1526 no fue un desfile: crónica de una banalización anunciada
La conmemoración de 1526 se convirtió en un desfile teatralizado sin rigor histórico, pese a existir tiempo y marco suficientes para un proyecto académico sólido.
Conmemorar las bodas de Carlos V e Isabel de Portugal en Sevilla no es criticable. Lo criticable es convertir un acontecimiento político de dimensión imperial en un desfile teatralizado y presentarlo como recreación histórica rigurosa, aunque ahora, ante las críticas, se nos diga que se trataba de “una ensoñación”. Lo criticable es disponer de tres años para planificar y terminar improvisando. Lo criticable es invocar a la Universidad cuando conviene y prescindir de su método cuando incomoda. Lo criticable es banalizar el pasado y llamar a eso divulgación.
En febrero de 2022 expuse con claridad, a unos y a otros, la importancia estratégica de esta conmemoración y su conexión directa con el horizonte del centenario de la Exposición Iberoamericana. 1526 no era una anécdota romántica; era el momento en que Sevilla se convierte en centro político de un imperio global. Era el prólogo histórico del relato iberoamericano que cristalizaría en 1929. La ciudad tenía ante sí una oportunidad excepcional para articular un eje narrativo coherente: 1526–1929–2026. Había tiempo, marco y relato. Cuatro años para diseñar un proyecto serio, integrar recreacionistas especializados como Gente de Ordenanza 1516 —con experiencia internacional y reconocimiento en redes carolinas—, convocar un congreso con procedimiento académico real y hacer pedagogía previa explicando a la ciudadanía qué iba a ver y por qué era relevante. Porque la divulgación empieza antes del evento. Y esa pedagogía no existió.
Muchas cosas podrían criticarse del pasacalle que presenciamos el 28 de febrero, fecha ciertamente inoportuna. Muchas. Y antes de entrar en detalles —que no son anecdóticos cuando se habla de recreación histórica— conviene decirlo con claridad: el problema es conceptual. Es de modelo. Es de respeto al conocimiento.
Las crónicas son inequívocas: Carlos I e Isabel de Portugal no entraron juntos ni en el mismo momento. Comenzaron el relato en la Puerta de la Macarena; San Jerónimo quedó fuera, claro, como parece quedar fuera también de las prioridades de nuestros gestores si se comparan los cuidados parterres de la Plaza del Triunfo, adornados con cruces borgoñonas, con las medianas abandonadas de otros barrios históricos donde ayer se confundían hojarasca, hierbajos y nacientes jaramagos. La política simbólica sustituye a la gestión real.
Ya en la Macarena, a una semana de diferencia, ella —como él en su momento— viene en litera, sube a una hacanea blanca, es recibida bajo palio de brocado con armas imperiales, viste raso blanco aforrado en rica tela de oro, con gorra blanca, perlas y pluma. El emperador entra “en cuerpo”, con sayo de terciopelo con tiras de brocado, porta una vara de olivo —símbolo político de la paz recién concertada y homenaje a Andalucía— y monta un caballo rodado color cielo, un tordo gris azulado de fuerte carga simbólica. En la Puerta de la Macarena confirma solemnemente los privilegios de Sevilla y presta juramento bajo palio. Ese juramento no es un adorno ceremonial: es el núcleo institucional del acto.
En el cortejo, la cronología se alteró, el juramento desapareció, la vara de olivo no existió, el palio brilló por su ausencia, se introdujeron Tercios cuya iconografía pertenece a décadas posteriores —en 1526 no había morriones, sino capacetes y borgoñonas— y se repartieron claveles vinculados a la etapa granadina posterior, no a la entrada sevillana. Todo fue libre reinterpretación. Hasta alguna “cortesana” llegó demasiado cargada de collares. Por cierto, ¿cuántas mujeres aparecen referidas en las crónicas? Es curioso, ninguna. Y puestos a preguntar, ¿se estudió la composición real del séquito? ¿su jerarquía? Cuando se habla de recreación histórica, las fuentes no son decorado: son fundamento.
Y si hablamos de vestimentas, hablemos con franqueza. La Cabalgata del Ateneo exhibe cada enero en los trajes de los Reyes de Oriente una categoría y una prestancia que en los de los monarcas aquí no se alcanzaron. Resulta llamativo que una ciudad capaz de ese nivel en un evento festivo no aplique la misma exigencia cuando pretende hacer historia documentada. La calidad también comunica. Y aquí fue insuficiente.
La movilización fue numerosa, sí. Pero conviene recordar una idea básica: el éxito de un evento no se mide únicamente por la cantidad de público. Eso será, en todo caso, un éxito de asistencia —y aun así habría que matizarlo—, pero no necesariamente un éxito cultural, pedagógico o comunitario. Un teatro con entradas agotadas y una función desastrosa no puede considerarse un éxito artístico. Llenar calles no equivale a cumplir objetivos.
Anunciar un evento tres días antes garantiza público mirón, más aún en una sobremesa soleada de un sábado. Las grandes recreaciones europeas se trabajan durante meses para que la población participe y se implique. Aquí hubo espectadores, no comunidad integrada. El recorrido no estaba engalanado ni replicaba arquitectura efímera alguna. Cuánta pedagogía desperdiciada. Incluso la teatralización de emociones resultó ajena al público: cuando la gente pide caramelos es porque identifica lo que ve con un código festivo, no con un acontecimiento histórico.
Pero el problema no es solo estético. Es estructural. Se firma un convenio con la Universidad, pero no se integra su asesoramiento desde el diseño inicial. Se anuncia un congreso internacional sin convocatoria abierta ni planificación científica amplia, aunque afortunadamente saldrá bien porque está en manos solventes, como sucederá con la exposición prevista. En ambos casos, tienen magníficos profesionales al frente. Y precisamente por eso la pregunta es inevitable: ¿por qué deben los expertos trabajar bajo presión para suplir carencias de planificación? ¿Por qué su prestigio debe servir para legitimar una política cultural incoherente?
Se reedita La boda del Emperador de Juan de Mata Carriazo y se presenta como novedad una reedición recientemente publicada. Incluso el Gabinete de Comunicación de nuestro ayuntamiento comete errores básicos al identificar a su autor, uno de los historiadores más relevantes de Sevilla, conocido por sus estudios sobre Tartessos y como descubridor del precioso Bronce Carriazo. Se invoca la autoridad académica, pero no se interioriza su contenido, pues en la recreación se ignoran los datos que ese libro documenta.
En esencia, con una exposición, un congreso y un libro se apela a la Universidad, a lo científico, pero, al mismo tiempo, se prescinde de su método. Esa doble política erosiona el respeto hacia la profesión del historiador. Lo que con frecuencia hacen ciertos literatos que venden como “novela histórica” lo que no es más que ficción contextualizada, es más grave cuando lo hacen las instituciones públicas, promoviendo el descrédito progresivo del conocimiento histórico. Si la propia administración difumina la frontera entre rigor y libre invención, no hace sino contribuir a esa erosión.
La situación se complica aún más cuando ni siquiera se comprende qué significa divulgar historia. Divulgar no es externalizar sin criterio ni delegar actividades bajo el simple paraguas de lo “histórico” sin garantizar método y asesoramiento experto. Cuando el diseño se rige por lógicas de impacto inmediato o de rentabilidad escénica, el detalle riguroso pasa a considerarse un sobrecoste prescindible; cuando la fidelidad histórica exige tiempo y planificación, se sustituye por simplificación; cuando el patrimonio se concibe como escenario, termina gestionándose como producto. Y si es la propia institución la que banaliza el pasado y lo convierte en espectáculo, incluso en espacios de máxima protección, el mensaje que se transmite es claro: el rigor es opcional.
En este contexto, el historiador queda relegado; cualquiera opina, pontifica o improvisa sin responsabilidad metodológica, en muchos casos con intereses espurios. Y cuando los historiadores señalamos la falta de rigor, parecemos quisquillosos o amargados. ¿Puede un sindicato promover una huelga y un historiador no puede decir que algo carece de fundamento? No se ha insultado al Tercio de Olivares ni a la Compañía Sevillana de Teatro, que han aprovechado la ocasión dentro de sus posibilidades. Se ha dicho, simplemente, que de rigor histórico hubo poco. Y se mantiene.
Se nos vende Sevilla como ciudad del talento, incluso para solicitarnos echar los residuos en el contenedor apropiado. Talento es lo que precisaríamos de nuestros gestores, pero tenerlo no es fotografiarse satisfecho en la Puerta de la Macarena o en el Alcázar, antes o después del evento. El talento del gestor cultural es diseñar con coherencia, integrar conocimiento, planificar con tiempo y asumir la crítica sin descalificarla. El talento es unir rigor y divulgación, no enfrentarlos. Lo contrario, visto desde fuera, resulta difícil de justificar.
Rememorar 1526 no debía ser polémico. Era una oportunidad magnífica para elevar el nivel cultural colectivo. En su lugar, se ha ofrecido un desfile presentado como recreación histórica. La exposición saldrá bien. El congreso tendrá nivel. Porque hay profesionales excelentes detrás. Pero no gracias a la planificación, sino a pesar de ella.
La historia no es decorado. La divulgación no es espectáculo. Y una ciudad que presume de talento no puede permitirse trivializar el conocimiento que la sostiene. Porque cuando se banaliza el pasado, no solo se pierde una oportunidad: se debilita el respeto por la Historia y por quienes la estudian con método. Y eso sí que debería preocuparnos.
Sevilla, 1 de marzo de 2026.