El ensayo marroquí
La entrada masiva en Ceuta reabre el debate sobre la capacidad del Estado para proteger sus fronteras y sobre la estrategia de Marruecos en un escenario de creciente tensión geopolítica.
La invasión de Ceuta de finales de julio ha sido un acto hostil de guerra híbrida con violación de fronteras organizado y dirigido desde Rabat. Puede inferirse, tanto por el gran volumen de participantes en la invasión (alrededor de 50.000) como por su heterogeneidad, que su preparación tuvo que ser forzosa y previamente detectada por los servicios de inteligencia (CNI y CIFAS, entre otros). A no ser que se considere a todos ellos como tontos de capirote y que habría que disolverlos.
Hipótesis que inducen a pensar que el Gobierno no haya prestado las debidas atención, prevención y disuasión frente a un caso de violación masiva de la soberanía nacional y de ataque a la seguridad y los bienes de los ceutíes, así como (temporalmente) contra la integridad territorial española. El ordenado repliegue posterior de varias decenas de miles de los asaltantes a su territorio nacional o de procedencia (Marruecos) confirma cómo aquéllos o sus cabecillas obedecían órdenes superiores que, obviamente, no podían proceder más que de Rabat.
La laxitud cuando no la complicidad gubernamental española para prevenir y, en su caso, impedir por todos los medios esa invasión del territorio nacional han causado la natural alarma en el seno de la Unión Europea. De ahí que varios países, como Italia, Francia, Finlandia, Dinamarca, Suecia y Austria entre otros, hayan explicitado su disgusto y rechazo a la gestión fronteriza española del Acuerdo de Schengen sobre el área de libre circulación en el seno continental. Ni qué decir tiene que, difícilmente, Rabat haya organizado tal invasión híbrida sin el previo conocimiento de EE. UU. e Israel, países que mantienen sólidos lazos estratégicos con Marruecos y, por el contrario, estados a los que Sánchez estúpida y permanentemente se afana en buscarles las cosquillas.
En medios y redes se percibe una creciente y perniciosa frustración pública por el vacío de acciones de la Casa Real ante desafuero de tan enorme gravedad. Se extiende la sospecha que con Don Juan Carlos en el Trono esto no hubiera ido tan lejos.
Pues alguien tendrá que tomar acción. Que ni nos engañen ni nos engañemos, porque esto no ha sido más que un ensayo de lo que está a la espera.