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El recorrido iniciático del último poemario de Juan Antonio Molina

La poesía, como Adán en el paraíso, siempre percibe las cosas como si fuera la primera vez.

Vida, historia, cultura, literatura…  Juan Antonio Molina ha explorado varios géneros en su larga trayectoria como poeta y escritor. Fiel siempre a sus raíces andaluzas, este sevillano de nacimiento tiene en su haber varios poemarios y otros tantos ensayos, pero también antología, novela y teatro. Su pluma le tiene ligado al pulso continuo del periodismo como columnista en varios diarios y revistas. Para Juan Antonio Molina la poesía, tal como concebía Cernuda la vocación poética, es una fatalidad en el sentido de fatum en la vieja mitología romana, la personificación del destino, similar a la Ananké o Moira de la mitología griega. Por ello, no hay poetas ocasionales, ni accidentales, porque la construcción de un mundo poético requiere una especial tendencia a esa revolución semántica de la que nos hablaba Federico García Lorca cuando decía que la poesía era la unión de dos palabras que uno nunca supuso que pudieran juntarse y que forman algo así como un misterio. Eso, en definitiva es la poesía, un misterio porque es decir con palabras lo que no se puede expresar con palabras.

Un recorrido iniciático, en el caso de este poemario, es una experiencia transformadora, tanto física como espiritual, diseñada para provocar una profunda evolución personal y un cambio de consciencia. Importa el proceso de introspección, la «muerte» del ego anterior y el descubrimiento de una identidad más profunda, a menudo guiado por ritos de paso. La vida es un viaje, decían los ascetas. Y como nos advertía Marcel Proust  el verdadero viaje de descubrimiento no consiste en buscar nuevos paisajes, sino en tener nuevos ojos. Cuando viajamos, nos dice Ortega y Gasset, se eleva a su última potencia el carácter de fugacidad que es propio a nuestra relación con las cosas; porque, continúa el metafísico madrileño, es una pena esa manía de huir que las cosas tienen. Y a continuación alude al Padre Nieremberg, que afirma: “Con ser tan limitados los bienes de la vida, los da tan tímidamente, que la misma vida da por partecitas.” Pero acaso esos trozos no son sino la visión a través de un caleidoscopio de cristales de colores. que nos insinúa que en cada cosa fugaz, en su envés más robusto, se encuentra el escenario de lo eterno.

Cada poemario supone un descubrimiento intelectual apasionante que parece que siempre ha estado latente esperando el estado de ánimo o la sensibilidad adecuada para salir a la luz, es como aquella reflexión de Bécquer cuando escribía que podrá no haber poetas pero siempre habrá poesía, porque todo está ahí para ser descubierto. La poesía salvará al mundo sin lugar a dudas, es el único instrumento que nos queda para cambiar las cosas. Cuando miramos de forma diferente a todo cuanto nos rodea, las cosas cambian y la poesía, como Adán en el paraíso, siempre percibe las cosas como si fuera la primera vez. Y siendo la poesía complicidad, descubrimiento, magia y misterio, es allí donde la poesía no impera donde el humanismo deja de existir, por que como nos dice Warren en el fondo, un poema no es algo que se ve, sino la luz que nos permite ver. Y lo que vemos es la vida.

El prologuista del poemario, el poeta Juan Martínez “Aborojuan”, nos habla sobre la intensidad y la imaginería que el autor emplea en cada poema, creando un lenguaje único y expresivo que teje una atmósfera de misterio, sugerencia y reflexión en el que la poesía luce su mejor traje de gala. Un poemario que no está escrito para la comprensión, sino para la introspección; tampoco para los precisos y acotados espacios definidos por el razonamiento, sino para provocar, sin filtros racionales, la fluidez del pensamiento de las personas que lo lean, ofreciendo una experiencia más sensorial y emocional que racional. Este rechazo a la racionalidad y a la objetividad, sugiriendo en vez de narrando, busca, y a mi parecer encuentra, una conexión con lo trascendental a través de la imaginación y la intuición que consigue crear, para poder disfrutarlas, un entramado de atmósferas oníricas y, en definitiva, trascender del significado de las propias palabras siempre en la continua búsqueda de la belleza literaria.

Es el momento, por tanto, de tomar la escalera mecánica que nos llevará a unos poemas que se fundamentan en la hondura de la percepción  y traban una relación entre las evocaciones arquetípicas  y la vida cotidiana, para rescatar el valor de la sonoridad y la imaginación plenamente verbal donde tienen sitio la muerte y el amor, el tiempo, el abandono y la memoria.