El lío que vaticinó Bonilla ya está aquí
El PP ganó las elecciones andaluzas pero perdió la mayoría absoluta y quedó atrapado entre la dependencia de Vox y el desgaste de su gestión.
Juan Manuel Moreno Bonilla ganó las elecciones andaluzas. Pero no ganó del todo. Amarga victoria. El presidente andaluz, que durante toda la campaña pidió a los electores evitar “el lío” para no depender de Vox, acabó exactamente donde advirtió que no quería estar: obligado a entenderse con la extrema derecha o abocado a una repetición electoral.
Porque el 17M deja una paradoja política difícil de ignorar. El PP vuelve a ser la fuerza claramente dominante en Andalucía, mejora incluso sus votos respecto a 2022, pero pierde cinco escaños y, con ellos, la mayoría absoluta. Ganó apoyo social y perdió poder político. Y eso, en términos parlamentarios, cambia completamente el guión de la legislatura.
Los resultados finales dibujan una Andalucía menos estable de lo que aparentaba hace apenas unas semanas. En la que fue la «Andalucía roja», el PP obtiene 53 diputados y más de 1,7 millones de votos. El PSOE-A se queda en 28 escaños. Vox alcanza 15 diputados. Adelante Andalucía irrumpe con fuerza inesperada y sube hasta los 8 parlamentarios. Por Andalucía resiste con 5.
La fotografía electoral deja además otro dato relevante: casi todos los grandes partidos aumentan votos absolutos respecto a las elecciones de 2022 gracias al incremento de participación. Sin embargo, la redistribución del voto castiga especialmente al PP. Moreno Bonilla gana más de 140.000 votos y aún así pierde un grupo parlamentario mayoritario entero. Eso solo se explica por un fenómeno político que pocos anticiparon con esa intensidad: la consolidación de Adelante Andalucía como espacio propio dentro de la izquierda andaluza.
Y ahí aparece probablemente la gran novedad política de estas elecciones.
El desgaste silencioso del PP
La pérdida de la mayoría absoluta no puede explicarse únicamente por Vox. Sería demasiado simple. Hay otro elemento decisivo que el PP ha intentado minimizar durante meses y que finalmente ha dejado huella electoral: la crisis de la sanidad pública andaluza, especialmente el alarmante drama de los cribados.
Las listas de espera, el deterioro de la atención primaria, las protestas sanitarias y la sensación creciente de saturación han erosionado la imagen de eficacia que Moreno Bonilla había conseguido construir desde 2019, invirtiendo cerca de 500 millones de euros en promocionar su gestión y su figura. El presidente andaluz seguía conservando un perfil moderado y una valoración personal superior a la de sus adversarios, pero la campaña ya no pudo sostenerse únicamente sobre la idea de estabilidad. Por primera vez en años, apareció desgaste real.
El PP mantuvo una enorme fortaleza territorial y siguió ganando en la mayoría de capitales y grandes municipios andaluces, pero dejó de parecer invulnerable. En ciudades como Málaga, Jerez o Algeciras se mantuvo como primera fuerza, aunque con un retroceso evidente respecto a las expectativas con las que arrancó la campaña. El objetivo no era simplemente ganar. Era conservar la mayoría absoluta. Y eso no ocurrió.
Moreno Bonilla tiene ahora dos caminos: pactar con Vox o intentar convertir la negociación en un choque calculado que justifique una nueva convocatoria electoral. No es una hipótesis descartable. De hecho, dentro del PP hay dirigentes que consideran que unas nuevas elecciones podrían devolver al presidente a una posición todavía más fuerte si consigue presentarse como víctima de las exigencias, muchas inconstitucionales, de la extrema derecha. Eso empezaremos a percibirlo relativamente pronto, en cuanto comiencen los cónclaves y se filtren las demandas o exigencias y la temperatura alcance más de los 40 grados.
Paradójicamente, el mismo “miedo al lío” que ya no le sirvió al presidente en funciones para conservar la mayoría absoluta podría convertirse en el argumento perfecto para intentar recuperarla.
Vox manda más de lo que crece
La otra gran paradoja de la noche es Vox. La formación de Santiago Abascal aumenta votos y gana un escaño respecto a 2022, pero queda muy lejos de las expectativas de crecimiento que manejaba durante la campaña.
No hubo efecto Olona. Y eso es importante.
Macarena Olona convirtió las elecciones de 2022 en un fenómeno mediático permanente. Manuel Gavira no lo ha conseguido en ningún momento. De hecho, la campaña de Vox ha dejado la sensación de que el candidato era casi secundario frente a la omnipresencia de Abascal, convertido otra vez en principal reclamo electoral de la marca.
Gavira ha funcionado más como portavoz del argumentario nacional del partido que como candidato con perfil propio. Aragón, Extremadura, la prioridad nacional o la inmigración han vuelto a ocupar el eje central de un discurso repetido prácticamente igual en toda España. Y aun así, Vox logra lo más importante: convertirse en imprescindible.
Solo dos escaños separan hoy a Moreno Bonilla – ¿se han fijado que ya no le llaman Juanma?- de la tranquilidad parlamentaria. Dos escaños que han cambiado por completo el tablero político andaluz.
Porque Vox no necesitaba arrasar para ganar influencia. Le bastaba con resistir y esperar el desgaste del PP.
El problema del PSOE no era sólo Montero
María Jesús Montero aterrizó demasiado tarde en Andalucía. Esa es seguramente una de las conclusiones más compartidas incluso dentro del propio PSOE-A. La vicepresidenta del Gobierno llegó a la candidatura con enorme poder orgánico y respaldo interno, pero sin tiempo suficiente para reconstruir un liderazgo territorial reconocible. En una organización donde quedan tribus, familias y clanes aislados que piensan que la guerra interna continua.
El paralelismo con Pilar Alegría en Aragón resulta inevitable. Alegría tuvo algunos meses construyendo perfil autonómico. Montero apareció ya en plena cuenta atrás electoral. Pero quizá el problema de fondo no era únicamente la candidata. Era el contexto político.
Estas elecciones han vuelto a demostrar hasta qué punto el antisanchismo sigue siendo un factor decisivo en Andalucía. Muchos electores votaron en clave nacional aunque estuvieran eligiendo un parlamento autonómico. Y eso ha penalizado especialmente al PSOE.
Los socialistas mejoran votos respecto a 2022, pero vuelven a perder escaños y quedan muy lejos de disputar realmente la victoria al PP. El PSOE-A continúa atrapado en una situación incómoda: depende del peso institucional de Pedro Sánchez para mantener relevancia política, pero al mismo tiempo paga electoralmente el desgaste nacional del sanchismo.
Dentro del partido sabían desde hace tiempo que Montero no era una candidata ideal para Andalucía. Pero cuestionar a la número dos del PSOE, sugerida por el dedo de Sánchez, era políticamente imposible. Y los resultados no despejan precisamente las dudas.
Adelante Andalucía rompe el tablero
La gran sorpresa política de la noche tiene nombre propio: Adelante Andalucía.
José Ignacio García ha conseguido algo que parecía muy difícil hace apenas un año: transformar una fuerza casi testimonial en un actor decisivo dentro de la izquierda andaluza. El salto de dos a ocho escaños no es solo un buen resultado. Es un cambio de dimensión política. Una proeza inesperada.
Durante gran parte de la legislatura, García era mucho más conocido dentro del Parlamento andaluz que fuera de él. Con apenas dos diputados, Adelante Andalucía consiguió una visibilidad impropia de un grupo tan pequeño. Sus intervenciones, su lenguaje directo y una forma distinta de hacer oposición terminaron conectando especialmente con votantes jóvenes y con sectores desencantados de la izquierda tradicional. La campaña confirmó esa tendencia. Pero que nadie se equivoque, este resultado espectacular de 8 escaños no hay que vincularlo solo a los mensajes de quince días, hay que anclarlo en el trabajo parlamentario desarrollado durante cuatro años por el candidato José Ignacio García y su equipo. Mientras Por Andalucía aparecía atrapada en las inercias clásicas de la izquierda estatal, Adelante Andalucía construyó un discurso más reconocible, más andaluz y menos dependiente de Madrid. Ahí está probablemente una de las claves del resultado. Parecerá una anécdota, pero reivindicar la felicidad y la alegría frente a la mala baba, ha sido muy comprendido por la gente de la calle, harta de ver y oír lo peor de la politica.
Estas elecciones dejan una conclusión incómoda para la izquierda clásica: el andalucismo de izquierdas ha demostrado hoy más capacidad de crecimiento que la suma tradicional de siglas.
Antonio Maíllo realizó probablemente una campaña mejor que su resultado final. Su perfil serio, experimentado y solvente no logró abrirse espacio entre el voto útil hacia el PSOE y el voto emocional y territorial que captó Adelante Andalucía. Y eso tiene una enorme trascendencia política de cara al futuro.
Porque por primera vez en mucho tiempo, una parte significativa del electorado progresista andaluz parece haber dejado de buscar referencias políticas en Madrid. Lo que sí parece muy probable es que gran parte de los 400 mil votos de AA procedan de hijos y nietos, herederos de aquellos andalucistas que lograron otra proeza histórica nunca más repetida: grupo parlamentario en el Congreso con cinco escaños.
Andalucía entra en otra etapa
Las elecciones del 17M no dejan un cambio de gobierno, pero sí un cambio de ciclo.
Moreno Bonilla seguirá probablemente en San Telmo, aunque ya no desde la comodidad incontestable de la mayoría absoluta. Vox ha demostrado que puede condicionar mucho más de lo que crece. El PSOE vuelve a comprobar que Andalucía ya no responde automáticamente a sus viejas lealtades electorales. Lo mismo que aquello que fue «el partido», el PCE, hoy IU, cuyo futuro merecerá que le echen varios pensamientos via congresos. Y Adelante Andalucía ha abierto un espacio político nuevo que nadie debería volver a subestimar. Y van a tener otro papel que tiene su enjundia, van a ser los primeros fiscales del nuevo andalucismo del que presume la derecha, convencida que el andalucismo se hace con grandes banderas, escudos y algunos – no todos- los textos de Blas Infante Pérez.
El “lío” del que hablaba Moreno Bonilla durante la campaña no era una amenaza futura. Era el resultado electoral que terminó saliendo de las urnas. Y en el PP de Bonilla sabían que podría pasar, de ahí tanto nerviosismo y tanta tontería como querer prohibir coplas del Carnaval. Pero para fiesta de disfraces la que se avecina.