El final de todas las utopías o la España desahuciada
Marcuse y la izquierda olvidada: del sueño de una sociedad emancipada a la sumisión al pragmatismo tecnocrático.
En el verano de 1967, Herbert Marcuse pronunció una serie de conferencias en la Universidad Libre de Berlín. En aquellos momentos, el asociacionismo estudiantil alemán constituía una de las facciones más vanguardistas y políticamente creativas de una amplia corriente antiautoritaria que aglutinaba a distintos sectores de la juventud occidental. Unas semanas antes de la llegada del filósofo, las bases estudiantiles, bajo la dirección de Rudi Dutschke —figura clave de las movilizaciones de los años sesenta en Alemania Occidental que catalizarían en el emblemático «movimiento del 68″—, se habían movilizado para protestar contra la visita del sha de Irán. Dicha protesta revistió un marcado carácter antiimperialista, en tanto que se identificaba al régimen iraní como el gendarme de los intereses geopolíticos norteamericanos en el golfo Pérsico.
Para Marcuse, el devenir histórico ofrecía las condiciones idóneas para vertebrar una sociedad emancipada. El desarrollo técnico de las fuerzas productivas había alcanzado tal cénit que la erradicación del hambre y la miseria globales dejaba de ser una quimera utópica; del mismo modo, resultaba viable transformar la naturaleza del trabajo alienado en una praxis verdaderamente creadora, o edificar una civilización libre de coerciones. Estas premisas del pensamiento marcusiano se objetivan con nitidez en su relectura del psicoanálisis en Eros y civilización, así como en la deconstrucción de la ideología tecnocrática contenida en El hombre unidimensional.
En la primera de estas obras, el autor demuestra la viabilidad de una organización social no fundamentada en la represión instintiva. Frente al pesimismo antropológico de Freud —quien sostenía que el progreso civilizatorio exigía indexar un mayor control restrictivo sobre la libido—, Marcuse evidencia el carácter histórico y contingente de la represión. Esta no constituye una categoría abstracta o inmutable, sino un dispositivo supeditado a los imperativos de dominación de un orden social determinado.
Como reflejo de estas tensiones —e interactuando dialécticamente con el propio sistema capitalista—, comenzó a vislumbrarse cómo ciertos mecanismos financieros asimilaban estas demandas sociales y psicológicas, reconfigurándose bajo criterios axiológicos y no estrictamente crematísticos. Muestra de este desplazamiento fue la génesis de los primeros fondos de inversión ética. El Vanderbilt Mutual Fund y el Provident Fund, por ejemplo, vetaron la adquisición de activos de corporaciones tabacaleras o de licores. Asimismo, el preeminente Mates Fund rehusaba financiar la industria armamentística, mientras que el Vantage 10/90 Fund diversificaba parte de su capital hacia sectores orientados a paliar las crisis alimentarias y demográficas en el Sur Global. Coetáneamente, emergieron fondos especializados en promover el desarrollo habitacional racialmente integrado, a la par que entidades filantrópicas como la Fundación Ford redirigieron sus carteras de inversión hacia empresas comprometidas con la resolución de las crisis urbanas.
La realidad contemporánea es tan diametralmente opuesta a la de hace unas décadas que bien podría hablarse de dos mundos distintos. ¿Qué factores han desencadenado esta profunda mutación política y social?
En este apogeo del relato de la derecha no ha sido ajeno el socialismo democrático alejándose de sus aspiraciones identitarias que fueron, y deberían ser, la implantación de un nuevo tipo de relaciones entre los hombres, un nuevo orden de prioridades, un nuevo modelo de vida y de cultura. Para ello, según Mallet la acción del socialismo tiende, o debería, a ser enteramente contestatario, no sólo del capitalismo, sino también de cualquier fórmula tecnocrática de dirección de la economía. Pero durante demasiado tiempo la izquierda ha sido en nuestro país no un proyecto de cambio sino un proceso de adaptación, actuando en un ámbito que niega el modelo de sociedad que propugna.
Las poliorcéticas burocracias orgánicas de la izquierda se inspiran en la “profesionalización” técnica y desideologizada de sus cuadros, dejando de reconocer el carácter antagónico de la vida social y no aceptando, por consecuencia, la necesidad de tomar partido ante la presunta neutralidad tecnocrática de la gestión eficiente de una realidad injusta. Esta asunción del pragmatismo como sustitutivo ideológico hace que las nomenclaturas abominen de los intelectuales ya que, según Adorno, la sociedad industrializada presenta una estructura que niega al pensamiento su tarea más genuina: la tarea crítica. La obsesión de la socialdemocracia por administrar más que gobernar una realidad ideológica que la niega le impide concluir, junto a Adorno, que la filosofía se hace cada vez más necesaria, como pensamiento crítico para disipar la apariencia de libertad, mostrar la cosificación reinante y crear una conciencia progresiva.
Como nos recuerda Eduardo Subirats, desde Ganivet hasta Castro o Zambrano el centro gravitatorio de la regeneración española ha sido una reforma de la inteligencia, aplazada por siglos de totalitarismo y escolástica. Sólo desde el pensamiento y la ideología el socialismo será capaz de sobresanar la preponderancia de la deshumanización que padecemos.
El socialismo no puede coexistir con los fondos buitre que arrebatan las ciudades a los vecinos, que dejan en la indigencia habitacional a ancianos y familias vulnerables, que trafican inmoralmente con las necesidades y derechos malparados de los más desfavorecidos; ni con la rapiña financiera que juega con las debilidades de las clases populares para tenerlas secuestradas con la permanente amenaza de la pobreza de solemnidad; ni con una justicia cuya equidad consiste, como afirmaba Anatole France, en prohibir tanto a ricos como a pobres vivir debajo de los puentes, mendigar en las calles y robar pan; ni con una derecha que, como un tahúr del Misisipi, juega con las cartas marcadas; ni con un régimen de poder cuyos intereses, inercias y sesgos ideológicos sedimentaron en los sepulcros blanqueados del caudillismo.
La libertad, la igualdad, la solidaridad y la justicia no pueden ser menos importantes que el balance de un fondo buitre o los beneficios de la usura.