The news is by your side.

Reverte, la Guerra Civil y el poder opaco de Cajasol

La polémica política y cultural sirve de coartada para no hablar de quién manda hoy en una fundación que fue de todos.

Durante dos semanas Sevilla, Andalucía y España entera han discutido sobre unas jornadas dedicadas a la Guerra Civil impulsadas y coordinadas por Arturo Pérez-Reverte y Jesús Vigorra y financiadas por la Fundación Cajasol. Se ha hablado de memoria histórica, de equidistancias, de blanqueos, de cancelaciones y hasta se ha gritado más de la cuenta en las redes. Se ha hablado mucho y se ha preguntado poco. Al menos visto el asunto desde esta orilla del Guadalquivir, a lo que me dispongo con estas líneas.

Nadie ha querido mirar al verdadero problema: cómo es posible que una entidad que maneja más de 31 millones de euros al año pueda decidir sin control democrático qué se financia, qué se legitima y qué se normaliza culturalmente.

El problema no es un ponente ni un ciclo concreto o los centenares de eventos en sus delegaciones provinciales. El problema es quién paga, con dinero de quién y sin rendir cuentas a nadie.

Y de pronto, como ocurre casi siempre, la espuma baja y el fondo queda intacto. Ayer día dos de febrero las jornadas que iban a iniciarse en Sevilla quedaron reducidas a una comparecencia de los coordinadores confirmando que se celebrarán en octubre y, de paso, anunciando que invitarán a Pablo Iglesias como ponente. Una invitación que tardó minutos en ser rechazada desde RTVE por el fundador de Podemos. La polémica se evapora. La estructura, no. Cuando llegue septiembre veremos.

 

De una caja controlada a una fundación sin vigilancia real

Cajasol fue durante décadas una caja de ahorros andaluza sometida al control del Banco de España y del Ministerio de Economía. Como todas las cajas, pertenecía a la sociedad civil, a sus impositores. Con la crisis financiera y la desaparición del sistema de cajas se produjo un giro decisivo: se cambió el marco para que la Fundación Cajasol dejara de estar bajo control bancario estatal y pasara a depender del protectorado de fundaciones de la Junta.

Ahí está el nudo político. Bajo el gobierno socialista de Susana Díaz se permitió el enjuague. Y en el Gobierno central de Mariano Rajoy se toleró. El ministro del ramo, Luis de Guindos, miró para otro lado. En los mentideros se comentó que lo hizo aconsejado por el diputado murciano del PP Vicente Martínez Pujalte, gran amigo de Antonio Pulido en Madrid durante los años de la copresidencia de Banca Cívica. Esto último es comentario de pasillo, no dato oficial, pero encaja demasiado bien en la escena: dos gobiernos de signo distinto dejando que la operación cuaje porque a nadie le conviene abrir esa caja de truenos y, bien mirado, un instrumento útil para los dos grandes partidos si logran el poder.

El resultado es una fundación con presupuesto de gran entidad ( especialmente por los beneficios anuales como accionista del 1% de la Caixa) y con un control administrativo de mínimos. La Junta fiscaliza, en teoría, que las cuentas cuadren y estén bien hechas. No fiscaliza el motivo del gasto, ni el destino real de las inversiones, ni las prioridades, ni los beneficiarios de verdad. De ahí el oscurantismo.

Las cifras que la propia entidad pone sobre la mesa son elocuentes: 31 millones de euros al año. Y dentro de eso, unos 20 millones destinados a la denominada “Obra Social y Cultural”. La pregunta es simple: ¿dónde está el desglose que permita seguir la pista de esos 20 millones? ¿Qué parte es programación cultural y qué parte es compra de influencia, convenios, patrocinios, contratos, relaciones públicas, favores o mangazos de amigotes? Las memorias anuales son prolijas y, a la vez, inútiles para el ciudadano que quiera saber y analizar: mucho papel para que no se entienda nada. Eso sí, abundantes fotos del presidente, luciendo hermosas corbatas de seda italiana.

 

Un patronato por cooptación y un sueldo que retrata al régimen

La Fundación Cajasol no está gobernada por la sociedad andaluza, sino por un patronato cerrado. No hay elección pública. No hay participación ciudadana. No hay contrapesos. Los patronos se designan por cooptación: entra quien conviene al clan que manda con Pulido al frente y se queda quien no molesta y, ojo, quien no busque protagonismo destacando por encima de la figura del presidente.

En el centro de ese universo, efectivamente, está Antonio Pulido Gutiérrez. Su biografía explica demasiado. Fue militante activo de las Juventudes Socialistas donde se hizo amigo de Susana Díaz, militó en el PSOE, tuvo cargos de gestión nombrado por el partido. Y, en una jugada interna que retrata una época, el entonces SG del PSOE de Sevilla, José Antonio Viera se lo coló como presidente de la caja El Monte a Gaspar Zarrías y José Antonio Griñán, entonces consejero de Economía, que apostaban en realidad por un Antonio Pascual no elegible con tanta urgencia. Previamente a eso fue el propio Pulido como Secretario del Consejo de Administración de El Monte quien «destapó» el cobro ilegal de dietas como consejero de Metrovacesa de José María Bueno Lidón, presidente de El Monte, algo legalmente prohibido y le obligaron a dimitir. Bajo el símbolo del puño y la rosa, Pulido llegó a presidente y ahí comenzó su dilatada carrera que ha culminado quedándose con el control absoluto de los restos del naufragio de las cajas andaluzas del occidente andaluz y, de paso, la de Guadalajara.

Pulido, oficialmente, ya no es militante del PSOE y casi nadie lo sabe, ni en el propio PSOE de Sevilla, Agrupación Centro, donde siempre militó y conspiró. ¿Cómo se fue? En silencio. Dejando de pagar las cuotas hasta causar baja automática por ese motivo según dictaminan los estatutos del Psoe. Del partido se ha ido sin ruido; del poder no se irá ni con agua caliente.

Y aquí conviene decirlo sin rodeos: Pulido cobra más de 200.000 euros anuales, en contra de lo que dictamina la ley de fundaciones andaluza, gracias a una autorización política concedida cuando la consejera de Hacienda era María Jesús Montero, a instancias de la presidenta Susana Díaz, vieja amiga de Pulido. Es decir: el presidente de una fundación heredera de una caja que fue de los impositores, con sueldo de élite, blindado por decisión política. El símbolo perfecto.

El PSOE colocó piezas a su antojo e interés en los consejos y patronatos de las cajas, eso es indiscutible. Y el tiempo ha demostrado el precio de su torpeza: hay patronos que han virado. Los puso el PSOE y hoy trabajan para el PP sin rubor. El poder no cambia: cambia de dueño sin cambiar de manos. La Caja-Fundación que tanto sirvió a los intereses socialistas y manejos de alguno de sus gestores, se ha convertido en un instrumento útil para el PP en la Junta, que no necesita controlarla: le basta con no molestarla. La burra es lista y va sola a beber al río.

 

El burofax enterrado y el control del relato

En la primavera de 2019, nueve meses antes de la llegada del PP a la Junta, un patrono, Marcos Contreras, vicepresidente por el PP en la Fundación Cajasol, envió un burofax a la Consejería de Hacienda alertando de opacidad interna, falta de información incluso para los propios patronos y concentración excesiva de poder en la presidencia de Antonio Pulido. He aquí el texto íntegro del burofax. Es decir: ni siquiera dentro del patronato había garantías de control. Susana Díaz ordenó a su consejero de Economia, Antonio Ramirez de Arellano, que guardase el burofax en un cajón. Y así se hizo. Y Díaz adelantó elecciones.

Meses después, ya con el PP en el gobierno, el documento denuncia volvió a circular. Y el entonces consejero Juan Bravo se vio obligado a dejarlo también en el cajón por indicaciones de Elías Bendodo, buen amigo de Pulido desde la época de la presidencia de la Diputación de Málaga, aunque meses antes Moreno Bonilla lo había supervisado y autorizado a instancias del propio Contreras. Ese episodio, si se cuenta bien, es dinamita: la misma alfombra, dos gobiernos distintos, la misma escoba en el armario.

Este fue, posiblemente, el primer gran sapo que desayunó el flamante presidente Juanma en San Telmo nada más llegar: olvidarse de una investigación que sólo nueve meses antes, él mismo, había impulsado contra la gestión del “amigo de Susana” también conocido como «el banquero de Susana» en Cajasol. Y eso no se explica por despiste. Se explica por poder. Y que a veces los conversos supervivientes son más leales y eficaces que los patas negras del partido.

La política de financiar el silencio frente a las críticas o al griterío, a Cajasol le funciona muy bien con los medios y por otros motivos con otras formaciones a izquierda y derecha del PSOE y del PP. Formaciones que se han acercado al asunto Cajasol, pero en cuanto han visto lo que se supone que hay debajo, se han asustado con lo que pueda haber en la vida de la fundación. Hueso duro de roer. Nadie le tose hoy en Andalucía a quien maneja veinte millones para repartir como si fuera un  rey mago  al que todos rinden pleitesía y adoración y ponen verde a sus espaldas.

Porque “nadie” es nadie, a pesar de que hubo papeles circulando de tapadillo. A la izquierda del PSOE manejaron documentos extrañamente salidos del Ministerio de Economía, parece que por un despiste, que demostrarían trampas y subterfugios empleados para convertir Cajasol en fundación no bancaria, o lo que era nada más y nada menos que el asalto final a Cajasol. Aquellos papeles se entregaron a un medio de comunicación de gran difusión nacional, a su jefe de Economía en concreto. Nunca se publicaron. Y ahí entra otra clave que en Sevilla se entiende demasiado bien: el control del relato y el precio del silencio.

La millonaria inversión anual de Cajasol en publicidad, patrocinios y relaciones con medios locales, regionales y estatales actúa como un seguro de vida informativo en la gestión de la institución. No hace falta prohibir: basta con pagar. Basta con sostener. Basta con crear dependencia en las cuentas de explotación de las empresas mediáticas. Es un mecanismo antiguo, eficaz y perfectamente compatible con la retórica de la obra social. Es muy fácil adivinar cuando Cajasol rebaja o elimina la inversión en un grupo mediático. Se nota cuando les enseñan los dientes en sus altavoces y, obvio, Pulido acaba claudicando y tragando, casi siempre en función de los centímetros de los colmillos empleados en el primer aviso.

 

De la obra social al negocio inmobiliario, rural, turístico…

La conversión del patrimonio completa el cuadro. Bienes concebidos para fines sociales han terminado convertidos en activos económicos de alto rendimiento sin debate público ni rendición de cuentas.

Dos casos son especialmente reveladores. El asilo-residencia que estaba en la sevillana plaza Molviedro y que era de Cajasol es hoy un hotel de cuatro estrellas. Y el Palacio de la Marquesa de Nervión, en la calle Amor de Dios, dejado en testamento para asilo de ancianos a la Cruz Roja, con los años y con Cajasol de por medio en la operación, se ha convertido en hotel-apartamentos de lujo turístico. La operación se llevó con absoluto secretismo y Cruz Roja Andalucía rehusó dar detalles pese a reiteradas solicitudes de quien esto firma. La obra social, convertida en negocio. El patrimonio, convertido en producto.

En ese conglomerado de intereses hay que situar también el Instituto de Estudios Cajasol, la maquinaria formativa y de contactos; y la macro finca La Contienda, que abarca terrenos de España y Portugal, que padeció un grave incendio  este verano. dejando demasiadas preguntas sin respuesta. Nadie sabe cuánto se ha perdido con la catástrofe padecida. Nunca informaron, pocos publicaron.

Y hay que situar, además, la deriva hacia operaciones inmobiliarias y turísticas como forma de poder: la trayectoria de Pulido deja señales. La venta de su vivienda de la calle San Luis y el episodio del llamado “ático del pecado” en Madrid no fueron una anécdota de prensa rosa. Fueron síntomas de un estilo de mando. La Caixa, Isidre Fainé personalmente, marcó un límite: rechazó operaciones, lo desplazó a Sevilla y lo apartó del cargo con el lenguaje amable de los honores y una millonaria indemnización.

Conviene aclararlo también: mucha gente cree que la Fundación Cajasol es de La Caixa. No lo es. Si me apuran es al revés. La fundación es accionista del banco, pero La Caixa no manda sobre lo que hace y deshace Cajasol. Un ejemplo claro: la reciente cuestión de la Torre Pelli. La Caixa pasó olímpicamente de las propuestas de Pulido para que se quedase la propiedad en Sevilla dejándolo desairado. Esa escena retrata bien el reparto: Pulido no manda en La Caixa; Pulido manda en Cajasol.

Y así se llega al punto de partida: mientras se discute sobre Pérez-Reverte, nadie discute sobre lo que de verdad nos debería importar, especialmente a los sevillanos, onubenses y gaditanos.

Cajasol fue nuestra, de todos. Hoy no lo es. Hoy es un centro de poder opaco, gestionado por un reducido grupo de selectas personas que nadie elige y que ningún gobierno fiscaliza de verdad.

El PSOE de Andalucía cometió el error de entregar el control creyendo que se iban a perpetuar toda la vida en el poder andaluz. El PP ha decidido aprovecharlo, incluso dejando más libre y suelto al presidente Pulido al que los populares respetan más en su rol que en el PSOE, donde era más odiado que amado. Ahí lo vimos, en la foto con el Papa en El Vaticano, las cofradías malagueña y sevillana con gobernantes del PP. En su nueva salsa.

Y mientras tanto, 31 millones de euros al año – 5.157.966.000 millones de las antiguas pesetas- siguen circulando fuera del control ciudadano, en nombre de una obra social que ya no rinde cuentas a la sociedad que la hizo posible.

Ah, y ya que estamos: con Sevilla de fondo, Arturo Pérez-Reverte tiene en Cajasol un pedazo de novela que quizás retrate mejor la Sevilla real que ‘La piel del tambor’.