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Crujen las cuadernas

El barco MV Hondius y el viaje de Ayuso a México revelan lo mismo: las cuadernas del Estado crujen por falta de lealtad institucional.

 

 

Hace unos días publicaba en otro medio digital con el que colaboro habitualmente, como hago en este nuestro Confidencial Andaluz, un artículo titulado “Deriva y abatimiento”. Usaba allí unas referencias marineras para concluir que las dos navieras principales de la política española, con sus patrones mayores al frente, llevan sus buques insignias en un rumbo de colisión de consecuencias no deseables.

Asomado a la actualidad de hoy, cuando esto escribo mediada la mañana de este 6 de mayo, no por menos me asalta otro símil marinero al ver cómo se desenvuelven dos acontecimientos: la situación creada por el virus detectado en el barco neerlandés MV Hondius y la visita de la Señora Díaz Ayuso a México.

Las cuadernas de un barco son esa especie de costillas que, curvadas transversalmente a lo largo del navío, dan soporte al casco del mismo; soportan la presión y el estrés que se generan durante la navegación. Cuando el barco navega las cuadernas producen un ruido particular, crujen, sobre todo en los barcos de madera. Este crujir se debe a las tensiones que la estructura sufre fruto de la navegación, del roce y esfuerzo que los materiales padecen para que, justamente, el barco realice su función, es decir, navegar, navegar seguro y llegar a puerto, sobre todo en situaciones de tormenta, cabeceo por el oleaje u otras circunstancias propias de la navegación.

Me decía una vez un amigo ingeniero que, salvando las diferencias, esto es como los puentes que en tierra salvan desniveles o cauces. En ellos debe haber movimientos calculados en la estructura, justo para que no se rompan y el puente soporte bien los pesos, dilataciones de materiales o incluso seísmos. No debe extrañar, sino justo lo contrario, que un puente cuando estamos en él tenga esas pequeñas oscilaciones por seguridad. Lo contrario, sería catastrófico.

Pues lo mismo ocurre con las cuadernas en los barcos. No es alarmante que suenen, que crujan, es señal del buen funcionamiento de las estructuras. Lo malo es cuando a esas cuadernas, por deterioro de la nave, por falta de mantenimiento, por impericia de tripulación y sus patrones, por mala gestión de la derrota o similares situaciones de un mal hacer, se les somete a una presión, a una tensión imposible de soportar por esos materiales y por cómo fueron ensamblados. Y, así,… acaban rompiendo. Lo siguiente es la vía de agua y el naufragio.

Pues eso.

Siguiendo el transcurso de los dos acontecimientos que hoy abren los informativos en lo nacional, las cuadernas que se resienten no son las de cualquier barco. Son las cuadernas de este magnífico país llamado España, un gran navío, las que por mor de sus actores políticos, y las formas de relacionarse los distintos poderes públicos, las que crujen más de lo deseable. Se están sometiendo las cuadernas de la estructura del estado complejo que formamos, a una presión excesiva.

Para afrontar los temas que, en el contexto de lo que debiera ser la gobernación de los asuntos públicos de a diario, nunca se debería generar una crisis institucional como la que de nuevo se genera entre los gobiernos de los que son una parte del estado, dos comunidades autónomas, y la del todo, el Gobierno del Reino de España.

En lo que toca a la crisis del barco MV Hondius, lo que percibo y creo que conmigo algunos más conciudadanos, es que eso que se llama el relato, es más importante que el fondo de la cuestión. Se queja el Presidente de Canarias de falta de información. Y el Gobierno de España dice que está en permanente contacto con el canario. Y mientras, ¿a quién nos creemos los mortales contribuyentes?

Pero más allá de la realidad de esa guerra de comunicaciones, donde los actores andan enredados en qué me contaron, o no me contaron, qué me dijeron o no, que si llamé o no me llamaron, lo cierto y verdad es que la percepción de Juan Español es que falta claridad, método, protocolo de relación, gestión informada y compartida sin renuncia a lo que a cada parte corresponde legalmente.

¡Tanto les cuesta aparecer ante la sociedad de manera compartida! Resultado: el ciudadano canario, el español en su conjunto, se ve obligado a que en este alimentado bloquismo, al que nos someten todos los días unos y otros, tenga que optar por creerse lo que dice uno y no el otro. Y en un tema en que nuestra sensibilidad tras la malhadada pandemia del Covid está a flor de piel, más les valdría tentarse la ropa y no provocar estas situaciones. ¡Piensen en sus gobernados, por favor!

La señora Díaz Ayuso, ha acometido una nueva aventura exterior, allende la mar océana, aunque esta vez su sherpa Rodríguez se haya tenido que demorar en asistirla a pie de obra por asuntos judiciales propios de un bulero confeso.

Va la señora Presidenta de los madrileños, y sólo de los madrileños, a México. Y allí, con atinada premeditación, se apunta a una exaltación de don Hernán Cortés y sus conquistas, justo en el momento en que, con tacto y mesura, desde la Casa Real hasta el Gobierno de España, se intenta achicar el agua que empezaba a hacer la nave de las relaciones bilaterales entre hermanos mexicanos y españoles. Bien es cierto que sobre el fondo de la cuestión (sobre lo que otro día reflexionaremos), como bien dijo S.M. el Rey Felipe, qué fácil es ser el Capitán a Posteriori, analizando las cosas fuera del contexto histórico.

A la propia señora Díaz Ayuso, hasta los rectores de la catedral de México la han expulsado del templo para la celebración del acto, pues se hicieron eco de lo que narra San Juan sobre Jesús (Juan 2, 13-25), y no querían, aunque inusual y esta vez, sabiamente, que la señora Díaz Ayuso y acompañantes mercadearan con mundanas proclamas desde dentro de la Catedral Primada de México. Pareciera que el Partido Popular y los rectores de la Iglesia Católica no anduviesen en buena relación en los últimos tiempos. Así lo podemos percibir también con las encontradas posturas ante la regularización de la migración en España, por ejemplo.

La propia y controvertida Presidenta Sheinbaum advirtió en su comparecencia diaria desde el Palacio Nacional y con tono cuasi homilético, que quienes hacen el discurso al que se ha apuntado la Presidenta madrileña, serán “condenados a la derrota” (sic).

Zapatero a tus zapatos. Debiera recordarle el señor Rodríguez, Don Miguel Ángel, a su jefa (con permiso de don José María, el de FAES, que no de don Alberto, el de calle Génova) que hay una ley, por cierto aprobada en tiempos de Don Mariano Rajoy, que es la Ley 2/2014, de 25 de marzo, de la Acción y del Servicio Exterior del Estado.

En el articulado de esta ley, y especialmente en los mandatos del 5 y el 11, se deslizan claras acotaciones sobre qué y cómo debe desarrollarse la acción exterior, que no política exterior, de las administraciones de nuestro estado complejo, incluida la Comunidad Autónoma de Madrid. Ésa que preside esta viajera señora que tiene su despacho en la Real Casa de Correos, y que creyéndose estar en el reparto postal, casi más tiempo está fuera, en la calle, y fuera de España, que en la Puerta del Sol.

La señora Díaz Ayuso y casi todos los Presidentes de Comunidades Autónomas tienen una especial dedicación, devoción, a lo exterior. Nuestra legislación nacional establece muy claramente qué y cómo pueden hacer los gobiernos de la parte, su legítima acción exterior y lo que le corresponde hacer en exclusiva, a los gobiernos del todo que es España.

Todos tienen ese delirio de grandeza de querer ser o aparentar ser, jefes o presidentes de naciones-estado, y no se resignan a ser “sólo” Presidentes de Comunidad Autónoma. Los unos, a causa de los delirios derivados de sus nacionalismos excluyentes que quieren ser o aparentar ser fuera de España, lo que realmente no son; los otros, porque debe quedárseles pequeños sus territorios y sus competencias del diario producir bienestar a sus conciudadanos; la mayoría, porque ponen distancia kilométrica con el día a día del que en demasía se distancian; otros, otras, en este caso, a lo peor, además, lo hacen para mandar mensajes a la calle Génova de que, …cuidadito, que aquí estoy, y lo que yo valgo. Que ya un antecesor en la séptima planta de Génova, 13, hubo de coger las de Villadiego, escaldado, cuando confrontar con ella quiso. ¡Ojito, don Alberto!

En ambos casos, barco y México, aunque distintos, late lo mismo.

Más allá de lo que es una falta o deficitaria comunicación y coordinación de respuestas sobre la cuestión sanitaria entre los gobiernos nacional y regional canario, debieran generarse de manera conjunta las actuaciones a desarrollar en este tema, no con sensación de que en esto también hay un “…y tú más”.

Estamos ante una competencia que es exclusiva de la comunidad autónoma en su gestión territorial, pero también es exclusiva de la Ad ministración general del Estado en sanidad exterior, al igual que le corresponden también las bases y coordinación general del sistema sanitario.

Ni puede el Gobierno Canario ser interlocutor con la Organización Mundial de la Salud, ni puede arbitrar actuaciones en temas de sanidad exterior. Pero tampoco puede la señora Ministra arbitrar estas medidas, las que se derivan de la gestión de la sanidad exterior, si al final tiene que contar con el Servicio Canario de Salud para ejecutarlas, con un puerto y un aeropuerto situados en el archipiélago para dar llegada y salida a los evacuados. Elemental. Esto se da en primero de gestión pública compartida. Algunos, no han aprobado esa asignatura.

Y lo de la heredera de Cortés, es cuanto menos, enfermizo. Su confrontación habitual no es con los actores políticos de la comunidad que preside. Se le queda corto. Lo suyo es Sánchez y su Gobierno. Y no hay más. Y es maestra en ello. Y no escasean a menudo las torpezas en la contestación que se le hace desde el Gobierno de España. Esto provoca que se crezca en la suerte con el jaleo y ánimo que le aportan algunos de sus conmilitones, que no todos, (¿Verdad, Juanma?) a los que maldita gracia le hacen los desvaríos y delirios de grandeza de la señora.

Resultado final: las cuadernas no crujen con normalidad. Están sonando en demasía y la tensión de los materiales no auguran una buena travesía.

Quienes tuvimos la suerte, y diría que hasta el orgullo y satisfacción (no esbocen muecas de sonrisa, queridos lectores, por la expresión que uso) de asistir al alumbramiento de este estado complejo que es el del Título VIII, desde que echamos andar aquello de los Entes Preautonómicos, siempre entendimos que la LEALTAD INSTITUCIONAL era entonces, y debería seguir siendo hoy, la piedra angular del buen funcionamiento de lo que empezábamos a alumbrar frente al estado centralista y autoritario del que queríamos apartarnos tras la muerte del Dictador.

Hoy, a muchos de nuestros próceres regionales y nacionales, de todo color y encaste, se les llena la boca invocando esa lealtad constitucional, pero desconociendo que es de ida y vuelta. La interpretan y demandan del otro hacia mí. Pero ignoran que es del todo a la parte y de la parte al todo, y simultáneamente.

El cortoplacismo, la política limitada a lo que cabe en un mensaje en redes sociales, eso del relato, que es lo que importa en este mundo intercomunicado, que no tanto el atender a la cuestión de fondo, está ahogando la forma de hacer política que hemos conocido en otros tiempos y con otros actores.

Claro, que cuando estas reflexiones salen de la boca o pluma de quienes por allí anduvimos, se nos tacha fácil y ramplonamente de que, o bien estamos resentidos o que estamos trasnochados.  ¡Vaya por Dios!

Hay en la gestión de lo público tajo para todos. Nadie es más o menos por razón del ámbito territorial o funcional de sus obligaciones competenciales. Todos los poderes públicos y sus gestores son indispensables para atender a eso que se llaman ciudadanos, y en estos tiempos de declaración de la renta, contribuyentes. No lo olviden, a ellos se deben. Las cuitas personales o partidistas no pueden ser árboles que no dejen ver el bosque.

Vigilen las cuadernas. No resisten todo. Sólo resisten las presiones para las que fueron concebidas. Y si se rompen, vía de agua y naufragio. Mal asunto.