazgo y altura de miras de la actual clase política lo que nos ha metido en el pozo y lo que nos está dificultando salir de él. Porque para salir del pozo, lo primero a hacer es dejar de cavar. Decía Ramiro de Maeztu que “quizás la obra educativa que mas urge en el mundo sea la de convencer a los pueblos de que sus mayores enemigos son los hombres que les prometen imposibles”.