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Alfredo S. Monteseirín: cuando Sevilla estuvo bien gobernada

Rafael Montesinos decía que Sevilla trataba mal a sus poetas. Hasta que en sus últimos momentos de existencia lo visitó el alcalde Alfredo Sánchez Monteseirín y Rafael exclamó: “Por fin Sevilla ha venido a mí.”

«¿Vive aún Juan Sierra?», preguntó Borges en una de sus visitas a Sevilla en tiempos de la Menéndez Pelayo. «Es el mejor escritor de esta ciudad», añadió para perplejidad de sus contertulios. ¿Quién era Juan Sierra? La ciudad le había olvidado. «En Sevilla yo soy el padre de Quino», comentaba. Quino -Joaquín Sierra- era su hijo, famoso jugador del Betis. Un locutor de radio retransmitiendo un partido de fútbol en el que Quino marcó un gol, comentó ante el micrófono: “ha marcado Quino, hijo del llorado poeta Juan Sierra”, pero el caso es que el poeta estaba vivo. Seguramente para el materialista comentarista deportivo un poeta, aunque estuviera coleando, debía ser llorado por haber elegido tan extravagante actividad. Rafael Montesinos decía que Sevilla trataba mal a sus poetas. Hasta que en sus últimos momentos de existencia lo visitó el alcalde Alfredo Sánchez Monteseirín y Rafael exclamó: “Por fin Sevilla ha venido a mí.”

Montesinos se expresó de la forma que solo los poetas pueden hacerlo afirmando con sencillez una verdad absoluta. Efectivamente Alfredo era Sevilla, la Sevilla soñada, la de las personas, la del humanismo urbano, la de la modernización y el futuro sin abandonar la cotidianidad del presente, la del cambio necesario y el respeto a las esencias históricas, la ciudad de la cultura, la de los servicios públicos de calidad para todos. El impulso modernizador de Alfredo Sánchez Monteseirín en una ciudad que era mundial, porque era conocida a nivel internacional, pero no era global, anclada en una trama decadente, se sustanció en un Plan Estratégico, la reordenación vial, la consolidación de los servicios sociales en barrios, de tal manera que cualquier ciudadano tuviera el mismo nivel de servicios con independencia del lugar de la ciudad en que residiera; las nuevas instalaciones y la remodelación de la flota de transporte urbano; el Plan Cívico para la Movilidad, la creación del Instituto del Taxi; la Red de Aparcamientos; la revitalización de los espacios culturales de la ciudad; la creación del Instituto de la cultura y las Artes de Sevilla; la peatonalización de zonas saturadas y para la preservación del patrimonio monumental hispalense; el Plan contra la Prostitución, sacando el problema del mero espacio del orden público y vertebrando una estrategia de integración social y laboral para las afectadas, que causó un amplio interés en Europa; el desarrollo de la gran conurbación de Sevilla y el planteamiento del área metropolitana; la ampliación de la autonomía local y la reforma de la financiación municipal y de las competencias impropias; la programación de calidad del Teatro Lope de Vega en una ciudad que carece de iniciativa privada en el ámbito escénico; la implementación de espacios emblemáticos sobre ámbitos en decadencia, como Metropol Parasol conocido como Setas de la Encarnación; el Metrocentro y un largo etcétera.

Pero Monteseirín era algo más. Su personalidad rebosaba bonhomía, inquietud intelectual y una vital taumaturgia para concebir el futuro y plasmarlo con gran sensibilidad para beneficio de la ciudadanía. Poseía una fineza política que le impedía concebir la vida pública desde la marrullería, el dolo o la mala fe. En definitiva, un gran hombre a quien echar de menos, porque en él siempre pudimos encontrar inteligencia, bondad y un sentido irrenunciable de la justicia y la libertad. Sevilla hoy se ha alejado de todos nosotros.