La crisis de Ceuta y la carcoma del periodismo
Ceuta volvió a desnudar las carencias del periodismo: demasiados medios compraron relatos prefabricados y olvidaron que verificar es la obligación principal.
Llevamos años arrastrando el réquiem del periodismo como una cantinela gastada. Repetimos el diagnóstico hasta anestesiarlo: precariedad, concentración empresarial, hemorragia de lectores, algoritmos, trincheras digitales y desinformación. Conceptos convertidos en lugares comunes que, de tanto repetirlos, han terminado por perder buena parte de su significado. Pero lo ocurrido en Ceuta ha vuelto a poner el cadáver sobre la mesa. Y la realidad se impone: ante un escenario complejo y peligroso, buena parte de la prensa prefirió la comodidad del relato previo antes que el barro de la verificación.
Ignoramos si hubo una mano negra detrás de esta crisis. Quizá no lo sepamos nunca. Pero la misión del periodista jamás ha sido rellenar los huecos de su ignorancia con ocurrencias desde la distancia.
Su deber es enfrentarse a los hechos, contrastarlos y publicar, aunque duela, aquello que pueda desmontar sus propias convicciones. En Ceuta hubo muertos, miles de personas arriesgándolo todo en un tránsito desesperado y una ciudad entera en shock. Y, sin embargo, la prisa acabó amputando el rigor. Lo que vino después fue todavía peor: la parálisis y falta de valentía de buena parte de las redacciones para apartarse del discurso dominante. Hubo un intento —un calco de lo sucedido tras los atentados del 11M por parte de la derecha— de dominar el instante y dejarlo fijado ante el desconocimiento, monopolizar una tragedia con el ruido y la manipulación. La ofensiva ultra conquistó el escenario.
En cuestión de horas, el drama humano mutó en arma partidista. La política instrumentalizó la zozobra; la presidenta de la FEMP convocó una concentración pretendidamente unitaria que acabó excluyendo a media ciudadanía, mientras la institucionalidad crujía con Juan Jesús Vivas sobrepasado y torciendo también en partidismo. El Ejecutivo central tampoco estuvo a la altura: opacidad y explicaciones tardías. La prioridad parecía no ser informar, sino salvar la ropa. Y ese mismo temor terminó entrando en las redacciones: disentir del relato dominante tenía un coste demasiado alto.
El mecanismo no es nuevo, pero asusta su eficacia. Ya no siempre se rastrean los datos para comprender la realidad, sino para confirmar posiciones. Las evidencias que no gustan se arrinconan; las imágenes que contradicen se someten a una lectura interesada. La información deja entonces de estar al servicio del ciudadano para convertirse en arma política. En mitad del ruido, quedaron sepultados los vecinos, las víctimas y la complejidad geopolítica del conflicto.
Pronto, el caos inicial degeneró en negligencia: vídeos descontextualizados y material dudoso fueron validados sin el filtro necesario. Piezas grabadas en Tetuán acabaron incorporadas al informe policial. Mientras buena parte de los grandes medios ha mirado hacia otro lado, verificadores independientes como Marcelino Madrigal recuperan y difunden por primera vez, pasados muchos días y en solitario, más de 75 vídeos procedentes del lado marroquí. Su trabajo no lo ha convertido en dueño de la verdad, pero deja una pregunta difícil de esquivar: ¿por qué una parte de la labor de verificación ha tenido que hacerse en los márgenes del sistema mediático?
Ni la izquierda minoritaria se salvó del naufragio. También quedó atrapada en sus consignas automáticas, incapaz en ocasiones de interpretar una realidad mucho más compleja que sus propios marcos políticos.
A la ofensiva ultra contra un territorio y su Gobierno legítimo se sumaban la mediocridad, la servidumbre, la precariedad y el progresivo abandono del periodismo a pie de calle. El enviado especial, el cotejo minucioso y la reconstrucción paciente han sido devorados por la dictadura del clic. Comprobar exige tiempo; fabricar impacto genera audiencia. Y cuando el tiempo escasea y la audiencia manda, el atajo termina pareciendo la única opción.
El periodismo no es una lente neutra: decide qué mira, a quién escucha y qué deja fuera. Pero una cosa es asumir que toda información implica decisiones y otra muy distinta renunciar a la obligación de comprobar los hechos. Cuando el poder, la precariedad y la prisa asfixian a los redactores, los medios dejan de fiscalizar y corren el riesgo de convertirse en correas de transmisión de los relatos que deberían someter a escrutinio.
La crisis de Ceuta exigía periodismo: análisis técnico, contraste implacable y, sobre todo, la valentía de rectificar. Ganó la trinchera.
Un medio con dignidad no calcula a quién beneficia la verdad. Comprueba si los hechos resisten el impacto de la realidad. Y si el periodismo renuncia a rectificar cuando se equivoca, el peligro ya no será solo la proliferación de mentiras. Será haber destruido el único antídoto que todavía tenemos para combatirlas.