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Estados Unidos y el espacio vital

Trump, el poder desnudo y la abolición de la política: la fuerza como principio y la democracia como obstáculo.

Lebensraum («espacio vital») es un concepto geopolítico desarrollado por geógrafos como Friedrich Ratzel y Karl Haushofer, que postula que una nación necesita territorio adicional para su crecimiento y desarrollo, y que fue adoptado por la ideología nazi de Adolf Hitler para justificar la expansión territorial agresiva de Alemania hacia Europa del Este con fines de colonización y obtención de recursos. Hogaño uno de los asesores del presidente Trump, Stephen Miller, afirmó en una entrevista en la cadena CNN que Groenlandia debería formar parte de EEUU y que EEUU podría apoderarse de este territorio danés autónomo. “Nadie va a luchar militarmente contra EEUU por el futuro de Groenlandia” EEUU es el poder de la OTAN, para EEUU asegurar el Ártico es un interés para la OTAN. Obviamente, Groenlandia debería ser parte de EEUU”, afirmó este asesor de Trump. “Vivimos en un mundo, en el mundo real, gobernado por la fuerza, gobernado por el poder. Estas son las leyes de hierro del mundo desde el principio de los tiempos”, aseguró.

Un mundo gobernado por la fuerza supone una abolición de la ética y de la política como parte de un  concepto moral y humanístico de la existencia social. El fenómeno Trump representa de una forma muy plástica un ciclo ascendente de vertebración estructural del capitalismo tardío en una inmersión autoritaria que trasciende a la caricatura de una individualidad soberbia y alocada. La metafísica posmoderna con el final de las grandes narraciones, es decir, las ideologías emancipadoras y la desaparición de la historia –no es posible cambiar la historia si como tal no existe- ha supuesto un capitalismo cada vez más incompatible con la democracia, suplantada por patriotismos neofascistas excluyentes y beligerantes con la otredad.  Vivimos una situación que recuerda a los años treinta del pasado siglo cuando, como afirma Herbert Marcuse, el lobby financiero-industrial decide a través de los distintos fascismos locales acceder directamente a los gobiernos y que le hacía decir a Hitler: “Detrás de la economía también debe haber poder, dado que solamente el poder garantiza la economía.” Los métodos ya no son tan distintos para una misma finalidad.

La única cosa importante, decía Trump, es la unificación del pueblo, porque el resto de la gente no cuenta.” Pero, ¿quién es el pueblo y quién la gente?  En el universo mental del autoritarismo posdemocrático la gran comunidad sólo está formada por los que comparten un pensamiento único, es el pueblo, el resto son los adversarios políticos, que son enemigos del pueblo y de la nación. Se trata de la “extranjerización” del opositor, quien, en las meninges del autoritario, no se opone a una política ni a un gobierno, sino a la nación ya que el país no puede ser otra cosa que la visión unidimensional de los ultraconservadores.

En el contexto de esa voluntad plástica podemos interpretar el asalto al Capitolio de Estados Unidos por los partidarios de Donald Trump. La Casa Blanca había venido impugnando todos los elementos de significación democrática, desde la prensa hasta las instituciones no dependientes del ejecutivo, que no aceptaran la realidad interpretada por la megalomanía autoritaria del presidente. Ello supuso un intento de deslegitimación desde la presidencia del resto de los órganos estatales y, por tanto, de la propia estructura política constituyente de la nación y que tuvo como corolario que los asaltantes del Capitolio prefirieron las mentiras de un candidato que no aceptaba la derrota a las resoluciones de la justicia. Esta decadencia de la política democrática promueve otro fenómeno consustancial al populismo fascista: el mito de unos valores de orden superior a la voluntad mayoritaria de la sociedad y a sus necesidades reales y que sólo son interpretables e implementables desde una visión providencialista.