Advertencia al PSOE: Suresnes o la cárcel
Una izquierda que traspase su apariencia nominal y se constituya en un instrumento ideológico de defensa de las clases populares solo puede ser una anomalía en el régimen nacido de la transición.
Los gobiernos pasan, las sociedades mueren,
la policía es eterna.
Honoré de Balzac
La derecha mohína y asilvestrada que es el epicentro y constante epifenómeno del solar hispano y sus capilaridades judiciales, mediáticas y policial, está advirtiendo al PSOE, con la ayuda de sus coéquipiers Felipe González y García Page, que mantienen el mismo planteamiento derechista, que en el régimen del 78 solo cabe el Partido Socialista de aquel Suresnes que contó con el visto bueno del postfranquismo y la CIA; el de la OTAN de entrada sí, la reconversión industrial, la precarización del mercado laboral y el abaratamiento de los despidos, el de los GAL, el que facilitó la continuidad de M. Rajoy en la Moncloa. Los dos secretarios generales que lo fueron ganándole el pulso al aparato retardatario del partido, Zapatero y Sánchez, son los que están ahora atacados en todos los frentes: políticos, judiciales, policiales y mediáticos con independencia de su gestión al frente del partido y del gobierno. Y es que la transición en España supuso un receso democrático, no su implantación, para no cambiar el régimen de poder, todo ello articulado mediante el denominado consenso, que representó la muerte de la libertad de pensamiento. Este ámbito caliginoso hacía que Unamuno abominara de los pueblos unánimes. La transición reprodujo este esquema que para Manuel Azaña había sido causa de atraso político y social en España. En realidad el falso moderantismo decimonónico y el centro político de la transición fueron dos invenciones conceptuales que escondían un fuerte influjo retardatario. El primero pasaba por conservar los privilegios de la antigua aristocracia y el segundo como adaptación de los intereses sostenedores del caudillaje hacia una nueva etapa propiciada por la biología y no por la política. Como afirma Jacques Mandrin en Socialismo ou socialdemocratie, la ideología dominante tiene, efectivamente, por función hacer del orden establecido el único tipo concebible de organización, al reducir el campo de contestación al nivel de retoques secundarios: “ser inmanente al espíritu del tiempo para disimular sus particularismo cultural bajo la evidencia de un paisaje pretendidamente natural.”
La implantación de este orden objetivo suponía que los nuevos partidos dinásticos, ahora de Gobierno, no podían representar mutación alguna de la etiología del poder cuyo régimen no había cambiado a pesar de las libertades individuales. La izquierda, por consiguiente, tuvo que recurrir a la apostasía de sus grandes principios y centrarse en la gestión de tal manera que, como afirma Roland Cayrol, esta racionalidad en los detalles se convirtió en irracionalidad en los conjuntos y en los fines, pulverizando el objetivo de la izquierda, que constituye una respuesta global a los problemas. Las fuerzas de progreso dejaron de ser no sólo un instrumento de transformación sino de futuro al tener que reducir la sociedad a una realidad dada, a lo que ya es, olvidando lo que será y lo que comienza a ser.
Había que restaurar en una caliginosa tramoya de modernidad los viejos y acertados diagnósticos de Manuel Azaña cuando afirmaba “La oligarquía, como sistema y el caciquismo, como instrumento –exclusión de la voluntad de los más- son anteriores al régimen constitucional y al sufragio y han persistido con ellos; la oligarquía fue nobiliaria y territorial; hoy es burguesa y, en su núcleo más recio y temible, capitalista y de las finanzas.” Se procuró una democracia débil que preservara los intereses económicos y estamentales latentes en una remozada oligarquía caciquil, vertebrándose un sistema mediante la desconfianza al escrutinio de la sociedad y contra el pensamiento a cambio del derecho positivo y la escolástica. Ello demandaba un concepto también oligárquico de las instituciones y los partidos para evitar la penetración del pensamiento crítico e ideológico y mantener el sistema a través de un pragmatismo adaptativo al régimen de poder. Es decir, pretender aquello que vaticinaba Gianni Vattimo cuando decía que la realidad era una hipótesis no desmentida.
La institución monárquica, restaurada por Franco en 1947 cuando convirtió España en un reino y se reservó la potestad de designar a su sucesor a título de rey, por sus características constitutivas requiere de un monolitismo estructural que blinda al Estado de cualquier tipo de reforma que represente una reconfiguración del régimen de poder. Todo esto ha hecho que España se constituya durante siglos y hasta hoy mismo en un régimen de poder patrimonial: se heredan los bancos, las tierras, las grandes empresas, las influencias sociales y políticas en un constante ritornello. Las mayorías abandonadas, damnificadas, excluidas, intuyen que el régimen genera la imposibilidad de construir una alternativa que suponga un nuevo paradigma, una creación de sentido, que pueda servir de semántica común a la alteridad.
Por todo ello, una izquierda que traspase su apariencia nominal y se constituya en un instrumento ideológico de defensa de las clases populares y de transformación social solo puede ser una anomalía en el régimen nacido de la transición y, consecuentemente, un actor ilegítimo y perseguible. Y esto crea un gran dilema para el socialismo español: Suresnes o la cárcel.