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¿Maricarmen ha sido víctima de un homicidio social?

Maricarmen, víctima de un sistema que convierte la vivienda en mercancía y a las personas vulnerables en obstáculos para el negocio de los fondos buitre.

Bertolt Brecht escribió:

Hay muchas maneras de matar.
Pueden meterte un cuchillo en el vientre.
Quitarte el pan.
No curarte de una enfermedad.
Meterte en una mala vivienda.
Empujarte hasta el suicidio.
Torturarte hasta la muerte por medio del trabajo.
Llevarte a la guerra, etc.

Sólo pocas de estas cosas están prohibidas en nuestro Estado.

 

Maricarmen también ha sido víctima de esas “muchas maneras de matar”. La deshumanización es una forma de homicidio social y, en demasiadas ocasiones, también físico. Una sociedad donde el beneficio de un fondo de inversión, el balance de un banco o el interés de la usura importan más que las personas es una sociedad en quiebra ética y, por tanto, inmoral e ilegítima. Sin embargo, esta rapiña económico-financiera se constituyó hace tiempo en el orden incontrovertible a proteger por las instituciones y sus capilaridades coercitivas.

El capitalismo se reducía a constreñir la libertad de las personas para conceder la mayor libertad a las cosas, a las mercancías

Decía el filósofo Bertrand Russell que la propiedad privada solo era aceptable si no se convertía en poder político; empero, a ciertos niveles cuantitativos de influencia, la propiedad material e inmaterial es el poder político que domina al resto de los poderes. Y eso conlleva reducir todo a mercancía, incluidas las personas. Afirmaba Fernando de los Ríos que el capitalismo se reducía a constreñir la libertad de las personas para conceder la mayor libertad a las cosas, a las mercancías.

Una democracia sana no puede coexistir con los fondos buitre que arrebatan las ciudades a los vecinos, que dejan en la indigencia habitacional a ancianos y familias vulnerables, y que trafican inmoralmente con las necesidades y derechos malparados de los más desfavorecidos. Tampoco puede coexistir con la rapiña financiera que juega con las debilidades de las clases populares para tenerlas secuestradas bajo la permanente amenaza de la pobreza de solemnidad; ni con una justicia cuya equidad consiste, como afirmaba Anatole France, en prohibir tanto a los ricos como a los pobres vivir debajo de los puentes, mendigar en las calles y robar pan; ni con una derecha que, como un tahúr del Misisipi, juega con las cartas marcadas; ni, en fin, con un régimen de poder cuyos intereses, inercias y sesgos ideológicos sedimentaron en los sepulcros blanqueados del caudillismo.